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EL INTERVALO LUMINOSO

Cuaderno de bitácora, Viaje en el Transcantábrico, 13-20 de agosto 2011 (5)


"El intervalo luminoso" es el título de una de las exposiciones temporales que en estos meses puede verse en el Guggenheim de Bilbao. En ella se recoge la obra de más de 30 artistas procedentes de la D. Daskapoulos Collection, una de las colecciones privadas de arte contemporáneo más importantes del mundo.
El título de la exposición proviene de uno de los textos del filósofo griego Nikos Kazantzakis, que concebía la vida como el "espacio luminoso intermedio" en el que la descomposición y la decadencia son requisitos necesarios para la creación y el renacimiento.
John Bock, Palms, 2007. Video e instalación.




La idea del "intervalo luminoso" nos sirve a la perfección para describir, en buena medida, los trayectos del arte en la actualidad. De acuerdo con la concepción de Kazantzakis, el arte contemporáneo parece centrarse en la descomposición, en la decadencia, en el caos, en la crisis en sus más diversas acepciones, para mostrarnos  el desasosiego que invade el alma del hombre y de la mujer en el siglo XXI.  Por ello suele ser un arte "árido", también provocativo, nada complaciente, necesitado de un manual que intente dejarnos claras las intenciones del autor. Nos cuesta entenderlo y, en consecuencia, es difícil que nos toque el alma. Como mucho nos araña, nos inquieta, nos cabrea incluso. 
Tal vez lo más interesante del arte contemporáneo es lo que supone de reflexión sobre nuestra identidad, individual y colectiva. En este sentido, me fascinó la obra de Kutlug Ataman titulada KÜBA (2004), en la que vemos 40 televisores, todos ellos de modelos y épocas distintas, con otras tantas sillas y sillones delante, y en los que 40 hombres y mujeres de las chabolas de Estambul cuentan su historia. Como también lo hizo LECHE CORPORAL, una instalación del griego Alexandros Psychoulis, en la que mediante hilos rosa - una metáfora de la navegación en la red - nos cuenta la historia de una adolescente palestina que murió en un atentado en un supermercado israelí. 
Sin embargo, y junto a obras sorprendentes como las comentadas, creo que bajo el contenedor de "arte contemporáneo" existe también mucha tomadura de pelo. Es cierto que al público nos falta educación, educar los ojos para saber mirar, pero también sobran aprendices sin norte, creadores egocéntricos y vividores. Nunca antes fue más complicado delimitar con criterios "objetivos" lo que es y no es arte. Y, sobre todo, nunca antes se confundieron tan descaradamente sus términos con los del mero espectáculo y con las reglas del mercado.







Es iluminador cómo el Guggenheim ha sido capaz de cambiar más allá de una parte de Bilbao, la ciudad entera, a partir de un concepto - el arte contemporáneo - que ha sido capaz de regenerar una zona muerta a  través de la cultura. Ahora bien, al mismo tiempo, es evidente que experiencias como la bilbaína nos recuerdan que, en demasiadas ocasiones, el arte actual se mueve en las dinámicas de un "parque temático"  y bajo la dictadura de un continente que acaba engullendo al contenido.








La anécdota que nos cuentan en Bilbao según la cual muchos dicen que realmente lo importante es el perro hecho con flores que está al lado del museo - conocido como Papi -, del que el Guggenheim sería su caseta, es la metáfora más evidente y cruel de lo que el mercado - y el show - del arte contemporáneo da de sí.


En fin, seguimos habitando en un laberinto. El mismo que vivía el hombre que miraba asombrado las catedrales góticas. El que nos hace terriblemente pequeños ante la Naturaleza o ante los prodigios - y locuras - que los de nuestra misma especie pueden realizar. Quizás el arte, así, sin apellidos, sin fechas, no sea más que un intento de apresar el tiempo y de dotar de sentido al espacio en el que nos movemos. 



La materia del tiempo, Richard Serra (1994-2005)





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