La última e inteligente película de Manuel Martín Cuenca -
cuya anterior producción, Caníbal, me dejó con un mal sabor de boca,
a pesar de que nos planteaba el sugerente retrato de un depredador patriarcal -
nos ofrece muchas lecturas. Es como una especie de cebolla de la que es posible
ir retirando capas y en cada una de ellas descubrir una propuesta, lo cual hace
que el relato sea muy seductor y mantenga a la persona espectadora atenta ante
la siguiente vuelta de tuerca. Como reiteradamente se ha dicho al presentar la
película, y como bien anuncian los hermosos títulos de crédito, estamos ante
una mirada sobre el proceso de creación literaria, pero no solo. El
autor no es solo una recreación, a ratos perversa y a ratos
tragicómica, sobre los vericuetos por los que se mueve el sujeto, masculino,
siempre masculino, que decide poner negro sobre blanco. La película es también
una lúcida reflexión sobre las inexistentes fronteras entre la literatura y la
vida, sobre la azarosa ductilidad…
Cuaderno de bitácora de Octavio Salazar Benítez