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EL CHICO QUE BUSCABA OTRO ATARDECER

Un cuento para celebrar el 28J...

El casi nunca miraba de frente. Sus ojos parecían querer esquivar otros ojos, cualquier puñal que pudiera abrirlo en dos y dejar al descubierto sus entrañas. Sentado frente a mí en el despacho de la Facultad, lo recuerdo con torpes palabras, inseguro, tan frágil como las polillas que desesperadas van en busca de la luz. Apenas si asistió a algunas clases de mi asignatura. Me cuesta recordarlo como alumno. Solo tengo presentes sus lágrimas, sus titubeos de crío desorientado,  ese grito que sin darlo estaba saliendo de su pecho. Luego, él olvidó ese año maldito, puso kilómetros de por medio y empezó a reconstruirse. Yo guardé su ficha y su examen durante un tiempo prudencial. Después, el tiempo rompió los papeles y también yo tuve que, sin cambiar de lugar, hacer un largo viaje.

Un día, años después, volví a encontrarlo en la pantalla de mi ordenador. La magia informática, el destino del libro de las caras. Al principio no me di cuenta de que ese chico, ya todo un hombre, que me seguía como a hurtadillas, era el mismo que un día se atrevió a llorar delante mía. Cuando él era poco más que un adolescente y yo apenas un esbozo de lo que finalmente soy. Como las palabras escritas a algunos nos hacen más valientes, fue a través de ellas como lo recuperé despacio, como quien poco a poco va recorriendo las páginas de un libro que desea saborear sin que pase el tiempo.  Recorrió mi blog y se encontró con el cuento de Gael-Manuel. Fue este cuento, imagino, el que le dio la llave para abrir la coraza que con tanta frecuencia me pongo para protegerme de los vendavales. Frágil, enormemente frágil. Tanto como él. 

Desde su ventana al Mediterráneo, en esa ciudad en la que siempre tan libre y ancho me he sentido, él fue dándome pistas de su aventura. De su escapada y de su reencuentro consigo mismo. De lo que consiguió olvidar y de todo lo que ha aprendido en estos años. Ahora sus hombros son más duros, sus espaldas más anchas, aunque sus ojos continúan teniendo ese velo, entre melancólico y tierno, que impide que en ellos veamos rotunda la alegría. Casi a diario, a veces con un simple hola o con un pesar expresado en deseos, fuimos recuperando la conversación que nunca mantuvimos. Reconociéndonos. Mientras que él busca con quién compartir atardeceres en los que no hagan falta palabras y yo dejo de creer en el amor porque empiezo a asumir que todopoderoso es el deseo.

Él espera las últimas notas como todo estudiante en este final de junio. Sueña con la fiesta de este sábado, mientras que huye de los chicos que se visten en Bershka y de los ojos azules que parecen herirlo. No recuerdo su voz porque apenas habló entonces y ahora solo he leído sus emociones. Imagino que será la voz de alguien que consiguió romper las cuerdas que le tenían prisionero y que, no sin esfuerzo, logró hacerse a sí mismo. Asumiendo que también la vulnerabilidad forma parte de nuestra esencia de hombres imperfectos. Orgulloso de que, al fin, cuando se mira en el espejo, se quiere mucho más que antes y empieza a tener claro lo que no quiere para su vida.

Un día le conté que Córdoba había cambiado mucho, al menos en apariencia, en estos años. Que por ejemplo habíamos recuperado la otra orilla del río por la que tanto me gusta pasear. Le dije que desde allí se contemplan unos atardeceres difíciles de convertir en versos.  Un lugar mucho más apetecible que mi despacho de la Facultad para olvidar las lágrimas y sentirnos orgullosos de quienes somos. Me he comprometido con él a mostrarle la ciudad desde ese lado. Donde antes había una frontera y ahora se multiplican los puentes.  Espero ese día reconocer su voz y con ella pegar los trocitos de la ficha que un día eché a la papelera. Una ficha en la que no hará falta poner una fotografía porque al fin nos habremos mirado y nos habremos reconocido.




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