do su arco narrativo, como si fuera una suerte de epílogo en el que su creador o creadora nos dice una última palabra (a veces en silencio) con la que cierra un itinerario emocional. Algo así pasa en la primera y deslumbrante película de Marta Matute, en la que su última escena, y no hago espóiler, resume a la perfección el microcosmos en el que se ha desenvuelto la historia, pero también los cuerpos y las almas de sus protagonistas. El cola cao apenas probado, el cigarrillo encendido, las sillas vacías, una cocina en la que se dijeron e hicieron tantas cosas: el espacio por definición de los vínculos, de los guisos a fuego lento, de los titubeos y de las conversaciones en voz baja, ese lugar al que parecen conducir todos los pasillos. En ese momento todo parece suceder afuera, aunque la verdad es que el corazón de los personajes está en esa mesa testigo, en el frigorífico donde se colgaban las tareas repartidas de cuidado, en el vino barato que acaba rodando por el fregadero y en el olor a patatas con chorizo.
No podía imaginar un mejor final para una película que es como un mazazo en las entrañas, como una de esas sacudidas que abren grietas en los pilares del edificio, y que, sin embargo, nos acaba de alguna forma reconciliando con la vida. Yo no moriré de amor, cuyo título no puede ser más bellamente desgarrador, nos cuenta una historia basada en la experiencia de su guionista y directora, y se nota que en las imágenes hay toda la verdad de quien no habla de oídas. El periplo que atraviesa Claudia, interpretada con una fuerza deslumbradora por la debutante Júlia Mascort, una joven que con apenas 18 años tiene que enfrentarse al Alzheimer de una madre que va progresivamente perdiendo autonomía y lucidez, es un relato que hoy se multiplica por miles y que muy especialmente tiene rostro de mujer. El rostro de las cuidadoras eternas, obligadas a convertirse en heroínas gracias a la ausencias generalizadas de unos hombres descuidados y ante las carencias de un sistema, y de toda una organización de la convivencia, que lamentablemente a estas alturas no ha colocado en el centro los cuidados. Una reivindicación que cuando la seguimos en su dimensión de construcción teórica pudiera parecernos una exquisitez académica pero que, sin embargo, cuando la dotamos de nombres y cuerpos encarna una de las fallas más dramáticas de unas sociedades avanzadas que todavía no han situado como eje radical de sus políticas y de sus normas la extrema vulnerabilidad que a todos y a todas nos atraviesa.
Lo que en otras manos podría haber dado lugar a un dramón convencional o a un simplemente correcto ejercicio de fotografía social, en manos de Marta Matute se convierte en un ejercicio pulcrísimo y equilibrado de emociones a través del cual al espectador le resulta tan fácil empatizar con todos y cada unos de los y las protagonistas. Por supuesto, con la joven Claudia, que en ese momento en que cualquiera anda deseoso de lanzarse a la vida para saborearla, equivocarse y encontrarse, se ve obligada a asumir unas responsabilidades que interrumpen esa edad en que tanto necesitamos romper los barrotes de la jaula. La mirada, los silencios y los simples gestos a veces de Júlia Mascort bastan para que entendamos a la perfección su dolor y sus angustias. Como también entendemos las pautas ordenadoras y sensatas de la hermana mayor, una estupenda Laura Weissmahr, como es imposible no sentirse desolado ante esa masculinidad que enjaula al padre, un Tomás del Estal que se merece todos los premios de la temporada, y al que vemos desenvolverse con torpeza, en todos los sentidos, en un momento en el que, además, ha dejado de cumplir con su rol público y se halla perdido en los laberintos de lo privado. El trabajo de estos intérpretes, al que hay que sumar el de una conmovedora y entregada Sonia Almarcha, la cual es capaz que veamos en apenas unos cuantas escenas el progreso de la enfermedad, son el sostén de una película que está hecha con mucha inteligencia. La propia de una directora que sabe siempre colocar muy bien la cámara y llevarnos por unos tiempos que nos van marcando, también como espectadores, la evolución no solo de la madre enferma sino de todo un arco vivencial, el de quienes al cuidarla, aunque pueda parecernos hasta contradictorio, y por momentos insoportable, interrumpen sus vidas al tiempo que sostienen la de quien ha pasado a otra dimensión en la que todo se reduce a lo más desnudo de las necesidades humanas. De ahí que, como bien vemos en la pantalla, los años que al principio aparecen con claridad, luego se vuelven movedizos e inseguros en el calendario de quienes cuidan. Y es que el tiempo, esa convención que nos define, es quien mejor nos enseña la fragilidad de lo que somos.
Yo no moriré de amor, durísima pero, insisto, también cargada de la luz que siempre supone mostrar el desprendimiento de sí que supone cuidar, sin renunciar a hacer evidentes las agujas que se clavan en nuestro pecho cuando amamos sin condiciones, es la demostración, una vez más, que gracias a todas esas mujeres que en estos años se están poniendo detrás de la cámara, empezamos a darle visibilidad a esferas vitales que para los hombres nunca fueron relevantes en nuestros guiones de la importancia. El siguiente paso, sin duda más complicado y utópico, es conseguir entre todos y todas que todo eso que nos cuenta la primera película de Marta Matute nos sirva de inspiración para redefinirnos en lo personal y en lo político. Porque, aunque nos duela reconocerlo, nos va la vida en ello. Es decir, en pasar de la dimensión puramente amorosa de los cuidados a una concepción republicana de los mismos que nos obligue a pactar, con otros derechos y obligaciones, lo que somos y cómo nos vinculamos en un mundo en el que siempre andamos por ese precipicio que implica respirar.
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