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CELEBRACIÓN DEL NIÑO RARO

El intérprete, Asier Etxeandía
Gran Teatro de Córdoba, 1-3-2015


Yo también fui un niño raro como Asier. De los que se quedaban en su habitación imaginando amigos invisibles. De los que soñaban con escenarios en los que hacer posible mis sueños.  Yo también esperaba que un día mi padre se decidiera a entrar en mi habitación. Y que no me diera miedo que me sorprendiera con los ojos pintados con los colores de mis fantasías. Unos ojos con los que veía mucho más allá de los metros cuadrados de mi cuarto. Versos, cuadernos, canciones. Soñando con ser el único artífice e intérprete de mi propia vida. Y mi madre hilvanando pespuntes como una artista no reconocida...


Con el tiempo, y no sin dolores, aprendí a liberarme de esos miedos infantiles, de la angustia que me provocaba ser distinto a los demás. Aprendí a poner a mi favor mi sed de infinitud. Y entonces bailé, canté, me maquillé y rebasé las fronteras del género, siendo mi propio dios. Una estrella en lo alto de mi propio escenario, un hombre consciente de sus fragilidades, una voz dispuesta a no callarse mientras viva. Es decir, aprendí a reconocerme y a celebrarme. 

El intérprete es una celebración de la rareza, de la autonomía, de la vida propia conquistada y de la necesidad que tenemos todas y todos de sentirnos reconocidos y amados. Rodeados de amigos invisibles a los que hacemos visibles gracias a los hilos mágicos de la ternura. Asier Etxeandía, esa fuerza de la naturaleza que anoche demostró en Córdoba que es uno de las artistas españoles más completos e indiscutibles ahora mismo, nos demostró que las canciones, como los poemas, el cine, el arte en general, nos salvan. Que son el mejor remedio contra la soledad y el mejor vehículo para mirarnos en el espejo y querernos. A través de su biografía de músicas y heridas, Asier nos empujó de manera desgarradora y brutalmente vitalista a no dejarnos la piel en la inútil aventura de la renuncia. Convertidos en nuestros propios dioses y diosas, partícipes gozadores de los deseos, dueños y señores de los sombreros que nos definen. Sin máscaras, con los ojos maquillados, viendo hasta el fondo de los corazones de los demás. Bailando, bailando, bailando sin parar. 

Yo también, como Asier, tengo alma de copla, bolero y discoteca. Como él renuncié hace tiempo a las pastillas y decidí pisar fuerte sobre el escenario. Intérprete de mis anhelos y piel desnuda que se deja acariciar por el terciopelo rojo. Cada vez más deficiente en matemáticas y progresando en inteligencia emocional. Más diablo que dios, aunque en ocasiones me sienta como un dios que no castiga pecados ni errores.

Lo de anoche en el Gran Teatro fue una especie de ritual laico. De misa concelebrada desde la alegría y la pasión de vivir. Un auténtico milagro que fue posible gracias a un hombre que suda hasta la última gota en el escenario y que se entrega a sus amigos invisibles con los pezones en erupción/erección. La fiesta de los raros que agradecen estar vivos, los paraísos sin fronteras y los amores sin etiquetas. Todos cantando con el niño, ya hombre, que ha convertido el mundo entero en su propia habitación. 


Fotografías de Carlos González Serrano y Fernando Cepedello.


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