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CERNUDA: De arcángeles y soledades


Huraño, silencioso, incisivo, doliente, sensual y sexual. Todos estos adjetivos pueden añadirse a un poeta que no sólo vivió el exilio que nos relata la segunda parte de la biografía escrita por Antonio Rivero, sino que también sufrió un "exilio interior". El de un alma que permanentemente estuvo en guerra consigo misma y con el mundo que la rodeaba.

Como escribió Guillermo Cabrera Infante, "el más triste de todos los poetas exiliados", "un hombre calmo y desesperado: una especie de suicida tan correcto que no se pegaba un tiro por temor a herir a sus amigos".

El caballero inglés de rostro cetrino, fascinado por México y abrumado por Estados Unidos,  amante del western y de las playas, arrastró toda su vida una especie de melancolía, de tragedia interior, de lucha elegante, no armada, contra sí mismo. Porque aunque en muchas ocasiones reaccionaba frente al exterior, y muy especialmente frente a los que no toleraba, en el fondo las espadas se las clavaba él mismo. Y así pasó toda la vida, huyendo de la punta afilada con la que él mismo se amenazaba. Por ello no es de extrañar que escribiera los versos más angustiosamente bellos...

Me reconozco en esa insatisfacción permanente, en las ansias de perfección, en las huidas del mundo y del ruido. Comprendo que ante determinadas visitas se encerrara en su cuarto y no saliera hasta que el visitante incómodo desaparecía. Entiendo su necesidad de sol, sus trajes perfectamente planchados y su pasión por Shakespeare y T.S. Eliot.  Y asumo su visión doliente de España, su decepción de uno y otro bando, su militancia honda y sin aspavientos. ("¿Qué saben de ellas quienes la gobiernan?/ ¿quiénes obtienen de ella/ fácil vivir con un social renombre?)

"Vida. Esteticismo ascético, Ascetismo estético", escribe en uno de sus cuadernos.

Y, sobre todo, entiendo y me reconozco en su visión del amor. Amor que es deseo. Traspaso. El que vive en "Poemas para un cuerpo". El sentido por Serafín y años más tarde, de manera distinta aunque igualmente penetrante, por Salvador. Hombres que son arcángeles para el poeta herido.

"Entonces te doy gracias y te digo:
Para esto vine al mundo y a esperarte;
Para vivir por ti, como tú vives
Por mí, aunque no lo sepas,
Por este amor tan hondo que te tengo"

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