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AMARGA NAVIDAD: el genio doliente y sus dolorosas ficticias


En una jugosa conversación con la cineasta Pilar Monsell que tuvo lugar el pasado sábado en el patio del cordobés Luciana Centeno, la escritora Belén Gopegui apuntó que todo creador debería tener dos cualidades. La primera de ellas sería la firmeza para mantener su visión del mundo y también, al mismo tiempo, para resistir y asumir las miradas contrarias. La segunda sería su capacidad y habilidad para estar inserto en una comunidad. Pensé mucho en las palabras de Gopegui cuando esa misma tarde salí de ver la Amarga Navidad de Pedro Almodóvar. Dudé con respecto a la primera de las exigencias, porque el manchego, si bien tiene potencia más que suficiente para mantener su universo, no sé si asume con inteligencia que haya quien no lo considere un dios. Con respecto a la segunda, y mucho más tras ver su último largometraje, no tengo ninguna duda. El director de Volver hace tiempo que perdió la conexión con la realidad, hasta el punto de que parece estar atrapado en un ensimismamiento que si bien por una parte (re)produce sus signos más identificables, y muchos de ellos artísticamente valiosos, por otra le lleva a construir artefactos en los que es complicado encontrar la vida. Unos relatos sobre los que, además, los analistas cómplices elevan a la potencia enrevesada de juegos creativos no al alcance de cualquiera y que, a su manera, contribuyen a engordar la madeja del ego que mira el mundo desde su lugar privilegiado y hasta con un cierto punto elitista.

 

No cabe duda de que lo más valioso de esta última película, que a diferencia de Torrente, con la que compite en las taquillas, y como es habitual en la casa, ha sido objeto de una promoción exhaustiva y creadora de unas altísimas expectativas, es su carácter confesional. En esta prima hermana de la estimable Dolor y gloria, Almodóvar continúa con su proceso de desnudamiento y de asunción de culpas, todo ello entreverado por sus duelos sin terminar y por ese ensimismamiento de un creador que hace ya tiempo que dejó de mirar la realidad para inspirarse y decidió mirarse solo a sí mismo. Desde este lugar, al menos en mi caso, es complicado que sus historias me conmuevan y zarandeen, por más que sean impecables formalmente hablando o por más que en ellas encuentres esos hilos que nos hablan de la unidad de toda una obra sin duda mayúscula del cine español. Han pasado ya veinticuatro largometrajes y la parte más débil del cineasta continúan siendo unos guiones que solo a duras penas sostienen el edificio y en el que, también en este último caso, sobran lugares comunes y comodidades, además de “gracias” que evidencian la falta de “gracia”,  además de estrategias comunicativas entre los personajes que los convierten más en tipos reiterativos que en sujetos con los que el espectador pueda llevar a cabo un ejercicio de empatía. Si a eso añadimos un perfeccionismo estético, tan identificable en cuestiones como los colores, la música o la manera de colocar la cámara, el resultado acaba siendo un producto resultón pero que, en mi caso, me deja siempre al borde de la emoción. Por más que, como sucede en Amarga navidad, y como también es marca de la casa, las interpretaciones sean sobresalientes y los rostros de actores y de actrices, sobre todo de las actrices, aguanten unos primeros planos diabólicos que en la gran pantalla resultan tan impactantes. En este sentido, creo que nunca he visto mejor a Bárbara Lennie, una actriz que peca de una cierta frialdad ante las cámaras, y en la que me ha sido imposible no ver un cierta estela de la Marisa Paredes de La flor de mi secreto, como en esa escena del atasco navideño en la que Elsa parece naufraga en la ciudad, como le pasaba al personaje de Paredes en medio de aquella manifestación entre la que ella parecía una niña asustada. Y es que como no ha dejado de mostrarnos el manchego, sus mujeres son siempre seres sufrientes, doloridos, enfermos, atrapados en dependencias múltiples, con frecuencia más marionetas que agentes, esclavas de las pastillas o de los hombres, personajes en manos de un genio hombre que las define. En definitiva, arquetipos que a estas alturas del siglo XXI no han logrado liberarse de esos esquemas que Marcela Lagarde identificó con las madresposas, monjas, putas, presas y locas. Por más que la voz de Chavela Vargas pretenda llevarnos a un espacio de autonomía y poderío. Todas ellas, eso sí, como pasa en esta confesión de hombre genial que siente como se le escapa la vida, parte de una minoría privilegiada que parece más flotar sobre lo cotidiano que ser parte de la vida diaria en la que nos movemos los espectadores. A su lado, los personajes masculinos continúan siendo, pese a ser la mano que mece la cuna, apenas esbozos, fugas y sombras, como en este caso lo son, pese a todo el potencial que encierran, el Beau de un maravilloso Patrick Criado y el Santi de un desaprovechado Quim Gutiérrez. Dos hombres cuidadores, de esos que sostienen los vínculos y la vida, pero que apenas tienen vida frente al peso del genio doliente y de sus dolorosas ficticias. 

 

Uno de los principales riesgos que sufrimos siempre con los estrenos de Almodóvar es la creación previa de expectativas, y no sólo por el aparato publicitario de su productora sino también por los críticos, normalmente todos hombres, que nos apuntan momentos excelsos y genialidades que prometen deslumbrarnos. Algo que en Amarga navidad se ha centrado en un final que, a juicio de algunos, es de los más impactantes del cine reciente y ante el que yo pensé que viviría una suerte de revelación. No seré yo quien ponga en duda la calidad interpretativa de Leonardo Sbaraglia y de una Aitana Sánchez Gijón a la que vemos en la pantalla como si estuviera rodando un prestigioso Estudio 1, pero creo que ese cierre, que acaba en final abierto y por tanto que amenaza trilogía, está lejos de esa traca que de manera tan ditirámbica algunos han elevado a los altares. Tiene, sin duda, la fuerza de una verdad que nos dibuja al Pedro más vulnerable, odioso y frágil al mismo tiempo, pero no creo que baste para redondear una película cuyo minutos previos han transcurrido por senderos archisabidos y con la tibieza de quien se inventa una realidad por miedo, tal vez, a transitar fuera de la ficción. Un duelo que, a ahora que lo pienso, podría ser el reverso, en muchos sentidos, de  Función de noche. En esa conversación final, que tiene más de teatro que de cine,  reside, y es sin duda lo mejor de Amarga Navidad, lo más auténtico de un paso más del manchego en ese laberinto del que no sabe o no puede escapar. La amarga realidad de un hombre talentoso que hace tiempo dejó de mirar la belleza de las simples cosas. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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