La rebelión cívica según Antonio
Muñoz Mollina

Si este país no estuviera aún tan anestesiado, a pesar de los
muchas razones que en los últimos tiempos compartimos para rebelarnos contra las
injusticias que nos empequeñecen, el último libro de Antonio Muñoz Molina
debería haber provocado un debate intenso entre la ciudadanía y un más que
sonrojante malestar entre la clase política.
Aunque para lo primero es evidente que un primer paso ineludible sería
que la ciudadanía leyera más y viera menos la tele, y para lo segundo que
nuestra casta de representantes no sólo leyera sino que también dejara de
mirarse el ombligo.
“Todo lo que era sólido” constituye un análisis profundo, sin
miramientos ni autocensuras, sobre la degeneración de nuestro sistema
democrático en los últimos años. Escrito desde la radical libertad de quien se
siente dueño de sus palabras y sin hipoteca alguna, el libro desmenuza con la
fuerza de un ensayo apasionado y reflexivo cómo la vida pública española ha ido
perdiendo sustento moral y ha ido regodeándose en la pestilencia que provoca la
ausencia de rigor cívico. Y nos coloca
frente al espejo de nuestras propias miserias: las de un lugar que ha pasado de
ser El Dorado a convertirse en un país empobrecido y triste, las de un
territorio en el que la economía especulativa alimentó durante décadas una
“conciencia delirante”.
Quizás el error más flagrante del que todos hemos sido
responsables haya sido pensar que la democracia no necesitaba aprendizajes y
hábitos, que era sólo cuestión de consolidación temporal. Cuando la realidad es
que el más exigente de los regímenes políticos necesita virtudes cívicas,
transparencia y controles, conjugación de un nosotros que sea capaz de poner los intereses generales por encima
de los particulares. Un modelo en el que las leyes deben ser el mecanismo de
sujeción de los poderes y no una formalidad elástica que ampare “el abuso, la
fantasía insensata, la codicia, el delirio” o simplemente su incumplimiento.
Hemos vivido durante muchos, demasiados, años en un país de
simulacros, espejismos y solemnidades financiadas por los poderes
públicos. Todo ello gracias a la suma
hedionda de dinero fácil, “viejo caciquismo español y reverdecido populismo
sudamericano”. El país entero era una
fiesta en la que además se condenaba al disidente, al que pudiera tener voz
propia, al que se resistía a formar parte de la farsa. Fue entonces cuando
empezó a alimentarse la política del “estás conmigo o estás contra mí” o, lo
que es lo mismo, el frentismo que en tiempos de corrupción generalizada
desemboca en el patético “y tú más”.
En todo este proceso destaca Muñoz Molina la construcción de
un Estado autonómico apoyado en identidades colectivas que poco han hecho a
favor del lenguaje democrático. Por el
contrario, han fomentado la “intransigencia simétrica” de los adversarios, “la
obsesión por la pureza”, el “victimismo
y el narcisismo”. El país, y comparto
plenamente el juicio del autor de Sefarad,
se ha ido descentralizando de manera
atolondrada y ha multiplicado no sólo las estructuras administrativas sino
también las castas dirigentes y sus cortesanos. Al tiempo que se ha propiciado “la quiebra de
la legalidad, la ambición de control político y la codicia” y, en paralelo, “la
suspensión del espíritu crítico inducida por el atontamiento de las
complacencias colectivas, el hábito perezoso de dar siempre la razón a los que
se presentan como valores y redentores de lo
nuestro”. Un atontamiento
propiciado, entre otros mecanismos, por las televisiones autonómicas – véase
por ejemplo la andaluza en la que no han dejado de desempolvarse “el gracejo y
las batas de cola” – y que llega al paroxismo de la vacuidad en “los arrebatos
poéticos de las introducciones a los estatutos de autonomía”.
De esta manera, y con la ayuda inestimable de unos partidos y
unos sindicatos desconocedores del mandato constitucional de democracia interna
y “conseguidores” de prebendas para los profesionales de lo público, el
resultado ha sido una ciudadanía sin vigor ético, carente de capacidad de
disensión y poco habituada al ejercicio
del derecho/deber de crítica y autocrítica. Creo que es precisamente esa
parte del análisis que realiza Muñoz Molina donde se halla la clave no sólo para entender la situación actual
sino también, y es lo más relevante, para salir de la crisis institucional y
moral que sufrimos. Hace falta más y
mejor pedagogía democrática, de manera que la ciudadanía sea capaz de desvelar
la corrupción y la demagogia, al tiempo que se hace posible un auténtico pluralismo que sustituya a los sectarismos partidistas. Es necesario, por supuesto, revisar nuestro
modelo político, los principales agentes de la representación, las herramientas
caducas de un Estado que ya no nos sirven para el siglo XXI, pero también es
urgente, y aunque pueda parecer obvio, reforzar la libertad de pensamiento,
amparar las disidencias, esquivar el cinismo y la hipocresía. En definitiva,
quitarnos la venda de los ojos, esa que nos permitía verlo todo sólido aunque
sólo fuera bajo la apariencia de los fuegos de artificio, y romper los pactos
de silencio que han convertido nuestra vida pública en refugio perfecto para
los sátrapas y espabilados. En apoteosis de “la vileza ética y estética”.
Es decir, como bien nos plantea el escritor andaluz que
reivindica su “derecho a ser un andaluz
serio, incluso a no parecer andaluz”,
hace falta recuperar el pulso cívico para así, en la medida de lo
posible, impedir o frenar la barbarie, “la aceptación cínica del éxito de los
trepadores” o la proliferación de basura. Para evitar que “la capilaridad de la
corrupción” infecte de cinismo a la sociedad entera. “Se
pueden improvisar las constituciones y las leyes electorales, pero no los
hábitos que tardan mucho tiempo en formarse, en calar en la vida y en la
conciencia de las personas, en el pensamiento, en los actos diarios”. Hace
falta, pues, más y mejor Educación para la Ciudadanía, pero no como una
asignatura que es el chivo expiatorio de la derecha más reaccionaria, sino como
andamiaje socializador que transmita el sentido de lo público como una
responsabilidad colectiva. Desde el entendimiento de que las conquistas
democráticas nunca son definitivas y que hace falta perseverancia, masa crítica
y concordia cívica para mantenerlas. Es necesaria, ahora más que nunca, “la fraternidad
objetiva de la ciudadanía por encima de la consanguinidad de la tribu”. Un objetivo que pasa por la defensa de la
ductilidad y el rechazo de la pureza, por la superación de la incompetencia y la búsqueda de la excelencia, por la sobriedad y la apertura a la
iniciativa y el talento. Sólo así podremos desterrar la grosería de la vida
pública, la tosquedad de quienes nos gobiernan y las intrigas que escapan a los
controles de legalidad y transparencia.
“Hace falta una serena
rebelión cívica… y toda la fuerza de la movilización para rescatar los
territorios de la soberanía usurpados por la clase política”. La rebelión que propone Muñoz Molina, y a la
que me sumo militante, pasa por la exigencia de la vida democrática como una
tarea ardua y constante, por nuestra conversión en ciudadanos adultos y por la
apelación moral en un sentido laico a los valores que sustentan la convivencia.
Es hora de ponerle fin al simulacro y de reactivar el “pulso cívico” sin el que
será imposible desterrar la incompetencia y la corrupción. “Después
de tantas alucinaciones, quizás sólo ahora hemos llegado o deberíamos haber
llegado a la edad de la razón”.
Todo lo que era sólido,
Antonio Muñoz
Molina. Seix Barral, Barcelona, 2013
Entrada publicada en THE HUFFINGTON POST (3-4-2013):
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