Nunca me gustó el fútbol. Ni de pequeño, ni de adolescente,
ni cuando me convertí en lo que se supone que debía ser un hombre hecho y
derecho. Nunca coleccioné cromos de futbolistas, como sí que hacía mi hijo cada
vez que terminaba el verano. Yo vivía como un auténtico castigo los patios del
colegio, las clases de gimnasia y los sábados por la tarde. En mi calle, porque
entonces sí que parte de nuestra vida se hacía en la calle, los niños salían a
jugar el fin de semana y siempre había un balón entre sus piernas. Yo me
aburría muchísimo y acababa hablando de nuestras cosas con alguna de las chicas
de mi bloque de pisos, que siempre tenían cosas más interesantes que contarme.
Creo que desde mi infancia he odiado las tardes de los domingos por muchas
razones, entre otras por el sonido de la radio que, todavía hoy, me agrede con
la palabrería de entrenadores, jugadores y locutores apasionados.Casi la misma punzada que sentía cuando algún
sábado acompañaba a mi hijo a sus partidos y tenía…
Cuaderno de bitácora de Octavio Salazar Benítez