He de confesar que ni Tom Hanks ni tan siquiera Steven Spielberg son santos de mi devoción cinematográfica, por más que reconozca la capacidad del primero para que el espectador conecte con él y la del segundo para rodar con la maestría de un clásico. Por eso no esperaba excesivas alegrías de su última película juntos. Sin embargo, El puente de los espías me ha sorprendido gratamente, y más allá de los toques tramposos tan habituales en el director de ET o de la visión un tanto maniquea del contexto histórico, por toda la lección que encierra, sobre todo en su primera mitad, sobre lo que podemos considerar derechos fundamentales en un Estado constitucional. El compromiso de Donovan, el abogado que interpreta Hanks, con la comprensión de los derechos de defensa como universales y sustanciales a la dignidad humana, y por lo tanto también aplicables al espía soviético que le toca defender, constituye un ejemplo tremendamente pedagógico de cuál es el mayor tesoro de un Estado de Derecho...
Cuaderno de bitácora de Octavio Salazar Benítez