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INFIERNO

DIARIO CÓRDOBA, 1-8-2011

Leo el periódico frente al mar de Cádiz y compruebo consternado cómo una fotografía del actor Asier Etxeandía ha sido retirada de la exposición que estos días puede verse en Mérida. En ella, el actor es sorprendido en el camerino, caracterizándose para la representación de la obra Infierno , y tapa su pene con una fotografía del Cristo de Velázquez que le estaba sirviendo como inspiración para el maquillaje de su cuerpo. La polémica ha sido de tal envergadura que ha llevado a Blanca Portillo, la directora del Festival de Teatro Clásico, a abandonar el cargo. Una vez más por lo tanto asistimos al sacrificio de la libertad de expresión en nombre de las posibles injurias a los miembros de una determinada confesión religiosa. Se vuelven a poner límites a la creación artística en nombre de un dios que sirve de pretexto para coartar las libertades y, en consecuencia, que se erige en patrón moral de una sociedad democrática que, por definición, debería ser laica.

Estamos viviendo malos tiempos para la lírica... y para la razón. En estos momentos de crisis, no solo económica sino también política y ética, se cuece un perfecto caldo de cultivo para las lecturas fundamentalistas de todo tipo de credos. Ante un porvenir que ya no necesariamente va de la mano del progreso, es fácil caer en las garras de los dogmas, de las respuestas cerradas, de los sermones que no admiten dudas. Como demócratas paradójicos asumimos un discurso crítico frente a las visiones extremistas de religiones como el Islam, pero somos incapaces de aplicarnos el mismo cuento en el caso de las identidades que son mayoritarias en nuestros países. Y así los que pusieron el grito en el cielo ante la polémica provocada por las caricaturas de Mahoma son incapaces de hacerlo ante la espada censora que ha provocado que finalmente se retire la foto de Asier hecho un Cristo. Y los mismos que acusan a determinados islamistas de participar de una religión incompatible con la democracia ni siquiera se estremecen ante la página web del obispado de Alcalá de Henares en la que se dan consejos para los que padecen el "mal" de la homosexualidad.

Las religiones, y muy especialmente sus lecturas fundamentalistas, siempre han encontrado un magnífico campo abonado en las incertidumbres y en los miedos del ser humano. Cuando fallan las respuestas que la razón prometió ofrecer, es fácil que los oídos se vuelvan hacia los púlpitos buscando como mínimo un cierto consuelo. Por eso en etapas de crisis como la que estamos viviendo es frecuente que surjan liderazgos mesiánicos y opciones reaccionarias que ofrecen paraísos a los que están hartos de sufrir en este valle de lágrimas. Por eso no deberían habernos sorprendido tanto los atentados de Oslo: son la expresión más cruel y contundente del peligrosísimo rearme de un extremismo político alimentado por la incapacidad del sistema para generar confianza en el futuro.

Mientras que contemplo en el periódico la fotografía del actor maquillándose como un ecce homo, a mi alrededor los cuerpos de hombres y mujeres buscan el sol en la playa. Cuerpos que caminan con la envidiable libertad de quien en ese momento no tiene que rendirle cuentas a nada ni a nadie: solo a la vida que parece un milagro en cada ola que se acerca, en la arena pegada en las espaldas, en el sexo que no se ve y en los deseos que habitan bajo los bañadores. Camino casi desnudo por la playa y siento que este instante, esta mañana de verano, este sol de Cádiz, es el paraíso. Y que el infierno son los que insisten en amargarnos la belleza con promesas de resurrecciones. Los que tienen en sus ojos el pecado y los que aún no han entendido que, en una democracia, la moral de un club privado no puede erigirse en la ética de todos.




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