
DIARIO CÓRDOBA, 22-4-2013
Abril siempre huele a libros. A páginas que recorren el universo y que son capaces de transportarnos a otros mundos así como de ponernos en ocasiones frente a nuestras narices un espejo doloroso. La lucidez duele y por eso la lectura incomoda. A nosotros mismos y a los que miran con pocas simpatías que nos convirtamos en individuos inquietos y revoltosos. De ahí que una de las aficiones más reiteradas a lo largo de la historia haya sido la quema de libros por parte de aquellos que temían a los hombres y mujeres poseedores de saberes. Hoy las hogueras son de otro tipo. Las páginas se queman en los fuegos de un mercado avasallador al tiempo que los que ocupan el poder se empeñan en convertirnos en súbditos. Por ello su insistencia en entretenernos en vez de formarnos. De así sus alabanzas de la mediocridad y sus confusiones en torno a la satisfacción del derecho fundamental de todos a acceder a la cultura. Buena prueba de ello es el reciente pacto andaluz por ella, tan vacío como retórico, y tan esclavo de esa tendencia de la izquierda a prostituir palabras cargadas de utopía simplemente para mantener el tipo. Basta con comprobar cómo la televisión andaluza, en la que "el público ya no lee", languidece convertida en agencia matrimonial para mayores, en museo de los horrores infantiles y en remedo colorista de la Cifesa de los años 40.
En estos más de 30 años de democracia, y sin menospreciar las muchas conquistas alcanzadas tras el largo túnel franquista, nuestro país ha fracasado en la consolidación de una sociedad de individuos ilustrados y exigentes, en estado de permanente alerta ante los desmanes de lo público, comprometidos con el interés general y no tanto con las pulsiones de sus ombligos. Nos faltan virtudes cívicas y nos sobran discursos identitarios, folclore posmoderno y una cierta complacencia que nos paraliza. Todo ello, a su vez, ha contribuido a engordar los vicios de la clase política y las perversiones del sistema, así como a la continuidad, bajo una cierta apariencia de modernidad, de unos usos sociales provincianos y catetos. De ahí la frecuente sustitución de la cultura por los eventos y la consagración, hasta el paroxismo, de la fiesta como vulgar celebración de lo compartido.
En este país de pantojas y urdangarines, de reyes de opereta y púlpitos inquisidores, de patios de vecinos televisados y políticos profesionales, hacen falta muchos más lectores y lectoras. Más librerías y menos bares. Es decir, justo lo contrario de lo que está pasando en nuestra ciudad, en la que las primeras son una especie en peligro de extinción y los segundos una plaga que demuestra que nuestra capacidad de innovación es similar a la que de transgresión existe en el cartel de las fiestas de mayo. Con este panorama no es difícil explicar la proliferación en nuestra tierra de personajes como Julio Anguita, Castillejo, Rosa Aguilar o Rafael Gómez. Son sin duda la mejor representación de una ciudad en la que se venden pocos libros y muchas cañas. La imagen, a su vez, de un país que difícilmente saldrá de la crisis que lo asfixia si como ciudadanos no empezamos a ejercer controles y abandonamos la cómoda posición de súbditos que alientan las televisiones autonómicas y el ejercicio ruin de la política que impulsan nuestros representantes. Solo desde una república de lectores será posible poner freno a los mesías, a los jerarcas patriarcales y a los que administran, en nombre de sus intereses, nuestro patrimonio y nuestras libertades. Mientras esa república siga siendo un sueño, continuaremos en manos de quienes, en nombre de la cultura, conceden medallas a copleras corruptas y a la nobleza terrateniente. Hasta ese momento, ese abril de colores violetas y de versos que nacen en las macetas, seguirá siendo el mes robado al corazón de la ciudadanía.
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