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DIARIO CÓRDOBA, 18-6-2012
Debo comenzar estas líneas admitiendo que, durante mucho tiempo, yo mismo dudé de la oportunidad de que la colección de Pilar Citoler recalara en Córdoba. Entre otras cosas porque carecía de argumentos objetivos que me certificaran por una parte su valor y, por otra, los beneficios que podría reportarnos. Incluso cuestioné en el ámbito de lo que entonces eran mis responsabilidades de gestión que la Universidad dedicara tanto tiempo, energías y recursos a una apuesta, como mínimo, controvertida. Eso sí, no dejaron de asombrarme las muchas voces relacionadas con el mundo del arte que, de manera inmediata, reaccionaron incluso de manera furibunda frente a una posibilidad que exigía reflexión y, por supuesto, negociación.
Fue sorprendente comprobar cómo artistas, comisarios y gestores expresaban pareceres diametralmente opuestos y, en muchas ocasiones, lastrados por un cierto egocentrismo o por esos intereses inconfensables que a veces nos hacen esclavos del amo que nos da de comer. El caso es que como suele ser demasiado habitual en esta ciudad, más que sumar esfuerzos a favor de proyectos comunes, nos dedicamos a alimentar batallas improductivas y a generar una ceremonia de la confusión.
No seré yo quien se atreva a hacer un juicio artístico de la colección Citoler. No tengo ni los conocimientos ni la osadía de la que hacen gala otros. Sí que conozco la tasación económica que ha hecho una casa dedicada a tales menesteres, así como la valoración realizada por la crítica María Corral. Dos documentos que deberían ser de lectura obligatoria para iniciar un debate que, en todo caso, me temo que estará siempre condicionado por ese "gran guiñol" en que con tanta frecuencia acaba convertido el mundillo que rodea al arte contemporáneo. Porque, y lamento darle en parte la razón a Vargas Llosa, "la desaparición de mínimos consensos sobre los valores estéticos hace que en este ámbito la confusión reine y reinará por mucho tiempo, pues ya no es posible discernir con cierta objetividad qué es tener talento o carecer de él, qué es bello y qué es feo, qué obra representa algo nuevo y durable y cuál no es más que un fuego fatuo. Esa confusión ha convertido el mundo de las artes plásticas en un carnaval donde genuinos creadores y vivillos y embusteros andan revueltos y a menudo resulta difícil diferenciarlos".
Pero yendo más allá de ese debate, lo más lamentable de todo este proceso es contemplar como una vez más esta ciudad está perdiendo una oportunidad. De nuevo nos hemos vuelto a enfrascar en la polémica de los edificios, en la "guerra de guerrillas", guiados por la mirada cortoplacista de nuestros representantes. Muchos de ellos jaleados por quienes siguen viendo la colección más como una amenaza que como una oportunidad para todos. Una situación que contrasta con la de ciudades como Málaga, donde proyectos tan discutibles como el museo Picasso han conciliado intereses y han generado una "marca" que contemplamos con envidia.
Más allá de la controvertida ubicación en el C4, ese monstruo que acabará devorando a quienes carecen de recursos y proyecto para dotarlo de contenido, el asunto Citoler vuelve a mostrarnos la cara más amarga de una ciudad cuyos gobernantes solo de boquilla apuestan por la cultura, mientras siguen abducidos por el maná del turismo y el "pan para hoy y hambre para mañana" de los eventos.
Llegados a este punto, solo espero que, a diferencia de lo que ha ocurrido con la Fundación Córdoba Ciudad Cultural, tengan la valentía de decir expresamente y con micrófonos que no les interesa la colección. Si no es así, deberían ponerse a negociar y no dejar escapar un proyecto que, bien gestionado, puede dar contenido a políticas sostenibles. De lo contrario, seguiremos viendo pasar el tiempo con la melancolía imposible del que está más cerca del cero, que es la nada, que del XX, ese siglo que aún parece que no nos hemos atrevido a digerir.

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