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LA MAGDALENA PRIVATIZADA

LAS FRONTERAS INDECISAS
Diario Córdoba, 26-6-2014
Hubo un día en que muchos soñamos con una ciudad convertida en el espacio de los encuentros y de los diálogos, en el hábitat donde germinarían sin esfuerzo los paseos y las conversaciones, donde la res publica formaría parte de la razón pero también de la emoción del vecindario.
Pensamos en que la cultura, entendida en su sentido más estricto de cultivo de las potencialidades humanas, podría ser el nervio que articulara todas sus extremidades. Incluso creímos que nuestros representantes habían asumido que el futuro de todos y de todas pasaba por ese horizonte en el que la igualdad es un valor que limita y condiciona la libertad.
Sin embargo ese sueño poco a poco se fue resquebrajando, hasta el punto de que de él poco queda, apenas un evento aislado, un fuego de artificio que se rompe contra el cielo, un discurso fugaz y alguna fotografía en la que nuestros políticos y nuestras políticas enseñan dientes. Siento que apenas queda nada de ese modelo que algunos imaginamos cuando compruebo cómo se desperdician las potencialidades de los talentos que tenemos, o cuando constato como el todopoderoso turismo le gana la batalla al desarrollo sostenible o a la cultura que alimenta más el alma que los bolsillos.
Lo sufro cuando apenas sí puedo pasear por algunos rincones que creí entender que eran también míos, de todos, de los vecinos y de las vecinas de este lugar que tanto sabe de compartir espacios. Los rodeos que me veo obligado a dar en determinadas calles y plazas de Córdoba son la cruel metáfora de como estamos perdiendo el valor de lo colectivo en nombre de los intereses particulares.
Nunca pensé que ese dolor cívico me iba a llegar de tan cerca. Y lo hizo en este mes de junio cuando una mañana, al salir de mi casa, me encontré con que no podía atravesar paseando la que siempre consideré mi plaza. En la que he vivido confidencias, besos y hasta lágrimas. En la que ha jugado mi hijo y en la que he visto a tantas mujeres solas que hablan, a tanto vecino mayor que busca el sol, a tanto niño que se asoma a ver el fondo de la fuente. Esa mañana se me partió el alma en dos cuando no pude pasear por mi plaza de la Magdalena. Cuando fui expulsado del que pensé que era mi lugar, como cuando los coches voraces me ganan la partida. Porque esa mañana fue mi plaza la que sentí invadida por mesas y sillas metálicas, por sombrillas de chiringuito, por la alucinación que supone entender que sin consumo no es posible el encuentro. Al igual que sin descanso ha ido pasando por muchos rincones y plazas de Córdoba, sentí que me habían arrebatado una parte de mi casa. Porque la Magdalena ha sido para mí, y para muchos vecinos y vecinas, como ese gran patio siempre abierto. Vigilado por las piedras de una iglesia feliz y laicamente recuperada, como un pequeño oasis entre lo que casi siempre acaba siendo algo más parecido a un circuito automovilístico que a un sereno lugar en el que escapar del ruido.
Me gustaría pensar que otros muchos vecinos y otras muchas vecinas sienten eso mismo que en estos días a mí me ha hecho rebelarme frente a lo que entiendo que es una privatización del espacio público, un robo de nuestras posibilidades de convivencia, por no hablar del atentado ético y estético que supone insertar en un conjunto patrimonial un monstruo metálico. Algo que no debería encontrar justificación ni en el beneficio económico ni en el socorrido discurso de la creación de puestos de trabajo. Precarios contratos que alimentan la sordidez de esta ciudad frágil y sin rumbo. La Córdoba de camareros y tapas.
La que olvida la historia, engorda el presente con salmorejo y apenas mira el futuro. La que consiente dormida que le roben un espacio público como la plaza de la Magdalena.

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