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CONTRA LOS DEMONIOS, LA MATUTE

Siempre es un placer reencontrarse con la prosa clara, diáfana, tan hermosa, de la Matute. Aunque el hilo de la historia quede cortado y nos falten palabras con las que completar la peripecia de unos personajes que la autora de Olvidado Rey Gudú retrata con trazos firmes pero amables, sin estridencias, con lo justo para que incluso podamos ponerles voz y rostro. La novela que Ana María dejó inconclusa, y que por tanto es como si nos ofreciera a cada lector la oportunidad de escribir el final que queramos, vuelve a los escenarios en los que ella siempre buscó y rebuscó lo mejor de sus historias. Me refiero a los laberintos de la infancia, a las habitaciones cerradas y a los desvanes de las familias, a las heridas y sombras que dejó la guerra. Demonios familiares se adentra en esos territorios que la Matute sabía transitar como nadie, más como la hacendosa costurera que hilvana con imperfecta delicadeza que como la máquina que sigue una línea recta y predecible.

Leer a la Matute siempre supone reconciliarse con la alegría del lenguaje, con la levedad impresionante de las palabras bien escogidas, con las emociones que se sienten a flor de piel pero sin excesos. Lejos por lo tanto de esa literatura en la que el autor parece estar por encima de la historia que cuenta. En Demonios familiares, como en el resto de sus novelas, la escritora parece más bien una niña curiosa que mira tras los visillos, que escucha tras las puertas y que se atreve al fin a adentrarse en el con frecuencia tenebroso bosque de los adultos. También en esta historia hay bosque, e historias ocultas, y héroes anónimos, y mujeres que callan, y una necesidad de encontrar algo de magia que permita superar la realidad que duele. Es fácil encontrar pues la conexión con otras obras anteriores de la autora y muy especialmente con su novela anterior, Paraíso inhabitado.  A los que siempre descubrimos en su prosa una especie de camino hecho con migas de pan en mitad del campo, nos queda en esta última entrega la posibilidad de seguir el recorrido. Adentrándonos en el bosque u ocultándonos en el desván. Optando por la magia o conformándonos con el silencio. En cualquier caso, ganándole la batalla a los demonios, familiares o no, que insisten en robarnos la felicidad. 

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