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LA CIVILIZACIÓN DEL ESPECTÁCULO

El último libro de Vargas Llosa es una recopilación de textos y nuevos ensayos que tienen, como toda obra de un intelectual,  la capacidad de provocar y de plantearnos muchas preguntas. De hecho, sus tesis han provocado una encendida polémica en las páginas de El País, con manifestaciones a favor y en contra, entre ellas las de un Jorge Volpi que ha rebatido buena parte de sus tesis.

Lo que está fuera de toda duda, y como es habitual en él, con independencia de que uno esté más o menos de acuerdo con sus planteamientos, es que Vargas Llosa pone el dedo en algunas de la llagas del mundo actual. Y muy especialmente en aquellas que tienen que ver con la cultura. Su idea central es que su progresiva "democratización" ha provocado una irreversible banalización, de manera que lo que impera en la actualidad es la cultura del espectáculo, del goce inmediato, del entretenimiento por encima de la reflexión o de otros placeres intelectuales.  Critica Vargas Llosa la desaparición de referentes que, sostiene, siempre han sido fundamentales como faros para el pensamiento y la cultura. Y no es excesivamente complaciente con las nuevas tecnologías que, según él, están facilitando el acceso a la información, pero no necesariamente produciendo más formación ni más cultura. Faltan jerarquías y sobran datos.  Y falta también el tiempo reposado, fértil, que según Vargas Llosa tiene más posibilidades de germinar a través de las páginas de un libro. 

Aunque puede resultar criticable la visión ciertamente "elitista" de la cultura que plantea el peruano, no es menos cierto que sus argumentos apuntan  muchos males de nuestro tiempo. Por ejemplo, el silencio de los intelectuales, si es que hoy los hay de manera comparable a otros momentos históricos. Hoy mismo la periodista Soledad Gallego Díaz se lamentaba en El País del silencio de los pensadores ante el momento crítico que está viviendo Europa. Por otra parte, también son evidentes muchos de los riesgos que conllevan las nuevas tecnologías y los excesos a que pueden conducir. Ahora bien, yo creo que Vargas Llosa olvida poner el acento en una cuestión esencial relacionada con la cultura y con la, podríamos llamar, "altura ética e intelectual" de una sociedad. Frente a ese modelo elitista que él parece defender, y muy en consonancia con su liberalismo político, existe una alternativa más igualitaria y solidaria que, sin embargo, la izquierda ha sido incapaz de convertir en oportunidad en estos tiempos de cambios de paradigma. Ahora más que nunca, ante la confusión reinante, ante las múltiples herramientas que se nos ofrecen, ante el pluralismo a veces caótico pero siempre enriquecedor, es necesario tomarse en serio la educación. La educación en un sentido amplio, en el sentido cultural y cívico, considerada como herramienta imprescindible para la forja de la ciudadanía. El derecho político por excelencia de una democracia que crea en las iguales oportunidades de todos los hombres y  todas las mujeres.  Es decir, las jerarquías necesarias para discriminar en este mundo complejo deben venir no tanto de una elite que nos dirija cultural y éticamente, sino de la expansión de los útiles de la lucidez y el análisis crítico en los que deberían ser educada la ciudadanía. Eso, al mismo tiempo, serviría para poner cierto freno a los desmanes de un mundo tecnológico, el cual sólo puede ser reconducido a la cordura a través de la capacidad ordenadora de la razón. Es decir, frente a "la civilización del espectáculo" lo que hacen falta son más luces. Más ilustración pero con más igualdad.

Una reivindicación que, por otra parte, sí que encaja a la perfección con la que del laicismo hace Vargas Llosa en este volumen: un Estado democrático sólo puede ser laico, porque sólo así es posible conciliar libertad de conciencia, igualdad y pluralismo. Toda una lección que un liberal en este caso da a muchos demócratas, y socialistas, a los que aún cuesta dar a dios lo que es dios y César lo que es del César. Esas páginas, junto a las que dedica a censurar con brutal ironía y brillante aguijón la mucha tontería que rodea el "arte contemporáneo", son sin duda lo mejor de un libro que tiene, eso es indudable, la virtud de ponernos un espejo delante. Tengamos, pues, la valentía de mirarnos en él.




Comentarios

  1. No he seguido demasiado al escritor peruano-español, pero me parece que a nivel ideológico y en otros aspectos, este hombre ha perdido bastante el rumbo. Y su apoyo a la ínclita "Desesperanza Aguirre" y a la caverna reaccionaria de éste país en la inauguración del "Espacio Arte y Cultura de Las Ventas" de Madrid es deplorable, defendiendo el tema de los Toros con argumentos como que "el toro es un animal privilegiado es tratado con inmenso amor aunque lo ignoren muchos animalistas"... penoso. La foto en el acto con Wert, Aguirre y Botella acaba de joderlo todo.... Como dices en el artículo, hay que tomarse en serio la educación, incluso los que se dicen "intelectuales"...... y un escritor Premio Nobel que defiende estos temas o la política social del gobierno del Estado Español es deplorable y no me merece ningún respeto....

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  2. Muy de acuerdo contigo Xavier. Pero si uno lee sus argumentos, procurando aislarse de todos esos condicionantes que tú señalas, lo cual es difícil, el libro está cargado de miradas incisivas sobre nuestra realidad. Discutibles, provocadoras a veces, pero que con la potencialidad de abrir debates necesarios. Mañana por cierto lo entrevistará Julia Otero en su programa de la 1.

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