
Leer a la Matute siempre supone reconciliarse con la alegría del lenguaje, con la levedad impresionante de las palabras bien escogidas, con las emociones que se sienten a flor de piel pero sin excesos. Lejos por lo tanto de esa literatura en la que el autor parece estar por encima de la historia que cuenta. En Demonios familiares, como en el resto de sus novelas, la escritora parece más bien una niña curiosa que mira tras los visillos, que escucha tras las puertas y que se atreve al fin a adentrarse en el con frecuencia tenebroso bosque de los adultos. También en esta historia hay bosque, e historias ocultas, y héroes anónimos, y mujeres que callan, y una necesidad de encontrar algo de magia que permita superar la realidad que duele. Es fácil encontrar pues la conexión con otras obras anteriores de la autora y muy especialmente con su novela anterior, Paraíso inhabitado. A los que siempre descubrimos en su prosa una especie de camino hecho con migas de pan en mitad del campo, nos queda en esta última entrega la posibilidad de seguir el recorrido. Adentrándonos en el bosque u ocultándonos en el desván. Optando por la magia o conformándonos con el silencio. En cualquier caso, ganándole la batalla a los demonios, familiares o no, que insisten en robarnos la felicidad.
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