El cine del director turco-italiano Ferzan Ozpetek, incluso en sus producciones más fallidas, nos ofrece siempre algunas miradas que bien merecen una reflexión desde una perspectiva de género. En su última película nos relata una historia aparentemente sencilla, en la que no siempre logra el debido equilibrio entre el drama y la comedia, pero en la que es posible entresacar una lectura más profunda sobre como somos y como nos relacionamos. Además de su indudable gusto por una puesta en escena luminosa y estéticamente irreprochable, es fácil encontrar en su filmografía un cierto hilo conductor que nos remite a una serie de temas constantes: las identidades, muy especialmente las masculinas, la familia, las complejidades de las relaciones afectivas en el mundo de hoy, la "sororidad" femenina... De todo eso habla también en su última película que, aun estando lejos de lo que para mí son las más logradas (Hamam; La finestra di fronte; Saturno contro), merece la pena ser disfrutada.
Con un título que deberíamos traducir como "Abróchense los cinturones", Ozpetek parece advertirnos de las turbulencias que supone la vida y, muy especialmente, las relaciones afectivas y sexuales. Como suele pasar en su cine, hay todo un elenco de personajes secundarios en los que con frecuencia reside lo mejor de la película. Por ejemplo, esos admirables personajes femeninos que el director, en una clave muy "almodovariana", retrata con cariño, mostrándolos casi siempre como seres inteligentes, complejos, solidarios, más fuertes y valientes que los hombres incluso. En Allacciate son impagables las figuras de las dos hermanas, la madre y la tía de Elena, la protagonista de la historia, a las que habría que sumar la mujer enferma de cáncer que comparte habitación con Elena en el hospital.
Pero, al margen de la historia sentimental que es contada en su evolución a lo largo de varias décadas, y del interés siempre presente por adentrarse en los vericuetos del alma de las mujeres (aquí lo hace además a través del drama que supone enfrentarse a un cáncer de pecho), lo que más me ha interesado de la película son los dos personajes masculinos centrales. Porque creo que a través de ellos, como por otra parte es muy habitual en su cine, Ozpetek nos está ofreciendo muchas claves de como los hombres nos hacemos y de qué manera nos relacionamos entre nosotros y con las mujeres.
Elena, la protagonista de la película, acaba enamorándose de un hombre que responde a lo que podríamos llamar la "normativa hegemónica" del género masculino. Antonio es un tipo que
responde con perfección al estereotipo de hombre duro, fuerte, negado para la expresión de sus emociones, silencioso, violento en ocasiones e intolerante con las diferencias. Un hombre que parece estar orgulloso de una masculinidad que refleja en su musculatura y en sus tatuajes, que trabaja en un espacio tan de hombres como un taller de coches, que conduce una moto como los rebeldes de siempre y que es incapaz de expresar con palabras, y a veces ni siquiera con gestos, sus emociones. Este personaje tan estereotipado es interpretado por Francesco Arca, un joven bellísimo salido de la versión italiana del "Mujeres, hombres y viceversa". Aún siendo una opción muy censurada por los críticos en Italia, creo que Oztepek era muy consciente de lo que hacía con esta elección. Porque creo que su objetivo era precisamente usar ese referente de la masculinidad heteropatriarcal más rotunda, más inexpresiva, más enjaulada en su propia cárcel de virilidad. Y qué mejor que hacerlo a través de un sujeto procedente de la máxima expresión televisiva de ese orden cultural y que además se muestra incapaz de dejarse llevar por las emociones. En definitiva, un macho con el que, como comprobamos cuando la historia avanza, es complicada la convivencia y más que compleja la comunicación. Antonio es un ser discapacitado emocionalmente, incapaz de gestionar sus sentimientos y de ponerles nombre. En una de las escenas más bellas y emotivas de la película, comprobamos como Antonio está deseando mostrarle a Elena su complicidad y apoyo. Pero es incapaz de hacerlo con palabras, con gestos. Solo puede demostrárselo de manera muy física, en silencio pero con amor. Confiando más en la capacidad expresiva de su cuerpo que en las palabras
En el lado opuesto, se encuentra el mejor amigo de Elena, un chico gay con el que comparte amistad y trabajo. Tal vez un tópico, sí, pero que encierra mucha verdad, la que respondería a la pregunta de por qué con tanta frecuencia las mujeres tienen un amigo gay con el que comparten vivencias y sentimientos que serían incapaces, por ejemplo, de compartir con su pareja.
Fabio representa el modelo opuesto de masculinidad. De ahí la complicidad
permanente que mantiene con Elena, la fluida comunicación entre ellos, la facilidad que ofrecer para compartir emociones y sentimientos. Fabio es un chico al principio de la película, y un hombre maduro en la segunda parte, que ha sabido construirse, incluso en una sociedad tan homófoba como la italiana, una masculinidad alternativa, disidente con el modelo masivo de referencia.

Más allá por tanto de la historia de amor que nos cuenta la película, y en cuyo relato Ozpetek cae con frecuencia en los tópicos y en el exceso de azúcar propios del "amor romántico" (por ejemplo, a través de una mirada en ocasiones excesivamente paternalista sobre una mujer que parece perder su cordura en nombre del amor), lo más interesante de Allacciate le cinture es esa mirada que nos ofrece sobre una construcción de la masculinidad que en definitiva nos tiene prisioneros y frente a la que es posible plantear otras sendas que nos hagan más plenos y felices. Esa senda que Antonio quiere recorrer y que no sabe bien cómo, la que mira con envidia cuando Fabio le da muestras de sabérsela de memoria. La que en definitiva nos está diciendo a gritos que nos bajemos de la moto de machito y nos quedemos desnudos, incluso a solas si es necesario, con nuestra vulnerabilidad y con nuestra necesidad por tanto de los y las demás.
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