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Una chaqueta de cuero negro y un flequillo rebelde. La cara llena de espinillas y una sonrisa burlona que no suele malgastar. Sus sueños sobre dos ruedas y una canción de Pablo López y Juanes en su móvil. Unos pies que no dejan de crecer y unos brazos que buscan mi abrazo. Complicidad al oído de niño que deja de serlo y de hombre que todavía no es. Empieza a llover tímidamente en las calles de Córdoba y juntos seguimos construyendo unas emociones para las que no encontramos nombre.

Ese adolescente de vientos furiosos y alma de verso camina por mis cuadernos con la soltura de quien lleva a mi lado décadas cuando solo lo está desde hace unos meses. Como si con su bicicleta fuera capaz de recorrer las cuestas de mi carácter y, pese al esfuerzo, le mereciera la pena esperarme al final del camino. Juntos, sin que nos haya costado nada, hemos empezado a rodar una película que no tiene título, esa que me imagino muchos no entenderán dada su limitada visión de los afectos.  Y así, mientras que él me explica la historia secreta de Steve Jobs, o las prestaciones del último modelo de coche que ha visto, yo me reconozco en su intensidad, en sus heridas que no quiere ver, en la necesidad no dicha de sentirse querido. 

En este día gris y lluvioso, invierno al fin, ese niño/hombre de ojos claros cumple 15 años, y tengo la sensación de no haberme perdido ni un día de su vida, desde que nació tan delgado al verano en el que con Abel me obligó a sumergirme en el Atlántico. Bajo su apariencia de "rebelde sin causa", tras su verbo de combate, he descubierto que continúa viviendo el mismo niño que adoraba a su abuelo que ya no está, el que guarda como un tesoro el coche que aquél le dejó en herencia, el que no tiene hartura de cereales con chocolate. El que se parece tanto a mí y en el que por tanto me es tan fácil reconocerme. 

En este tu primer cumpleaños que vivimos juntos, solo me atrevo a pedirle a las velas encendidas un deseo. Me gustaría, querido Oscar, que continuara el rodaje de nuestra película, que hagamos una saga interminable y que, por supuesto, un día acudamos al estreno cogidos del brazo tú y yo. Espero ver como a lo largo de los fotogramas sigues creciendo como un hombre de coraje y ternura, lejos de la virilidad estúpida de los que van de machitos, con esa sensibilidad que me consta que tienes bajo las capas con las que, al menos para mí, ya no te escondes. Si pudiera, ya lo sabes, te regalaría un pedazo de Mac, el cochazo más potente o un viaje a Nueva York. De momento, tienes que conformarte con estas palabras y con el abrazo que espero darte en un rato. Ya sabes, el abrazo de este que te quiere aunque no sepamos que nombre darle a este maravilloso vínculo que nos ha unido  sin necesidad de papeles ni de sangre.

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