“No hay mayor dominio que aquel en el que el esclavo no sabe que lo es”
Josep María Esquirol, La escuela del alma
Son muchas las razones que nos explican el estado de desánimo y frustración de unas jóvenes generaciones que son conscientes de que van a vivir peor que sus progenitores y que han empezado a descubrir la ficticio de unas promesas que están lejos de cumplir sus expectativas de bienestar y no digamos de felicidad. Todo ello mientras que, en paralelo, el orden liberal y los espacios digitales confluyen en ofrecernos como espejo un “optimismo cruel” que no es otro que el que deriva de entender que todo puede ser objeto de mercadeo, incluidos nuestros cuerpos y nuestros deseos, y que por tanto el triunfo individual tiene mucho que ver con nuestra capacidad para saber movernos en medio de la selva. Frente a estas potencias, los horizontes democráticos se diluyen en una galopante crisis de confianza y las herramientas que pensamos como equilibradoras de oportunidades se desvanecen ante unas reglas del juego basadas en la ley del más fuerte. De esta manera, hemos acabado descubriendo que todo lo que prometía la igualdad de oportunidades no es más que un señuelo que a duras penas esconde la irrefrenable desigualdad que está ligada no solo a nuestro estatus socioeconómico sino también a los poderes, en muchos casos meramente simbólicos y relacionales, que nos otorga la pertenencia a una clase social, es decir, a un grupo que no solo comparte estatus sino también redes, complicidades y normas no escritas que se basan, capitalismo mediante, en la lucha feroz por expulsar a las afueras a quienes entendemos que, lejos de empujarnos, nos restan opciones.
La última película de Víctor García León, que es sin duda digno sucesor del mordaz cineasta que es su padre, José Luis García Sánchez, y de la voz siempre comprometida de su madre Rosa León, nos ofrece justamente un retrato certero e inteligente de un mundo, el nuestro, en el que, bajo la fantasía formal de la igualdad democrática, no dejamos de incrementar las distancias entre los amos del mundo y quienes, a duras penas, tratan de imitarlos y de, en el mejor de los casos, aspirar a subir ese peldaño que tan elevado es hoy para quienes no parten de las mismas condiciones que la minoría triunfadora. Si bien durante décadas se nos vendió la idea, ciertamente ilustrada e ilusionante, de que la educación podría ser la vía para ascender socialmente y superar las limitaciones para quienes no habían tenido la suerte de nacer en un contexto privilegiado, hoy día, y tal como nos demuestra Altas capacidades, esa ilusión ha pasado a mejor vida en un contexto en el que la expansión de la educación privada es la señal más evidente de que hay sujetos que van a empezar la carrera con rotundas ventajas con respecto a quienes no pueden permitirse más que el amparo de la hoy cada vez más deteriorada y deficitaria enseñanza pública. La peripecia del matrimonio protagonista de la película, interpretado por unos estupendos Marián Álvarez e Israel Elejalde, tan mediocres e insatisfechos en su ubicación de clase media venida a menos, es el relato amargo de cómo las sociedades democráticas del siglo XXI traicionan a diario los valores que, constitucionalmente hablando, entendimos que podrían corregir los desequilibrios sociales y ponerle freno a los excesos de todos esos poderes que se reproducen y amplifican al margen del Derecho. Con un guion afiladísimo del director y de otro tipo de lucidez demostrada, Borja Cobeaga, y con algunas escenas memorables, como las del cumpleaños de la hija de Domingo (Juan Diego Botto), Altas capacidades es una de esas buenas comedias que, llevándonos a la sonrisa, nos muestra, como si fuera un espejo en el que es inevitable que muchos nos reflejemos, todo el fango en el que a diario pretendemos ser no tanto lo que somos sino lo que entendemos que, de acuerdo con el sistema, nos va a llevar al éxito. Un recorrido para el que son esenciales las redes de poder y los pactos masculinos, y en el que es lógico que triunfen sujetos como el que Juan Diego Botto interpreta con una solvencia exquisita, esa que nos permite verlo como un ser odioso, pese a todo lo mucho que lo admiramos en la vida real como tipo tierno y solidario.
Si bien la película derrapa en algún momento del final con alguna vuelta de tuerca que desmerece del resto, Altas capacidades es un magnífico ejemplo de cómo la buena comedia es cine político con mayúsculas y, en ocasiones, la mejor manera de mostrarnos cómo somos. Un retrato ante el que no salimos muy bien parados y que, más allá de las risas y de hasta la ternura que podemos sentir por unos protagonistas tan infelices y en el fondo tan desgraciados, nos da una bofetada de realidad: esa en la que, me temo, estamos educando a muchos monstruos como el hijo de Alicia y Santiago, ese Fer que, como buena esponja, pronto aprende que la meritocracia no es más que un disfraz que a duras penas protege al débil y precario. Un escenario que, en el fondo, reclama los modos y maneras de los vaqueros que, como tantas veces vimos de niños en la pantalla, se convertían en héroes pistola en mano y solos ante el peligro.
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