Mi hijo adolescente , a punto de llegar a esa edad en la que el DNI te dice que eres ciudadano, se toma las uvas de prisa y se pierde en su habitación. Al rato, aparece impecable , con su traje oscuro y su camisa blanca. Me pide que le ajuste bien el nudo de la corbata. Pegado a él, lo siento muy alto, como un globo que va despegándose del hilo y empieza a perderse en la atmósfera. De cerca, las espinillas, la barba protestona y un flequillo nervioso que él ha tardado en colocar en su sitio. Una foto para las abuelas, los sabidos consejos de buena conducta, el olor intenso a la colonia que le regaló su primera novia. Cuando sale de la casa para la fiesta, deja una estela de serpentinas y burbujas. De nervio joven y ganas de probarlo todo. La música que luego bailará empieza a escucharse en sus zapatos brillantes . Cuando cierra la puerta, me quedo unos minutos en silencio. Ni siquiera se escucha el ruido hortera de la tele. Es uno de es...
Cuaderno de bitácora de Octavio Salazar Benítez