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AL AMPARO DE LA POESÍA

Crónica boloñesa, 22-4-2013


"Afirmaba Pavese que la poesía es
una forma de defensa contra las ofensas de la vida y ese es para mí un veredicto
inapelable. Siempre hay que defenderse con la palabra de quienes pretenden
quitárnosla. Siempre hay que esgrimir esa palabra contra los desahucios de la razón."

Leo en mi habitación de la strada Maggiore el discurso de Caballero Bonald en la entrega del premio Cervantes. Recuerdo la grata lectura de sus memorias y mi gozoso descubrimiento de su verbo indómito, concienzudo, profundamente ético. Su reivindicación de la poesía de la mano del grande Pavese me lleva a los pórticos de esta ciudad estudiantil, a la juventud que ocupa la vía Zamboni y que parece refugiarse en este espacio privilegiado de las tormentas de una Europa que parece haber olvidado la senda del humanismo. Me aferro paseando por sus calles a la necesidad de la utopía. La misma que reivindica el poeta jerezano con la mirada puesta en el arte. "Quizá se trate de una utopía, pero la utopía también es una esperanza consecutivamente aplazada, de modo que habrá que confiar en que esa esperanza también se nutra de las generosas fuentes de la inteligencia. Leer un libro, escuchar una sinfonía, contemplar un cuadro, son vehículos simples y fecundos para la salvaguardia de todo lo que impide nuestro acceso a la libertad y la felicidad. Tal vez se logre así que el pensamiento crítico prevalezca sobre todo lo que tiende a neutralizarlo. Tal vez una sociedad decepcionada, perpleja, zaherida por una renuente crisis de valores, tienda así a convertirse en una sociedad ennoblecida por su propio esfuerzo regenerador. Quiero creer -con la debida temeridad- que el arte también dispone de ese poder terapéutico y que los utensilios de la poesía son capaces de contribuir a la rehabilitación de un edificio social menoscabado. Si es cierto, como opinaba Aristóteles, que la “la historia cuenta lo que sucedió y la poesía lo que debía suceder”, habrá que aceptar que la poesía puede efectivamente corregir las erratas de la historia y que esa credulidad nos inmuniza contra la decepción. Que así sea."

Enlazo sin darme cuenta el discurso de Caballero Bonald con el de Napolitano del lunes. Leo los renglones del presidente en "Il Corriere della sera" y redescubro un discurso radicalmente "republicano", hecho desde y por la "cosa pública", comprometido con los valores constitucionales y con el peso indiscutible de quien cerca de los 90 tiene la autoridad de sacar los colores a quienes han hecho de la política un espacio de corruptelas. Me reconforta leer su apuesta por la cuestión social o, lo que es lo mismo, por la igualdad. Y subrayo cómo Napolitano, en un país tan machista y patriarcal como éste, se atreve a reivindicar literalmente "una efectiva y plena valorización de los recursos y de las energías femeninas".  Como bien reclama el jefe del Estado italiano, "no podemos permanecer indiferentes... a los jóvenes que se pierden, a las mujeres que viven como inaceptable su marginación y subordinación".

Le cuanto a los estudiantes italianos algunos de los dilemas de nuestro sistema de garantías de los derechos, muy especialmente en lo relativo al papel del Tribunal Constitucional. Hablamos de igualdad, de dignidad, de politización de la justicia, del "choque de trenes" entre el Supremo y el Constitucional, de la complejidad territorial española, del amparo pervertido como una instancia procesal más, de la desconfianza inicial hacia los jueces ordinarios como tuteladores de los derechos y de su papel clave en la actualidad como garantes del Estado social y democrático de Derecho. 

 Nos parecemos tanto que no hace falta traducción. Compartimos miserias y también virtudes. Aunque últimamente cada vez pienso más que a nosotros nos falla más de la cuenta ese factor de creatividad y de reinvención, tremendamente vitalista, que siempre han tenido los italianos. Incluso cuando han atravesado el más pestilente de los túneles. A lo largo del día de hoy Napolitano anunciará su propuesta de primer ministro. El sistema, aún herido de muerte, cobra vida en su último suspiro.

Termino el día hablando de literatura y poesía con mi amigo Paolo. Hablamos de cuánto nos gustan los libros y de cómo nos resultaría imposible sobrevivir sin ellos. Hablamos de Petrarca, de Calvino, hasta de John Irving, del que he empezado justo en este viaje a leer tu última novela: Personas como yo. Le cuento mis tesis sobre las "nuevas masculinidades" y él difunde mi libro por las redes sociales italianas, por lo que no dudo en nombrarlo mi agente literario por estas tierras. Debo descubrirle a José Manuel Caballero Bonald y sus versos complejos y al mismo tiempo transparentes. Paolo me dice que no sabe si él es complejo o no, que no es quién para decirlo. Yo intuyo que cualquier persona que se agarra a la literatura para vivir con y desde ella tiene que serlo. O, lo que es lo mismo, tiene la luminosidad cruzada que generan las aristas y que nos inmuniza frente a la decepción. Quizás él busque en el mar que tanto ama la utopía que le niega la tierra.

La poesía es un arma frente a las ofensas de la vida, decía Pavese. Hoy la poesía, el arte, la cultura en general, debe ser más que nunca la vacuna que nos ampare frente los mercados financieros y la vulnerabilidad que nos empequeñece.

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