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EL HIJO DE ORLANDO

A Fernando y Oscar...

“Sólo son buenos padres los que saben jugar con su bisexualidad”. Elizabeth Badinter

Hace mucho frío en el febrero cordobés. Las noches hielan y son largas. Aunque está cansado de su largo día de colegio, del partido de fútbol que esta vez han perdido, de toda una semana de exámenes y de furia preadolescente, antes de dormir tenemos un tiempo para reencontrarnos como empezamos a hacerlo cuando él ni siquiera sabía leer.
A pesar de que sus piernas cada vez son más largas y de que descubro un ligero vello rubio por encima de su labio, hay momentos en que pareciera que el tiempo no ha pasado y que seguimos estando en aquel instante en el que ambos empezamos a descubrirnos. En mi caso, descubrirlo a él ha supuesto redescubrirme a mí mismo. Esta noche de invierno le he recomendado que lea el principio de La muerte de Virginia, el libro en el que se recoge la última parte de las memorias de Leonard Woolf. Como hace poco han estado estudiando en el colegio la segunda guerra mundial, le he pasado el libro para que compruebe como Leonard describe a la perfección la amenaza de Hitler, los bombardeos de Londres, la barbarie que siempre supone una guerra.  De ahí hemos dado el salto al libro de mitología que él está leyendo, a la entrega de los Goya de mañana, a los preparativos de su viaje a París, a las risas de los amigos con los que lógicamente ya comparte más cosas que conmigo.  Mientras que yo seguía descubriendo como Leonard narra los últimos meses de la vida de la Woolf, él ha caído rendido.  Es entonces cuando yo aprovecho para mirarlo, regocijándome una vez más en ese hombrecito que ha sido sin duda lo mejor que hicimos su madre y yo,  dándole vueltas siempre a lo mucho que he aprendido con él y gracias a él, y a lo mucho que me queda por aprender en la compleja aventura de mi paternidad.
La aventura empezó hace casi 14 años, con más miedos que certezas. Y sobre todo, recuerdo, con una terrible desazón por no poder sentir en mi propio cuerpo lo que su madre sí que sentía cuando Abel aún no tenía ese nombre. Todavía recuerdo la cara de furia de la matrona cuando le dije que hasta que no viéramos su cara no decidiríamos qué nombre ponerle. Elegimos un nombre corto, intenso, de raíces y de atleta. Casi una declaración de intenciones no tanto por él sino por lo que nos iba a exigir cuidarlo y educarlo. Mentiría si dijese que uno de mis horizontes vitales había sido con claridad el de ser padre. No formó nunca parte de ese ideal de biografía que uno, con frecuencia inútilmente, se plantea cuando juega a diseñar el futuro que le gustaría habitar. Llegó, como otras tantas cosas en mi vida, más por el empuje de quien entonces era mi compañera  que por mi propio convencimiento.  Mi alto nivel de responsabilidad, esa losa que siempre me ha mantenido alerta como hombre que debe responder con pulcritud a lo que se espera de él, hizo en todo caso que inmediatamente asumiera esa tarea como una más en la que debía sacar no un simple aprobado sino a ser posible sobresaliente.
Por supuesto nadie me había advertido previamente de la dureza del reto, más allá del bombardeo indiscriminado de estribillos que prometen una conexión indisoluble entre la felicidad y la descendencia. Una presión que es evidente sufren con más radicalidad las mujeres, las cuales siguen sometidas en gran medida al lastre de hacer depender su subjetividad del hecho de ser reproductoras. Tampoco tenía referentes sólidos a los que agarrarme. Mi padre, y no digamos los padres de él y de mi  madre, había respondido al modelo tradicional de hombre proveedor, más ausente que presente en la cotidianidad, poco dado a la expresividad emocional y muy condicionado por su voz de autoridad. Lo cual no quiere decir que fuera un mal padre o que desatendiera a sus hijos, simplemente fue el que se esperaba que fuera en una sociedad en la que era su esposa la encargada de nutrirnos emocionalmente y cuidarnos desde la entrega más absoluta. La vida de ella era vivir para nosotros, mientras que la de mi padre, obviamente, tenía una dimensión pública, de trabajo y de poder, de la que mi madre carecía. Lo cual tampoco quiere decir que mi  madre no fuera feliz, que lo era, pero sí que había renunciado a dar de sí todo lo que su alma inquieta podría haberle proporcionado en forma de autonomía y vida propia.
Con mi madre, y en general con las mujeres de mi infancia, aprendí desde mis ojos de niño observador y reflexivo la fuerza de las emociones, la virtualidad de las palabras, la necesidad que tenemos de cuidarnos y reconocernos, las complicidades que se tejen con herramientas que la razón no entiende. Y así lo fui escribiendo en mis diarios, en los cuadernos que nunca nadie leyó, en los silencios que con frecuencia me reprochaban los mismos que no entendían por qué no me gustaba pegarle patadas a un balón o jugar a ser el más valiente de los guerreros. Desde muy pequeño sentí que la masculinidad obligatoria era una carga pesada y no dejé de darme golpes contra ese muro. Así fui creciendo, con más dolor del que contaba y con más ira de la que se detectaba en mi exterior pacífico e incluso tierno.
Siempre he pensado que el nacimiento de Abel fue como el detonante que me hizo reencontrarme, lentamente pero sin pausa, en un proceso que acabó en el hombre que ahora soy. Un ser en permanente transición, un gerundio, puro queer. De una parte, tenía asumido que debía dar de mí todo lo que yo humildemente entendía que cuando yo fui un niño mi padre no fue capaz de darme. E insisto, no porque fuera consciente de que no lo hacía, sino porque su identidad de hombre patriarcal era, como en la mayoría de su generación, un imperativo categórico. Ante la ausencia de instrucciones, hice el esfuerzo cada día de evitar las ausencias, los silencios, las huidas. Y traté, no siempre con éxito, de que el mimo de mis abuelas, la luminosidad de mis tías o la generosidad extrema de mi madre fueran como los focos que me iluminaran ante los retos que para mí suponía saber que había un ser, que sería libre  y autónomo, al que debía nutrir para que tuviera en perfecta armonía cabeza, pecho y vientre. 
De otra parte, en seguida me di cuenta de que ese aprendizaje intensivo estaba provocando una erosión en mis corazas, un progresivo desmantelamiento de mis inseguridades, una provocación en el corazón de mi armadura de hombre que había llegado a los 30 más pendiente de contentar a los demás que a sí mismo.  Por ello, fui sintiendo que a medida que Abel crecía y pasaba por distintas etapas, también lo hacía un padre que se despojaba de etiquetas y mandatos, que abría nuevos diarios y que veía como su interior – pensamientos, emociones, deseos – se revolucionaba.  
Fue así como fui entendiendo lo que Virginia Woolf había escrito hace un siglo sobre las mentes andróginas. Es decir, mi propia experiencia como padre es la que me ha servido para romper las fronteras del género, para superar las etiquetas y para sentirme más libre que nunca en un cuerpo que trata – no siempre lo consigo todavía – de no responder a las exigencias de la virilidad dominante. Obviamente no se trata de una conquista plena ni definitiva. Al contrario, yo mismo me sorprendo con frecuencia repitiendo aquello de lo que procuro huir. Es, en definitiva, una batalla conmigo mismo y sobre todo con un contexto social y cultural que nos sigue marcando las pautas para el reconocimiento.
Mi gran incógnita todavía es si todo ese proceso que yo he ido viviendo de manera paralela a la aventura de ser padre tendrá la influencia deseada en la persona adulta que un día llegará a ser mi hijo.  Espero que lo que habitualmente se nos plantea en la sociedad patriarcal -  y ordenada – como sinónimo de convulsión y desequilibrio pueda ser para él una oportunidad para crecer más libre, más autónomo, más empático y más cuidadoso de sí mismo y de los demás. Ojalá el vivir entre dos casas, el compartir con su padre y con su madre otras parejas y relaciones, el comprobar con naturalidad que las afectividades y sexualidades son múltiples y que la heterosexualidad no es la norma, el mirar por sí mismo que las líneas de la vida no son siempre rectas, le permita hacerse con una armadura hecha con materiales muy distintos a los habituales de los machitos. Una armadura dúctil, esponjosa y tierna. Desde la que protegerse no de los otros, ni de las emociones, ni de los latidos del corazón, sino de la violencia, la rabia o la intolerancia. Asumiendo que el ser humano es plural, maravillosamente plural, y que en esa diversidad late la mayor de las luminosidades. 
De momento, me doy cuenta de que una de sus mayores virtudes es su capacidad de adaptarse a los demás, a cualquier espacio, a cualquier lenguaje.  Descubro que una de sus actitudes envidiables es el entusiasmo con el que vive todo lo que le gusta, la pasión que le pone a las cosas que le llenan.  Me gustan sus emociones, su rabia a veces, su necesidad de sentirse con frecuencia abrazado. Me gusta que llore, que se sienta dubitativo, que no se crea el rey del mambo. Me gusta que entienda, o al menos lo intente, a un padre como yo, siempre en tránsito, tan imperfecto y vulnerable.  Cuando percibo todo esto empiezo a darme cuenta de que tal vez no lo haya hecho del todo mal y de que ese camino que un día emprendimos juntos, cuando él metido en su cama escuchaba las historias que yo le contaba de cuando yo era un niño como él, ha servido para que los dos crezcamos desde el reconocimiento.  Con la satisfacción que supone asumir con alegría que somos seres imperfectos y que precisamente por eso no somos nada sin los otros. 
Esta mañana mientras desayunábamos le comenté que ya se me había ocurrido el título que le pondría a estas líneas. Y le conté de qué iba el Orlando de Virginia Woolf. Me he hecho el propósito de releerlo, porque lo leí mucho antes de ser padre. Espero entonces pasarle a Abel algún capítulo para que descubra que su padre es también esa mente andrógina, ese cuerpo de múltiples deseos, ese hombre que gracias a él ha ido perdiendo el miedo a los abrazos.  Mi mayor alegría futura será comprobar que él también se convierte en una persona liberada del yugo, autónoma pero cuidadosa, libre y solidaria. A la que nunca le cueste ni pedir ni un abrazo dar.
Fotografía: At 7 pm (Serie The life of the other), Fernando Bayona, www.fernandobayona.com

Publicado en la revista HOMBRES IGUALITARIOS: http://www.hombresigualitarios.ahige.org/index.php?option=com_content&view=article&id=2091:el-hijo-de-orlando-para-fernando-y-oscar&catid=88:tema-del-mes&Itemid=86

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