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MIEDO A LAS PALABRAS

Las fronteras indecisas
Diario Córdoba, 9 de junio de 2014

Los acontecimientos políticos vividos en las últimas semanas han provocado, entre otras consecuencias, una más que estimable recuperación de un pulso ciudadano que habíamos perdido hace algún tiempo. Tanto los resultados de las elecciones europeas como el debate generado tras la abdicación del Rey han mostrado una efervescencia cívica que a muchos nos ha reconciliado con las posibilidades de la democracia. Ahora bien, no han dejado de sorprenderme las reacciones que en uno y otro caso se ha producido en el sentido de reducir las potencialidades del debate, por no hablar de las posiciones empeñadas en desprestigiar a los que se han atrevido a desafiar el sistema. Una reacción en la que lamentablemente han sido cómplices políticos, periodistas y esa "casta" formada por los tertulianos que a cualquier hora y en cualquier medio saben de todo y por encima de todos.
En definitiva, y como bien lo explicaba hace unos días el sociólogo Angel Ramírez, es como si los ciudadanos y las ciudadanas hubiéramos recuperado el habla, la capacidad de usar nuestras voces en la plaza pública y la confianza en que las ideas aún pueden ser motor de cambios y transformaciones. Es como si de repente hubiéramos redescubierto el valor de las palabras, de la conversación, del intercambio no solo de pesares sino también de horizontes. Y de esta manera hemos revitalizado una democracia secuestrada por las mayorías omnipotentes y acomodadas en muchos casos sobre los silencios ciudadanos que nos convertían en cómplices. Sin embargo, me han conmocionado las reacciones tan escasamente democráticas de quienes parecen ver en estas voces más una amenaza que una oportunidad. Solo desde el miedo a la democracia es inteligible por ejemplo el rechazo a abrir una reflexión seria y en la que participemos todos sobre un sistema constitucional que hace aguas por varios títulos, y no solo por el relativo a la Monarquía parlamentaria. En este sentido, la reclamación de un referéndum sobre la forma de Estado, tachada por algunos como una traición y por otros como una locura de nostálgicos, no es más que la expresión rotunda de lo que una democracia auténtica debería potenciar con insistencia: la participación de la ciudadanía, la circulación libre de ideas y de proyectos, el diálogo plural y el equilibrio necesario entre la regla de la mayoría y los derechos de las minorías. Sin embargo, y pese a la contundencia de estos principios, todavía hay en este país quienes parecen asustarse porque el pueblo tenga la palabra, o porque podamos cuestionar por supuesto el orden establecido o revisar unos paradigmas que 40 años después de la transición han dejado de tener legitimidad en la España del siglo XXI. Sin tener en cuenta que los regímenes constitucionales que no evolucionan al ritmo de sus gentes están condenados al deterioro, como también lo está la democracia que huye del vigor ético de las palabras que dicen lo que a veces no gusta escuchar.
Creo que sobran en este país individuos cortesanos y líderes reaccionarios, que en definitiva son todos aquellos que se niegan a asumir que la sociedad evoluciona tal vez porque ese reconocimiento implica pérdida para ellos de privilegios. Como también ya debería estar superado el discurso de las circunstancias históricas que alumbraron un régimen constitucional tan imperfecto como el nuestro y que pide a gritos una reforma que afecte a cuestiones tan esenciales como la forma de Estado o la de gobierno. Ahora son más necesarios que nunca los representantes capaces de ponerse a la cabeza de un proceso que reconcilie a las instituciones con el pueblo, que ilusione desde los valores democráticos de igualdad, bienestar y justicia social y que supere los lastres de un pasado que apesta al incienso que entre todos le han echado en estos días. Y eso pasa necesariamente por perder el miedo a las palabras y por recuperar el auténtico valor de la res publica.

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