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EL EMPODERAMIENTO DE KATHERINE

A propósito de Los archivos del Pentágono


A estas alturas no creo que nadie pueda dudar de la maestría de Spielberg detrás de la cámara. Nos podrán gustar más o menos sus películas, podremos discutir si en ocasiones es demasiado complaciente con el espectador, pero no cabe duda de que es un mago contando historias y que se ha convertido en un clásico que continúa sorprendiéndonos con buen cine. Su última película, titulada en nuestro país Los archivos del Pentágono, es otra magnífica muestra de lo bien que sabe el director de ET contar historias que son complejas, de manera que quien las ve se siente interpelado y no puede evitar sentir empatía por los personajes. Y todo ello sin olvidar una máxima que otros muchos directores olvidan con frecuencia y que no es otra que el sentido del espectáculo con el que sabe inundar la pantalla. 
Se ha hablado mucho estos días de la oportunidad de estrenar esta película justo ahora, cuando se cumple un año del mandato de Donald Trump porque, en definitiva, The Post, que es su título original, nos está hablando de algo que ocurrió en los 70 pero también de algo intemporal. Porque lo que Spielberg viene de nuevo a reivindicar, en la estela de tantos grandes títulos del cine norteamericano, es el papel esencial de la libertad de prensa en una sociedad democrática. O, lo que es lo mismo, el papel que los medios tienen como dique del poder y, por lo tanto, como instrumento al servicio no de los gobernantes sino de los gobernados. Siguiendo las pautas de grandes películas como Todos los hombres del presidente o la más reciente Spotlight, Los archivos del Pentágono nos sitúa en la piel de aquellas y de aquellos que en 1971 plantaron cara a la Casa Blanca al difundir los documentos del Pentágono que descubrieron todos los secretos y mentiras que durante décadas habían rodeado la Guerra de Vietnam. Sin embargo, y junto a esa lectura que es la que sin duda nos impacta de manera rotunda al ver esta película que Spielberg incluso rodó apresuradamente para que pudiera estrenarse justo ahora, a mí me ha interesado otra perspectiva de la historia.
A diferencia de las que han sido los grandes éxitos del creador de Indiana Jones, salvo la excepcional El color púrpura, en esta película el protagonismo corresponde a una mujer, y no una mujer cualquiera. Katherine Graham, la primera mujer que presidió The Washington Post, cobra vida gracias al talento inconmensurable de una Meryl Streep que una vez más nos demuestra que no solo “parece” sus personajes sino que se “convierte” en ellos (y eso que el desastroso doblaje que tenemos que soportar en nuestros cines impide que captemos todo su despliegue interpretativo). Uno de los recorridos más sugerentes de la película es justo el que nos muestra el progresivo proceso de empoderamiento de una mujer a la que le toca lidiar en un mundo radicalmente masculino. Basta un par de escenas para que comprobemos como ella es una rara avis en unos espacios monopolizados por los patriarcas, como aquella en la que se reúne a desayunar con el director del periódico (Tom Hanks) rodeada de hombres con trajes oscuros, o en la que la vemos desenvolverse casi temerosa y frágil en el Consejo del periódico donde los hombres omnipotentes no le reconocen autoridad. En este sentido, es magnífica la escena en la que vemos cómo Kay intenta iniciar un discurso que le ha costado tiempo preparar y no es capaz de alzar la voz ante un grupo de hombres que parecen no verla. Es Katherine luchando contra el mandato del silencio que impone el patriarcado. Unos hombres que, como bien nos cuenta otro momento de la película, hablan entre ellos de política y “asuntos importantes” después de una cena de matrimonios amigos, mientras que ellas se retiran a otro salón para hablar de moda y cotilleos. Entre esos dos mundos vemos a una titubeante Kay que, como confiesa en una de las escenas más reveladoras de la película, nunca fue preparada para tener poder y responsabilidades. Llegó a ellas por la muerte de su marido, al que su padre había encomendado el timón el periódico, siguiendo así los mandamientos de eso que Celia Amorós denomina “pactos juramentados entre varones”. Sin embargo, las circunstancias hicieron que fuera ella la que tuviera que tomar las riendas, tener voz propia y hacerse al fin visible.
Por todo ello, cuando tiene que tomar la decisión que puede ser crucial para el futuro del periódico, asistimos justamente a ese momento en el que el personaje de Kay toma conciencia de que debe ser ella misma, porque solo así podrá evitar ser una marioneta el resto de su vida. Se ve obligada entonces a mantener un prodigioso equilibrio entre lealtades personales y rectitud profesional para ganarse la autoridad de aquellos que siempre la vieron como la hija de, la señora de o la viuda que apenas rechistaSolo una actriz con el poderío de la Streep podría lograr que esa tesitura sea creíble y que como espectadores comprendamos a la perfección el salto cualitativo que para Katherine Graham supondrá asumir al fin una voz propia y, en consecuencia, empezar a ser reconocida como una equivalente. La gran batalla que las mujeres llevan siglos lidiando y que todavía hoy, en pleno siglo XXI, dista de haber llegado a un pacífico final. Porque no olvidemos que el gobierno de los padres continúa resistiéndose a que existan mujeres como Katherine. Incluso en países donde se hace bandera de la democracia y las libertades, y en los que todavía ellas deben subir escaleras más empinadas que las que debemos escalar quienes desde pequeños somos conscientes de haber nacido en la parte privilegiada del contrato.

Publicado en PÚBLICO, 21 de enero de 2018:
http://blogs.publico.es/otrasmiradas/12381/el-empoderamiento-de-katherine/

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