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DE PELOS, DIFERENCIAS Y HOMOFOBIA

Junior tiene el pelo rizado y le gustaría tenerlo lacio, como un cantante de moda, y hacerse así la foto para el colegio. Junior vive una especie de colmena en la Caracas de Chavez con una madre que huye de tocarlo, de entenderlo, de ayudarle a ser él mismo. Una mujer sola que ha de luchar por sacar adelante a sus hijos en un mundo de hombres y que no tolera que el mayor sea diferente. Incluso lo lleva al médico para preguntarle qué puede hacer, qué error ha cometido, pensando incluso que el fallo ha estado en que no lo ha acariciado tanto como al hijo menor. Por no hablar de la ausencia del padre, del referente masculino, del macho al que imitar.

Junior no juega con los otros chicos del barrio. El pasa su tiempo con una amiga que quiere ser una princesa y que vive pendiente de su cuerpo siguiendo el modelo de las mises venezolanas. Las mujeres cosificadas y sexualizadas: puro cuerpo al servicio del varón y del mercado. Junior prueba a ponerse de todo en la cabeza para lograr que su pelo se aplaque: aceite, mahonesa,... Su abuela Carmen, que sí parece dispuesta a aceptarlo como él, se lo peina con secador y le hace un traje de cantante del que Junior sale huyendo. Homofobia interiorizada.  La abuela que le anima a cantar y a bailar. Mi limón, mi limomero, entero me gusta más. La que le hace un traje parecido al que luce Henry Stephen en este video de los 60: https://www.youtube.com/watch?v=-Nnh6gIRHy4

Junior mira a un adolescente que juega al baloncesto. Lo mira con deseo. Lo observa, le gusta sentarse a su lado, se siente el más feliz de la tierra cuando le deja su chandal con capucha. Junior lo mira a escondidas y empieza a sufrir el deseo que los demás no ven con buenos ojos. Miradas a escondidas, ganas de piel, admiración de perfil masculino. Junior sufre el rechazo de su madre. La madre que se siente incluso culpable por ver como su hijo no responde al patrón del varón heteronormativo, al machito de barrio, al que no deja de darle patadas a una pelota. Junior, por el contrario, cuida de su hermano pequeño, lo viste, le da el biberón. Es tierno y cuidador. Y no deja de tener canciones en sus labios.

Mariana Rondón nos cuenta la historia de Junior con delicadeza y ternura, con una mirada incisiva pero sin estridencias, dejando que la amargura brote sin necesidad de aspavientos. Lo hace además situándola en un espacio y en un tiempo tan complejo como el de la Venezuela actual, en una ciudad despiadada y donde cada individuo es apenas un insecto en la colmena. Donde las barreras de género continúan siendo fronteras intransitables. PELO MALO, que es una película pequeña pero grande por lo que cuenta,  nos acerca a como se va dibujando la identidad de un chico cuya afectividad y sexualidad no responde a los patrones mayoritarios y que crece en un contexto, incluida el de su hogar, homófobo. PELO MALO, que ganó para sorpresa de muchos el pasado Festival de San Sebastián,  está hecha de pequeños detalles, de miradas, de mínimas anécdotas que sin embargo son grandes en la construcción de la identidad de un chaval de 9 años. La historia de Junior es la historia de como la diferencia cuesta y como, por tanto, la igualdad es solo un reclamo formal, un horizonte, un deseo que anticipamos. Nada más. El pelo que es considerado "malo" porque no responde a la mayoritario, a las reglas del vencedor, a lo que marca la moda del hombre que reina. El reto debería ser que nunca, en ningún caso, Junior tuviera que renunciar a su pelo y se insertara como uno más, asimilado, en la manada. Callada su boca mientras los demás cantan un son religioso. Tan lejano del limón, limonero con el que su abuela Carmen quiso abrirle las ventanas.

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