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LA GRAZIA. Elogio de la ligereza.

 


Pocos cineastas como Sorrentino consiguen en la actualidad que sus películas sean estéticamente deslumbrantes y, al mismo tiempo, parezcan construidas sobre cientos de capas, esas que el espectador, como si convirtiera en un arqueólogo, ha de ir descubriendo con la cabeza llena de interrogantes. Pocos además como él han sabido asumir la mejor herencia de la cinematografía italiana y traducirla en un lenguaje propio, ya inconfundible, mediante el cual es capaz de diseccionar con bisturí preciso el alma de un país, el suyo que es también un poco el mío, en el que la historia, el arte y los dioses atraviesan los cuerpos y configuran un espacio, que es también temporal, en el que pareciera habitar todo lo mejor pero también todo lo peor. Ahí está La gran belleza como máxima expresión de ese retrato siempre inacabado de todo un mundo. De ahí el delito que debería suponer ver sus películas dobladas. Mucho más acertado en sus obras más estrictamente políticas – Il divo, Silvio (y los otros)  – y en las que tira sin pudor de su memoria – Fue la mano de Dios -, que cuando deja sin control su ego de macho italiano que mira a las mujeres desde una atalaya que las empequeñece y hasta cosifica – La juventud, Parthenope - , Sorrentino, aún en sus obras más fallidas, consigue arrastrarnos a unos imaginarios que nos certifican el valor del cine no solo para recrear metáforas sino también, y sobre todo, para dejar al descubierto muchos de los recovecos de los seres tan imperfectos que somos. 

 

En su última película, el director napolitano vuelve a sus momentos de mayor inspiración y nos ofrece un relato que nos invita a adentrarnos en una enorme casa por la que vamos abriendo puertas que nos llevan a habitaciones en las que las preguntas parecen haber sustituido a las ventanas. La historia de los últimos días del presidente de la República italiana, Mariano  de Santis, un prestigioso jurista que se enfrente al dilema de ratificar una ley sobre la eutanasia, al tiempo que ha de valora la concesión de dos indultos en el ejercicio del derecho de gracia que le concede la Constitución, es un ejercicio de malabarismo en torno a la figura de un hombre viejo y prestigioso que se enfrenta al peso de los recuerdos y al desfiladero que supone llegar a una edad que, sobre todo para nosotros, constituye el punto y final de una trayectoria volcada en manuales, presencia pública e importancia y reconocimiento. Hay mucho en La Grazia de mirada lúcida sobre el envejecimiento de los hombres, socializados para desempeñar un papel que nos ha supuesto desde siempre renuncias y hasta castraciones de muchas dimensiones de lo humano, hasta el punto de que como le sucede el protagonista, apodado “hormigón armado”, acabamos siendo prisioneros de un traje, el de la masculinidad, que nos obliga a ir por la vida con una pesadísima mochila sobre las espaldas. En este sentido, el contraste con la figuras de la hija y de la querida y fiel amiga con la que comparte tantos momentos, ambas sin embargo marcadas por esa mirada tan accesoria que Sorrentino siempre tiene de las mujeres en su cine,  nos evidencia que estamos ante un hombre en crisis, la cual no solo tiene que ver con el paso del tiempo sino también con su propia identidad construida. Una crisis que, por tanto, va más allá de la que en un plano moral le genera la reflexión sobre el final de la vida, el derecho a morir y, en definitiva, sobre la dueñidad de nuestros días, esa pregunta que se repite en la película  y que, como también suele pasar en el cine del italiano, conecta con la presencia de la religión como eje que nos sostiene o que, por el contrario, nos incomoda. En este sentido, son impagables los diálogos que el presidente tiene con un Papa africano, así como toda esa estética, que también se nutre de una maravillosa banda sonora, tan cercana a The Young Pope.

 

La Grazia no solo es impecable desde el punto de vista formal – esos recurrentes planos construidos desde la simetría, esos momentos oníricos,  esas coreografías y hasta esa cámara lenta prodigiosa en la escena de la visita del presidente portugués, por no hablar de una galería impagable de personajes secundarios interpretados por actores y actrices cuyos rostros son un libro abierto – sino que nos plantea tantos dilemas éticos, y por supuesto también jurídicos, que haría falta casi un tratado entero para desentrañar todo lo que el sabio Sorrentino nos plantea en algo más de dos horas de metraje. Por supuesto, todo lo relativo a los derechos relacionados con el morir, pero también la importancia de los procedimientos normativos como cauce para la deliberación o las turbulencias de una verdad que se nos antoja imposible por más que un juez trate de llegar a ella vía sentencia. Y, además, como trasfondo tal vez más discutible, pero sin duda provocador de parte de la belleza de esta película, la percepción del amor como la respuesta que da sentido incluso ético a nuestra existencia.  El amor de Mariano por su desaparecida Aurora, pero también el de la esposa que acaba con la vida de su marido maltratador o el de unos hijos que acaban de alguna forma convertidos en padre y madre de su padre. Solo un actor con el talento y la fuerza épica de su mirada y de su porte, como lo es Toni Servillo, podría haber encarnado, con una elegancia y profundidad desarmantes, todas esas capas de cebolla que La grazia nos invita a ir retirando con lentitud, en el recorrido impudoroso de un personaje que, como el emperador del cuento, acaba desnudo ante nuestra mirada. 

 

La gracia, se sentencia en un momento de la película, no es sino la belleza de la duda. Tal vez la revelación de que somos nosotros los dueños de nuestros días y que eso, con el permiso de dios, nos lleva a siempre, irremediablemente, a un lugar dubitativo y expectante. De esta manera, y como entiendo que Sorrentino nos acaba queriendo decir casi como moraleja de su película, el secreto, porque no hay otro secreto, es vivir con más ligereza, flotar, renunciar al centro de gravedad permanente, ser nómadas y desabrocharnos el último botón de la camisa, ese que los hombres durante tantas décadas hemos apretado bien con el nudo de una corbata. Ligereza que también reclama otro tiempo, sin prisas, con la calma de quien mira y quien piensa, de quien escucha o de quien incluso aprende a saborear el silencio como un pasaporte hacia el coraje que a menudo la vida nos exige. 


PUBLICADO EN CORDÓPOLIS, 5 DE ABRIL DE 2026:

https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/blogopolis-quien-teme-a-thelma-y-louise/grazia-elogio-ligereza_132_13120146.html

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