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EL FINAL DEL CUENTO


Las fronteras indecisas
Diario Córdoba, 8-4-2012

Huele a podrido en Pedralbes. Tal vez sean las perdices que, en avanzado estado de descomposición, se resisten a poner el punto y final a lo que ha algunos creyeron un cuento de hadas. Huelen a podrido también las portadas de miles de revistas del corazón, las fotografías de la familia perfecta, la apoteosis del yerno ideal, las misas de pascua bendecidas por obispos y los ramos de flores que a la infanta entregaron tantos niños que hoy empiezan a ser adultos.
Se acerca el final del cuento que nuestros abuelos y padres se empeñaron en contarnos una y otra vez. La Corona mesiánica, que parecía haber venido a salvarnos de la permanente minoría de edad que durante tantos años nos hizo súbditos, sale del armario en el que durante décadas estuvo encerrada con la complicidad de serviles cortesanos. Por más que algunos se empeñen en estirar la trama de un relato de palacios y diademas, la farsa no da más de sí y ya difícilmente oculta las sinrazones de una institución que si no demuestra su ejemplaridad de poco nos sirve.
La Monarquía, cuya legitimidad de origen me plantea muchas dudas si recuerdo que el Rey juró las Leyes franquistas y que yo como ya tantos no voté en el 78, ha necesitado durante estos años renovar permanentemente esa frágil legitimidad a través del ejercicio de sus funciones simbólicas y representativas. La sociedad española, tan esclava del Hola y de las opulencias con las que a duras penas disimula sus fracasos cívicos, tuvo en ella un referente que le permitió disfrazar tu tradicional acomplejamiento y con el que hacerse la vana ilusión de que existía un espacio público ajeno a las miserias de la política. Tal vez no haya habido mayor error en estos 30 años de Constitución. Porque en lugar de formar y alentar hábitos democráticos se fomentaron las disciplinadas costumbres de quien es incapaz de cuestionar que el origen del poder esté en la sangre y no en las urnas. Todo ello aderezado por la muy española costumbre de elevar a los altares a quienes, desde su mera apariencia y artificio, parecen compensar nuestras debilidades. Es decir, el paroxismo monárquico ha sido durante años uno de los factores que más ha contribuido a mantenernos en una adolescencia perenne, la cual nos ha impedido madurar como ciudadanos críticos y responsables. El juancarlismo no ha sido sino una anestesia más en estas décadas de ilusiones constitucionales.
Creo además que la crisis que sufre la Monarquía es el reflejo de la que en general afecta a un discurso legitimador del sistema constitucional que hace aguas por todos sitios. El hecho de que sea uno de los padres de la Constitución el que ahora defienda a la infanta es la escenificación más perversa de una época que se resiste a morir pese a estar herida de muerte. Resulta terriblemente paradójico que el patriarca que mantuvo en la Constitución una institución discriminatoria con las mujeres sea ahora el que defienda a la que dice no haberse enterado de lo que hacía su esposo.
En el proceso constituyente las pocas mujeres que había en el Congreso se ausentaron cuando se votó el artículo de la sucesión en el trono. Una fotografía que no ha pasado a los libros de historia y que hoy es más necesario que nunca recordar. Porque un similar gesto de rebelión cívica es el que ahora deberíamos empezar a practicar frente a unos poderes que no deberían tomarnos el pelo ni un día más. También nosotros, ciudadanos no solo indignados sino también responsables, deberíamos abandonar el teatro dejando a los actores representando el final del cuento. Sin aplausos. Al tiempo que invertimos nuestras energías en dejar de ser espectadores y nos convertimos en protagonistas de un nuevo pacto constituyente en el que la Monarquía, al fin, tenga poco o nada que decir.

Comentarios

  1. Desde Madrid tu amiga gemela, republicana y empleada de banca, suscribe tu opinión, tenemos que tener una mayor conciencia colectiva y comenzar a actuar para que este país comience a construir una Democracia real ya. Destruyamos este Circo de vagos y maleantes. Un abrazo

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