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ARCÁNGEL

Cuento de Navidad, 28/29 de diciembre de 2014.


La noche era fría y lluviosa. Puro diciembre que se hacía hielo en el rostro pero también en mi alma. Las ventanas de mi casa estaban cerradas no solo por el viento sino también para evitar los villancicos de las calles, las luces aterradoras, los olores dulzones de la tribu. Intentaba escapar del ruido nadando por páginas escritas y tomando el sol imaginario de países en los que me gustaría perderme. La soledad se había convertido en un cojín reconfortante y cálido. En él me adormecía como un gato al que le hubiesen cortado las uñas para que no se arañase a sí mismo. 


Desde hacía más de un mes sus palabras no habían dejado de aparecer en mi móvil. Frases cortas, rotundas, sin grandes recovecos. Alguna sonrisa. Educado y amable. Tan cerca y tan lejos. Como suele pasar en este tipo de relaciones virtuales, me fui construyendo su retrato. Incompleto, dubitativo. Se trataba de un retrato sin alma, porque me faltaba el tono de su voz, la luz de su mirada, el olor de su aliento. Era un retrato sin alma pero también sin piel. El boceto, un boceto más, de alguien con el que se habían cruzado mis deseos en las redes. Nada que esperar y todo al mismo tiempo.


Aquella tarde sus palabras, sus frases cortas, no dejaron de aparecer en mi teléfono. Como si fueran trailers entrecortados de una película que yo soñaba ver en una gran pantalla. El no era más que una promesa de arena y playa. La noche avanzaba sola y triste. En mi casa, ahora tan grande, se fueron apagando las luces, poco a poco, en silencio, con la calma tan hiriente de quien sabe que el tiempo, que es lo único valioso que tenemos, se consume y no vuelve. El telón fue bajando lentamente.

No sé en qué momento comencé a soñar como tampoco sé si realmente lo que viví fue un sueño. Solo recuerdo que una vez más sus frases cortas, sus monosílabos, fueron subiendo poco a poco el telón. Y empecé a sentirme como la Mia Farrow de "La rosa púrpura del Cairo" cuando el protagonista cruza la pantalla de la película que estaba viendo y la acompaña en su vida. Yo tuve que guiarlo por la noche, madrugada ya, por las calles de esta ciudad en ocasiones tan inhóspita. "No te me vayas a dormir", me insistía. Yo mismo no sabía si efectivamente ya estaba durmiendo y si solo en el territorio del sueño era capaz de entender los mensajes cortos que él me escribía.

Su cara estaba helada, también sus manos. Pero en ningún caso, al menos aparentemente, se le notaba nervioso o dubitativo. El boceto empezaba a ser contemplado en sus rasgos hasta entonces tan frágiles. Ahora estaba frente a mí. Al fin podía escuchar su voz, mirar su mirada, tocar sus manos grandes y hablarle de todo lo que no le había hablado. En apenas unos minutos lo virtual se hizo real y fue como si las semanas de mensajes se hubieran convertido en meses de complicidad. Eché al gato del cojín y me acerqué a sus labios. La hoguera.

El viaje fue lento y luminoso. Sin prisas. Fuimos parando en cada estación, paseando por cada pueblo. La arena de su cuerpo se hizo playa inmensa y en ella dibujé corazones con mis dedos y mi saliva. En sus labios, parada y fonda, fui encontrando el agua que calmaba mi sed. El frío se había convertido en calor. De repente estábamos en un desierto. Y nosotros éramos el oasis. Nos habíamos convertido en los protagonistas de "El cielo protector" de Bowles. Viajeros, nómadas, poetas. Escribí por su cuello, brazos, pecho, vientre y piernas las letras de viejas canciones que aprendí cuando era un adolescente. Lo abracé como si quiera exprimirlo y protegerlo a un tiempo. Besé sus muslos como quien sella una carta y la envía ilusionado a un destinatario que imagina enamorado. Sus brazos me enredaron como si una hiedra me quisiera atrapar para siempre. Los mensajes del móvil se convirtieron en susurros. Al fin había voz, había olor, había tacto. Y al fin sentí que estaba no fuera y lejos, sino dentro de mí. Como si mi cuerpo se hubiera convertido en una hermosa caja de regalo y el suyo fuera el pasaporte que dentro me llevara a un mar en el que él era, como una especie de Neptuno, el dueño y señor de las olas.

Pierna sobre pierna, boca sobre oreja, "¿puedes poner el despertador a las 10?", seguimos hablando de lo mucho que desconocíamos. Con la voz muy baja, como si temiéramos despertarnos a nosotros mismos. Sabor de tabaco en su aliento, olor de pirata en su espalda. El termómetro bajo cero afuera. Pero nosotros estábamos fuera de Córdoba, perdidos en algún lugar del mapa, en un dulce descanso del rodaje. Sin cámaras ni acción. Un arcángel entre mis sábanas.

Como cada mañana sentí los sonidos de la vida alrededor. Una persiana que subía, pasos por la calle, una conversación ininteligible. Y una respiración. En posición fetal el protagonista de la película aún no había vuelto a la pantalla. Mis dedos, sin que él se diera cuenta, fueron recorriendo cada centímetro de su cuerpo alado. Fui dejando por cada rincón el rastro de mi tinta, como si escribiera en su piel en lenguaje cifrado una declaración de amor que solo podría leer cuando en algún otro momento, quién sabe, mis manos encendieran la luz que hace posible entender las palabras del deseo. 

El arcángel se despertó muy lentamente, sin atreverse a abrir los ojos, anunciando con su boca que las alas estaban a punto de desplegarse. En sus labios deposité la arena que aún me quedaba de la playa en la que habíamos dormido. Sabiendo que vendrían vientos y olas que la moverían, removerían y hasta la harían desaparecer. Pero no sentí tristeza. Era imposible sentirla al verlo levantarse como un danzarín que hubiese llegado de países lejanos.

Al abrir las ventanas descubrí un sol radiante. Aunque seguía haciendo frío, mucho frío. Y seguía siendo Navidad. El se colocó bien la bufanda gris y se abrochó la chaqueta de marinero en tierra. Fugazmente sentí la herida que provoca el miedo o, mejor dicho, la certeza de lo irrepetible. Sus alas asomaron entre las rayas de su espalda y, desde mi patio, alzó el vuelo. Desde entonces no he dejado de mirar el cielo, siempre mi cielo protector, con la esperanza de redescubrir algún día su vuelo. Ese capaz de traspasar el whatsapp y de convertirse en labios, piel y deseo. El gato, en su cojín, todavía no sabe si el paréntesis de su soledad fue un sueño o pura vida. Alguien debería indicarle que en el sofá está la prueba que no es otra que el breve espacio en que él no está.








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