Ir al contenido principal

EL SONIDO DE LA CAÍDA: lo siniestro intergeneracional.

   


Hay películas que te sacuden, que te zarandean colocándote en una posición incómoda. Son aquellas que exigen al espectador un singular compromiso de ser parte activa de la historia, de no conformarse con estar en la butaca mirando la pantalla sino que, de alguna manera, lo que sucede en ella te va perforando, lentamente, con las agujas sutiles y silenciosas que saben hilvanar miedos y emociones, lo cual hace que te remuevas en el asiento casi presa del desasosiego. Casi veinticuatro horas después de haber visto El sonido de la caída, continúo recorriendo mi cuerpo en busca incluso de señales físicas que me hablen de las historias que la película de la alemana Mascha Schilinski nos cuenta. A través de unas imágenes deslumbrantes, en las que se confirma una vez que la frontera mínima entre el cine y la poesía habita en la mirada de quien rueda, asistimos al relato de cuatro generaciones de mujeres que habitan un mismo espacio – una granja del norte de Alemania – y en el que se suceden historias que tienen que ver con la muerte, la violencia o los traumas. Niñas que crecen en un mundo que sienten demasiado estrecho, mujeres que callan y no saben reír, adolescentes que no alcanzan a entender el mundo de los adultos y que con frecuencia son usadas por ellos. Lo femenino y lo privado, en fin, como lugar de las humillaciones y de las heridas. Esas que pareciera que van viajando de generación en generación, casi como un pecado original lanzado sobres las mujeres por hombres que siempre nos hemos creído dioses.

 

La complejidad de la narrativa usada por Schilinski, que salta de época en época como quien pasa de un verso a otro del poema, nos obliga a estar muy atentos y, sobre todo, a ser conscientes de que se nos está invitando a sumergirnos en un mundo donde lo real y lo fantasmagórico van de la mano, y en el que vamos detectando una serie de constantes que equiparan las primeras décadas del siglo XX con el mundo actual, sobre todo si pensamos en esos cuerpos de mujeres siempre cayendo o a punto de caer. Expulsados de la vida en cuanto concebidos para otros. La impresionante fotografía de Fabin Gamper y la inquietante música de Michael Fiedler y Eike Honselfeld contribuyen a que casi nos sintamos dentro de una película de terror, en la que es imposible no sentir los miedos que sienten las protagonistas, cuyos ojos, reiteradamente, nos miran fijamente como si estuvieran interpelándonos con las preguntas que ellas no dejan de hacerse ante los misterios de la vida y la muerte. Esos ojos que son como cuchillos y que se clavan en el pecho del espectador como si nos hubiéramos convertido en una “mater dolorosa”. 

 

Como hace unos días nos recordó la filósofa Ana Carrasco Conde en Córdoba, lo siniestro era para Freud una forma de terror que proviene de lo familiar, de lo cercano que ha sido reprimido, silenciado y que vuelve con sus garras monstruosas para causarnos angustia. De esta manera, y como comprobamos en  El sonido de la caída, lo siniestro está muy ligado a la familia, a los vínculos íntimos, a lo que callamos y miramos a escondidas en esos espacios que, como la casa de la película, también son parte de nuestros territorios emocionales. De hecho, son muchas las mirillas a través de las cuales miran las niñas de estas historias: esos agujeros que les da acceso a lo prohibido, a lo reprimido, al dolor, a la constatación de que la vida duele y que, con frecuencia, también lo hace la belleza. Esa que intentamos apresar con fotografías, tan presentes en el relato, en las que a veces las almas vuelan y dejan huecos a los retratados. Las fotografías, también, como intento de apresar y dejar para siempre encerrado lo siniestro.

 

El sonido de la caída, que compartió con Sirat premio en el pasado festival de Cannes, es una de esas películas que nos recuerdan que el cine es un lenguaje que se nutre de otros muchos y que habita con frecuencia más cerca de los fantasmas que de lo real. Quizás en ese territorio inhóspito e incómodo, pero también atravesado por ríos y trigo que crece, resida la auténtica belleza, esa que puede resucitar en un ombligo o en un abrazo submarino. Esa que intuyo permite al fin a las mujeres levantar el vuelo, liberadas al fin del peso de lo siniestro. 

Comentarios

Entradas populares de este blog

YO, LA PEOR DEL MUNDO

"Aquí arriba se ha de anotar el día de mi muerte, mes y año. Suplico, por amor de Dios y de su Purísima Madre, a mis amadas hermanas las religiosas que son y en lo adelante fuesen, me encomienden a Dios, que he sido y soy la peor que ha habido. A todas pido perdón por amor de Dios y de su Madre. Yo, la peor del mundo: Juana Inés de la Cruz". Mi interés por Juana Inés de la Cruz se despertó el 28 de agosto de 2004 cuando en el Museo Nacional de Colombia, en la ciudad de Bogotá, me deslumbró una exposición titulada "Monjas coronadas" en la que se narraba la vida  y costumbres de los conventos durante la época colonial. He seguido su rastro durante años hasta que al fin durante varias semanas he descubierto las miles de piezas de su puzzle en Las trampas de la fe de Octavio Paz. Una afirmación de éste, casi al final del libro, resume a la perfección el principal dilema que sufrió la escritora y pensadora del XVII: " Sor Juana había convertido la inferioridad ...

CARTA A MI HIJO EN SU 15 CUMPLEAÑOS

  De aquel día frío de noviembre recuerdo sobre todo las hojas amarillentas del gran árbol que daba justo a la ventana en la que por primera vez vi el sol  reflejándose en tus ojos muy abiertos.   Siempre que paseo por allí miro hacia arriba y siento que justo en ese lugar, con esos colores de otoño, empezamos a escribir el guión que tú y yo seguimos empeñados en ver convertido en una gran película. Nunca nadie me advirtió de la dificultad de la aventura, ni por supuesto nadie me regaló un manual de instrucciones. Tuve que ir equivocándome una y otra vez, desde el primer biberón a la pequeña regañina por los deberes mal hechos, desde mi torpeza al peinar tu flequillo a mis dudas cuando no me reconozco como padre autoritario. Desde aquel 27 de noviembre, que siento tan cerca como el olor que desde aquel día impregnó toda nuestra casa, no he dejado de aprender, de escribir borradores y de romperlos luego en mil pedazos, de empezar de cero cada vez que la vida nos ponía...

Balada para Mª Carmen

  “Te podría contar Que está quemándose mi último leño en el hogar Que soy muy pobre hoy Que por una sonrisa doy todo lo que soy Porque estoy solo y tengo miedo” Joan Manuel Serrat, Balada de otoño   A estas alturas de mi vida, en que empiezo a sentir que tengo más pasado que porvenir, y cuando empieza haber vacíos, demasiados vacíos, en mi agenda, me doy cuenta más que nunca de cuántas mujeres han sido y son esenciales en mi sostén. Cómo han sido ellas, con su praxis, y no tanto con sus discursos, las que me han ido descubriendo las maravillas de la horizontalidad y el verdadero sentido de   lo que es tejer redes, algo a lo que, me temo, todavía los hombres no solemos estar muy acostumbrados. En mi vida académica, a la que tanto tiempo he dedicado y dedico, nunca subrayaré lo suficiente el papel tan importante que han tenido, y siguen teniendo, las mujeres de la Biblioteca de mi facultad. Con algunas de ellas he recorrido un itinerario largo largo en el que...