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CONSERVAR LA DIGNIDAD


DIARIO CÓRDOBA, 4-7-2011 

Cuando el martes escuchamos San Sebastián de boca de la pareja de baile de Blanca Ciudad, a muchos se nos debió quedar cara de idiotas. Desde el primer momento temimos al proyecto de Odón Elorza porque, más que bueno, era efectista. No podemos olvidar que en septiembre fue defendido en Madrid, entre otros, por una víctima del terrorismo. Desde entonces nos pareció peligroso para nuestras aspiraciones que se jugara tan descaradamente con un problema político que no se resuelve mediante la cultura sino simplemente abandonando las armas.

Nuestros temores se diluyeron tras el 22-M porque, ilusos, pensamos que ni el Gobierno español ni la Unión Europea iban a respaldar un proyecto liderado ahora por quienes aún no han renegado de la cultura de la violencia y además cuestionan su lugar en el Estado español. Una situación tan kafkiana como si por ejemplo un ayuntamiento francés, liderado por el partido de Le Pen, tuviera que poner en marcha un proyecto basado en la protección de los derechos de las minorías. De ahí que nuestra indignación no tenga que ver tanto con los méritos de la ciudad ganadora, sino más bien, como señaló el director de este periódico, con sus circunstancias.

Lo más sorprendente en todo este debate es la insistencia de nuestros representantes socialistas locales en hacernos ver que la decisión fue escrupulosamente técnica. Al margen que la independencia de un comité nombrado por un cargo político es casi una contradicción en sí misma, es de inocentes pensar que una decisión de tal calado ha estado al margen de un balanceo de intereses en el que al final hemos perdido los más débiles. Lo que nadie podrá negar es que, como mínimo, ha habido una actuación política "por omisión": la de un gobierno que con la ayuda inestimable de la guionista de "Mentiras y gordas" ha dejado que un ayuntamiento que niega al Estado reciba un regalo que dará alas a los nacionalistas, pero sobre todo la de unos representantes, andaluces y estatales, que no han estado a la altura de nuestra tierra y que han vuelto a demostrarnos lo poco que pintamos en un sistema político maniatado por las presiones vascas y catalanas.

Unos gobernantes socialistas, supuestamente progresistas y preocupados por la justicia social, deberían haber apoyado a muerte un proyecto como el de Córdoba, o como el de otra ciudad con características similares, simplemente por dos razones. En primer lugar, por la energía ciudadana que lo sustentaba. En segundo, por la necesidad que Córdoba, y Andalucía entera, tiene de un impulso que contribuya a que dejemos de ser la hermana pobre que contempla cómo el Norte sigue asistiendo a las fiestas porque siempre hay una varita mágica que transforma sus zuecos en zapatos de cristal. Este es el verdadero drama que aumenta nuestra melancolía.

Nuestro proyecto tenía defectos y carencias, pero también tenía muchas cosas buenas. La principal, que suponía una apuesta por la transformación de la ciudad, un plan estratégico para acercarnos a la Córdoba que soñamos y un compromiso radicalmente político por una Europa basada en la interculturalidad y atenta a las complicidades con el otro lado del Mediterráneo. Tal vez su mayor defecto haya sido su exceso de hondura, sus pretensiones utópicas y su radical apuesta política que ha carecido de líderes que se batieran el cobre por ella.

Nuestro proyecto, del que espero que sepamos mantener su espíritu y buena parte de los programas previstos, incluye la celebración en Córdoba de un encuentro de feministas islámicas. Lo habíamos titulado como el clásico de Fatima Mernissi: "Sueños en el umbral". A él he vuelto en estos días y he recordado que "para quienes carecen de poder, lo importante es tener un sueño- Es cierto que si no posees el poder, un simple sueño no transforma el mundo ni hace desaparecer los muros, pero te ayuda a conservar la dignidad".

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