Hace ya algunos años, cuando yo me sentía todavía más un turista que un habitante de la ciudad en la que ahora resido, el mes de mayo representaba una apertura a lo colectivo, a una singular enredadera de memoria y fiestas que rompía con el silencio de la Córdoba lejana y sola. Las flores tomaban las cruces y las plazas, las casas abrían sus puertas para hacer de sus patios una arquitectura de lo común y la feria, al fin la feria, se convertía, sin etiquetas ni pases privados, en una celebración de la alegría de vivir. Una feria que cuando yo la conocí todavía no se había trasladado a las afueras, como tampoco la muerte se había expulsado a los tanatorios o las compras a centros comerciales en los que fuimos olvidando la socialización de esas tiendas en las que las palabras tenían más valor que los productos. La Córdoba que yo conocí cuando era un estudiante de Derecho ha ido desapareciendo con una velocidad de vértigo, me imagino que de la misma manera que les ha ocur...
Cuaderno de bitácora de Octavio Salazar Benítez