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EL PRIMER CAFÉ

"El cuidado puede considerarse uno de los componentes principales del amor, mientras que el éxtasis erótico es el otro"
Anna G. Jonásdóttir, El poder del amor: ¿Le importa el sexo a la democracia?

No recuerdo de qué hablamos aquel día en la radio. Me imagino que de las elecciones andaluzas que se avecinaban.  Aquel día se me hizo larguísima la tertulia. Estaba deseando salir a a calle. Hacía frío pero empezaba a salir el sol. Lo vi llegar en un coche que era justo igual al que había tenido en lo que ya empezaba a considerar un capítulo cerrado de mi vida. Aunque hasta ese momento solo lo había visto en alguna fotografía a través del móvil, no me resultaron extraños ni su cara ni su cuerpo. Me lo imaginaba, eso sí, mucho más grande de lo que realmente lo vi aquella mañana. Ambos estábamos nerviosos, pero tal vez él mucho más que yo. Quizás yo ya me había instalado en una cierta desconfianza, muy pesimista, que me permitía mantenerme a salvo. A él por el contrario se le notaba como un adolescente en una de sus primeras salidas, aunque nada de lo que dijo o hizo me sonó a afectado o  forzado. Al contrario, desde el momento en que me subí en el coche y nos saludamos se mostró como luego siempre se ha mostrado. Sin máscaras. Eso fue, sin duda, lo que más me gustó de él. Después de meses, años casi, aguantando tanto disfraz masculino él apareció como si huyera del carnaval. Sin necesidad de aparentar ni de seducirme sin argumentos. Esa fue la desnudez que más me sedujo de él.

Tardamos mucho en tomarnos el café, nuestro primer café juntos. Aunque habíamos hablado ya varios días por whatsapp y por teléfono, y conocíamos más o menos nuestras circusntancias, los dos necesitábamos escucharnos, sentirnos cerca y, supongo, que ambos necesitamos creer que lo que nos había parecido una ilusión virtual fuese real. Recuerdo que más que de nosotros mismos hablamos de nuestros hijos. Dos padres cuarentones a los que se nos caía la baba contando momentos de los días en que gracias a ellos habíamos aprendido tanto de las emociones. Aunque yo en un contexto así tiendo hablar como un loco, con lo cual intento de alguna manera disimular mis miedos y torpezas, en esa ocasión me dejé llevar más por lo que él me iba narrando. No solo lo que tenía que ver con su hijo, también lo que me explicó de su matrimonio, de su amor colombiano, de los años de soledad. En seguida me di cuenta que mientras que yo era como un gato, arisco pero al que tanto gusta que lo acaricien, él más bien me parecía un perro grande, amoroso, cuidador. Una criatura que sabía mucho, muchísimo, de lo que yo apenas sabía.

Paseamos luego por una ciudad que parecía querer escapar ya del invierno y acoger la primavera, ese tiempo en el que las calles enloquecen y la luz se vuelve un estanque. Empezamos manteniendo una cierta distancia pero luego cada vez nos fuimos acercando más. Recorrimos las calles por las que yo tanto había paseado solo, escuchando mi música, aislado de todo y de todos. Aquella mañana no miré los escaparates, ni los balcones, ni la gente que pasaba a nuestro lado. Íbamos caminando sin saber muy bien hacia dónde. Necesitábamos tiempo para contarnos todo lo que nos queríamos contar. Como si en una mañana fuera posible resumir más de cuarenta años de vida. Deberíamos haber dejado que las gitanas que suele haber alrededor de la Mezquita nos leyeran la mano. Seguramente nos habrían prometido amor eterno y no las habríamos creído. En aquel mes de febrero, y cuando ya el sol empezaba a hacer más cálido el invierno, no queríamos, o al menos yo no quería, agarrarme a un clavo ardiendo. Me daba miedo, mucho miedo, ilusionarme. Mis experiencias anteriores me habían fabricado alrededor una muralla bien fuerte y alta, inexpugnable. Bueno, eso es lo que yo creía. Ahora sé que él, astutamente, encontró rápidamente el pasadizo secreto que le permitió entrar donde yo no solía dejar que entrara nadie.

Junto al río, ya era media mañana, sentí que la distancia que procuraba poner se había esfumado y que ya caminábamos como una pareja que está disfrutando de un viaje romántico a la ciudad que había soñado en fotos. Su mirada verde de niño juguetón y tierno me fue convenciendo de que valdría la pena bajar las defensas y dejar de hacerme el héroe. Ese que los demás ven en mí y que tan poco se parece al que por dentro bulle y sufre. Cuando su brazo me agarró y así evitó que un coche me arrollara por la calle Feria, así estaba yo de desubicado mirándolo, entendí que nunca me había dejado cuidar. Porque siempre, o casi siempre, había considerado que ser independiente era igual que no necesitar a nadie. Por eso, supongo, en los meses anteriores, había caído en una locura de deseos que me daba placer pero que me iba haciendo cada vez más egoísta. A punto estuve de ser atropellado por la furia y el desconsuelo.

Nunca olvidaré su chaqueta de piel marrón, como tampoco él mis vaqueros. No sabría decir quien de los dos era Jack Twist y quién Ennis del Mar. Tal vez yo siempre me consideré más el segundo, aunque algo me dijo aquella mañana que con ese Jack, mi Jack de la sexta planta de El Corte Inglés, nunca iba a sufrir. Cuando me acercó a la Facultad, dudamos durante unos segundos como despedirnos. Me quedé paralizado aunque lo que me apetecía era besarlo. Fue él entonces él que acercó sus labios a los míos. No necesitamos decir nada más. Desde entonces, mi boca no ha olvidado el sabor de aquel primer café. Y el aroma perdido a tabaco que intuí en sus labios aunque él me había dicho que no fumaba. Al día siguiente ninguno quiso desayunar sin el otro. Café, besos y tabaco. El despertar. Los dos como magos que son capaces de convertir una tostada en la isla de la que nunca querrían ser salvados. Dos robinsones empapados en aceite virgen y con la piel tan dulce como un bizcocho de zanahoria. El perro y el gato, Ennis y Jack, él y yo.

12 de febrero de 2015

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