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LA CAMISA BLANCA DE PEDRO SÁNCHEZ

Las fronteras indecisas
Diario Córdoba, 21-7-2014


Cuando seguía por los medios la campaña realizada por Pedro Sánchez no pude evitar acordarme del cartel de las fiestas cordobesas del año pasado. El hecho de que fuera un hombre el protagonista, frente a la habitual insistencia en la imagen cosificada de la mujer cordobesa, levantó un cierto revuelo que, sin embargo, apenas sirvió para constatar que lo que se suponía que era rompedor no era más que un capítulo nuevo de la historia de siempre. El pantalón vaquero y la camisa blanca de Sánchez me remitían a la del guapetón cordobés que se exhibía en marquesinas y que, pese a un inevitable regusto homoerótico, suponía la reafirmación del machito cordobés pulcro, algo pijo y bastante reaccionario.
Me temo que el pantalón vaquero y la camisa blanca de Sánchez, de la misma manera que pasaba con el hombre cordobés del cartel, apenas supongan aires nuevos, más allá de la superficie impoluta que nos ha ofrecido su imagen de hombre guapo, educado y sonriente. Por más que he seguido sus intervenciones, no he logrado detectar cuál es su proyecto político para un partido que anda a la deriva. No tengo nada claro cuáles son sus respuestas a los grandes problemas que tiene nuestro sistema democrático ni tampoco de qué manera plantearía una política económica distinta a la neoliberal con la que el PSOE fue tan cómplice en sus últimos años de gobierno. Me gustaría haberle escuchado pautas concretas de cómo frenar la cada vez mayor fragilidad de nuestros derechos, de cómo recuperar el grueso de las políticas públicas que dan sentido a un Estado Social o de cómo lograr en esta compleja península hacer compatibles unidad y diversidad. Más allá de su idea de romper algo que no existe, me refiero al Concordato con la Santa Sede, aún estoy a la expectativa de conocer su programa político, en el que por ejemplo se adivine cuál es su idea de Europa, de qué manera habría que reformar nuestra herida de muerte Constitución y, muy especialmente, cuál es su posición frente a los movimientos crecientes que desde la izquierda reclaman una manera distinta de hacer política.
En un momento como el actual, en el que buena parte de la ciudadanía está despertando de la modorra en la que estuvo instalada años y en el que sobre todo la izquierda recupera posiciones frente al neoliberalismo avasallador, el gran reto del PSOE no es solo, que también, el cambio de rostros, sino sobre todo su definición como partido de progreso. Un partido que consiga recuperar la confianza de buena parte de la ciudadanía que se ha ido alejando no solo de unas estructuras oligárquicas y de una clase política profesionalizada y mediocre, sino también de la ausencia de alternativas reales frente a la derecha gobernante.
Como bien decía el filósofo iraní Ramin Jahanbegloo la semana pasada en el magnífico curso que impartió en la UCO, es necesario recuperar la ética en la política y democratizar las democracias. Y es más preciso que nunca hacerlo en un momento en el que las garantías de nuestros derechos cada vez son más débiles y en el que aumenta nuestra vulnerabilidad frente a unos poderes que no controlamos. De manera que cada día que pasa tenemos más argumentos para sentirnos súbditos en vez de ciudadanos. Ese debería ser un compromiso en el que se volcaran por supuesto todos los partidos políticos, pero muy especialmente una izquierda que, se supone, debe tener como bandera la búsqueda de la igualdad como presupuesto de la justicia social. Una igualdad real y efectiva que ha de actuar en algunos casos como límite de la libertad y desde la que es necesario interpretar los derechos humanos como frenos al poder. Un reto que yo al menos no he descubierto en la sonrisa de Sánchez y en una camisa blanca neutra, aséptica, tan vacía me temo, en un tiempo que exige el compromiso rotundo del arco iris.

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