Ir al contenido principal

AMORES PRECARIOS

10.000 KILÓMETROS, 
Carlos Marqués-Marcet, 2014


El amor ya no es lo que era o, mejor dicho, ya no puede ser lo que era. Vivimos malos tiempos para el amor romántico, para ese que el protagonista de la película, Sergi, añora cuando al final espera un recibimiento "de película" por parte de su compañera a la que hace meses que solo ha visto a través del ordenador. 10.000 km es una película que habla precisamente no tanto de lo difícil que es mantener relaciones afectivas en el mundo actual sino más bien de que se impone otra manera de entenderlas. En el siglo XXI que vivimos no cabe la concepción tradicional del amor, la cual ha estado durante siglos contaminada por un romanticismo que fue el principal aliado del patriarcado para mantener sometidas a las mujeres en nombre de los sentimientos.  Esa lógica de la complementariedad, de la búsqueda de la media naranja, de la pareja estable y monógama como ideal de felicidad, fue erosionándose a lo largo del siglo XX en gran parte gracias al cambio de actitud y de posición social de las mujeres. Fueron ellas las que iniciaron "la revolución" a la que los hombres, o al menos algunos hombres, nos tuvimos que ir sumando ante un contexto en el que debíamos empezar a actuar unos y otras como auténticos pares. También en el ámbito privado, en la afectividad y en la sexualidad.

Ese es uno de los grandes temas que están presentes en la magnífica película de Marqués-Marcet. En ella asistimos a la crisis que se produce en una pareja, a la que al principio vemos entregados al amor, en busca incluso de un hijo deseado, como consecuencia de la oportunidad que se le presenta a ella, Alex, de estar un año trabajando en Los Ángeles. Aunque luego comprobamos como hasta pide perdón, la reacción inicial de él es la típica del hombre tradicional, que difícilmente digiere la vida propia de su compañera y que sigue entendiendo, como buen héroe romántico, que el amor exige sacrificios.  Es ella a la que se le plantea el dilema angustioso de elegir entre su realización profesional, su relación de pareja y hasta su futura condición de madre, ese elemento que hoy por hoy continúa siendo en gran medida el factor desencadenante del mayor número de discriminaciones e injusticias que sufren las mujeres.  El gran problema acaba siendo, como detectamos en un correo electrónico que Sergi hace y deshace en un momento de la historia, qué lugar ocupa él en el espacio de ella, en la "habitación propia" de una mujer que es autónoma.  Un espacio en el que Sergi siente que se siente fuera, tal vez porque no ha sabido gestionar la suma siempre inestable de dos autonomías. Un Sergi que se resiste a ocupar su lugar, su mínima parcela de poder, mínima y escasa porque él, como buen joven de esta época, también está en una situación precaria. Pero de alguna manera continúa siendo consciente de su espacio vale más que el de ella. Continúa siendo, por más que veamos una apariencia de hombre de su tiempo, sensible y hasta cuidador (él en parte de la película aparece como el fuerte, el que controla las situaciones, el que da instrucciones, frente a ella que aparece desorientada y desvalida, como vemos en la magnífica escena en que Sergi le va diciendo como debe cocinar), el machito que mal tolera la libertad de su pareja, por más que entre ellos haya 10.000 kilómetros de distancia. El hombre que estalla en ira violenta cuando siente que pierde no solo ese lugar en el espacio de ella sino el mismo suelo sobre el que había edificado su proyecto compartido.

El otro gran tema de la película, que de alguna manera intersecciona con el anterior, es cómo vivimos al amor, o en general las relaciones afectivas, a través de las nuevas tecnologías. En el caso de los protagonistas de la película porque hay miles de kilómetros de por medio, pero es algo que empieza a ser habitual incluso entre quienes viven en la misma ciudad. Mucho diálogo por wap, controles diversos por face y otras redes sociales, cada vez menos miradas de frente, y menos olor, y menos piel. O en todo caso, piel apresurada y no serena continuidad del tacto, del olfato, de los susurros. Y no es tanto que no sea posible el amor, o ni siquiera el sexo, en esta nueva época de tecnologías que nos invaden, más bien se trata de que estamos construyendo otra manera de entender la afectividad y la sexualidad. Quizás bajo la terrible paradoja de, por una parte, defender nuestras conquistas de autonomía y, por otra, mantener la terrible dependencia de unos medios que nos atan, que nos convierten en controladores y controlados, que finalmente juegan más con la imagen que queramos dar de nosotros mismos que con la realidad de quienes somos.

A través de los encuentros y desencuentros de Sergi y Alex (interpretados con frescura e intensidad al mismo tiempo por unos estupendos David Verdaguer y Natalia Tena), asistimos al desmoronamiento de los mitos, a la clausura de unos paradigmas que ya no nos sirven y a la apertura de una época en la que todavía nos sentimos huérfanos. Tal vez porque, más allá de las distancias, o de los condicionantes y también puentes que ofrecen las nuevas tecnologías, todavía no hemos aprendido que el amor empieza a ser una aventura complicada cuando se suman dos seres independientes. Y que por lo tanto la clave estaría en inventarnos otra manera de amar. Sin dependencias, sin esclavitud, desde la alegría de compartir espacios y tiempos pero también desde la certeza de que esa alegría siempre será fragmentaria y en la mayoría de los casos temporal. La gran duda que me plantea el final de la película es si realmente Sergi y Alex serán capaces de rearmar el puzzle. La historia, que acaba igual que empezó, con los dos protagonistas haciendo el amor - ¿o sería mejor escribir follando? - , nos deja con la incógnita de qué pasará tras el polvo de bienvenida. Sea cual sea la segunda parte, lo que sí parece evidente es que ya nunca sería la misma historia de amor que vimos cuando Sergi y Alex buscaban un hijo.




Comentarios

Entradas populares de este blog

CARTA DE MARÍA MAGDALENA, de José Saramago

De mí ha de decirse que tras la muerte de Jesús me arrepentí de lo que llamaban mis infames pecados de prostituta y me convertí en penitente hasta el final de la vida, y eso no es verdad. Me subieron desnuda a los altares, cubierta únicamente por el pelo que me llegaba hasta las rodillas, con los senos marchitos y la boca desdentada, y si es cierto que los años acabaron resecando la lisa tersura de mi piel, eso sucedió porque en este mundo nada prevalece contra el tiempo, no porque yo hubiera despreciado y ofendido el cuerpo que Jesús deseó y poseyó. Quien diga de mí esas falsedades no sabe nada de amor.  Dejé de ser prostituta el día que Jesús entró en mi casa trayendo una herida en el pie para que se la curase, pero de esas obras humanas que llaman pecados de lujuria no tendría que arrepentirme si como prostituta mi amado me conoció y, habiendo probado mi cuerpo y sabido de qué vivía, no me dio la espalda. Cuando, porque Jesús me besaba delante de todos los discípulos una y muchas ve…

CARTA A MI HIJO EN SU 15 CUMPLEAÑOS

De aquel día frío de noviembre recuerdo sobre todo las hojas amarillentas del gran árbol que daba justo a la ventana en la que por primera vez vi el sol  reflejándose en tus ojos muy abiertos.Siempre que paseo por allí miro hacia arriba y siento que justo en ese lugar, con esos colores de otoño, empezamos a escribir el guión que tú y yo seguimos empeñados en ver convertido en una gran película. Nunca nadie me advirtió de la dificultad de la aventura, ni por supuesto nadie me regaló un manual de instrucciones. Tuve que ir equivocándome una y otra vez, desde el primer biberón a la pequeña regañina por los deberes mal hechos, desde mi torpeza al peinar tu flequillo a mis dudas cuando no me reconozco como padre autoritario. Desde aquel 27 de noviembre, que siento tan cerca como el olor que desde aquel día impregnó toda nuestra casa, no he dejado de aprender, de escribir borradores y de romperlos luego en mil pedazos, de empezar de cero cada vez que la vida nos ponía frente a un nuevo desa…

EL HOMBRE CON UNA VENTANA EN EL PECHO

La primera vez que viajé a Florencia estaba obsesionado por tener una habitación con vistas, como en la novela de Forster, como en  la película de Ivory. Yo era también por entonces un poco como Lucy, la protagonista. Italia, como a ella, me deslumbró e iluminó buena parte de las habitaciones que yo tenía a media luz. Sin embargo, tuvieron que pasar muchos años para que me diera cuenta de que lo importante no era tanto encontrar esas habitaciones con vistas sino tener tú mismo la capacidad de romper cualquier muro. Las murallas del poema de Kavafis. Tuve, claro, que vivir y sufrir, que equivocarme, que subir escaleras empinadas y de, al fin, atreverme a vivir con la misma pasión que Lucy tocaba el piano.

Él llegó a mi vida justo en el momento en el que pensé que mi futuro estaría hecho de soledades y de deseos fugaces. De películas de hora y media y no de novelones con cientos de páginas. Estaba a punto de resignarme a vivir en esa permanente inquietud que supone saberte libre pero sol…