Llegados a este final de 2021, cuando la pandemia lejos de desaparecer se reinventa y sigue alimentado miedos e incertidumbres, no dejo de preguntarme si efectivamente hemos aprendido alguna de las lecciones que hace ya más de un año el confinamiento puso sobre la mesa de unos Estados sociales reducidos a la mínima expresión y de unos sistemas constitucionales sin el nervio esencial de la ética ciudadana de la responsabilidad. Mi natural optimismo decae ante el avance de los discursos reaccionarios y de los odios alimentados por las redes sociales y las burbujas desde las que cada uno, reconcentrado en su ombligo, es incapaz de tender puentes. De escuchar al otro y a la otra, de conversar, de tejer el tapiz plural sin el que las democracias están condenadas a ser un mero simulacro. En plena euforia navideña, en la que más que nunca ciframos la felicidad en la realización efectiva de nuestros deseos individuales –la tan vindicada libertad "a la madrileña" -, somos ajenos más...
Cuaderno de bitácora de Octavio Salazar Benítez