10.000 KILÓMETROS,
Carlos Marqués-Marcet, 2014
El otro gran tema de la película, que de alguna manera intersecciona con el anterior, es cómo vivimos al amor, o en general las relaciones afectivas, a través de las nuevas tecnologías. En el caso de los protagonistas de la película porque hay miles de kilómetros de por medio, pero es algo que empieza a ser habitual incluso entre quienes viven en la misma ciudad. Mucho diálogo por wap, controles diversos por face y otras redes sociales, cada vez menos miradas de frente, y menos olor, y menos piel. O en todo caso, piel apresurada y no serena continuidad del tacto, del olfato, de los susurros. Y no es tanto que no sea posible el amor, o ni siquiera el sexo, en esta nueva época de tecnologías que nos invaden, más bien se trata de que estamos construyendo otra manera de entender la afectividad y la sexualidad. Quizás bajo la terrible paradoja de, por una parte, defender nuestras conquistas de autonomía y, por otra, mantener la terrible dependencia de unos medios que nos atan, que nos convierten en controladores y controlados, que finalmente juegan más con la imagen que queramos dar de nosotros mismos que con la realidad de quienes somos.
A través de los encuentros y desencuentros de Sergi y Alex (interpretados con frescura e intensidad al mismo tiempo por unos estupendos David Verdaguer y Natalia Tena), asistimos al desmoronamiento de los mitos, a la clausura de unos paradigmas que ya no nos sirven y a la apertura de una época en la que todavía nos sentimos huérfanos. Tal vez porque, más allá de las distancias, o de los condicionantes y también puentes que ofrecen las nuevas tecnologías, todavía no hemos aprendido que el amor empieza a ser una aventura complicada cuando se suman dos seres independientes. Y que por lo tanto la clave estaría en inventarnos otra manera de amar. Sin dependencias, sin esclavitud, desde la alegría de compartir espacios y tiempos pero también desde la certeza de que esa alegría siempre será fragmentaria y en la mayoría de los casos temporal. La gran duda que me plantea el final de la película es si realmente Sergi y Alex serán capaces de rearmar el puzzle. La historia, que acaba igual que empezó, con los dos protagonistas haciendo el amor - ¿o sería mejor escribir follando? - , nos deja con la incógnita de qué pasará tras el polvo de bienvenida. Sea cual sea la segunda parte, lo que sí parece evidente es que ya nunca sería la misma historia de amor que vimos cuando Sergi y Alex buscaban un hijo.
Carlos Marqués-Marcet, 2014
El amor ya no es lo que era o, mejor dicho, ya no puede ser lo que era. Vivimos malos tiempos para el amor romántico, para ese que el protagonista de la película, Sergi, añora cuando al final espera un recibimiento "de película" por parte de su compañera a la que hace meses que solo ha visto a través del ordenador. 10.000 km es una película que habla precisamente no tanto de lo difícil que es mantener relaciones afectivas en el mundo actual sino más bien de que se impone otra manera de entenderlas. En el siglo XXI que vivimos no cabe la concepción tradicional del amor, la cual ha estado durante siglos contaminada por un romanticismo que fue el principal aliado del patriarcado para mantener sometidas a las mujeres en nombre de los sentimientos. Esa lógica de la complementariedad, de la búsqueda de la media naranja, de la pareja estable y monógama como ideal de felicidad, fue erosionándose a lo largo del siglo XX en gran parte gracias al cambio de actitud y de posición social de las mujeres. Fueron ellas las que iniciaron "la revolución" a la que los hombres, o al menos algunos hombres, nos tuvimos que ir sumando ante un contexto en el que debíamos empezar a actuar unos y otras como auténticos pares. También en el ámbito privado, en la afectividad y en la sexualidad.
Ese es uno de los grandes temas que están presentes en la magnífica película de Marqués-Marcet. En ella asistimos a la crisis que se produce en una pareja, a la que al principio vemos entregados al amor, en busca incluso de un hijo deseado, como consecuencia de la oportunidad que se le presenta a ella, Alex, de estar un año trabajando en Los Ángeles. Aunque luego comprobamos como hasta pide perdón, la reacción inicial de él es la típica del hombre tradicional, que difícilmente digiere la vida propia de su compañera y que sigue entendiendo, como buen héroe romántico, que el amor exige sacrificios. Es ella a la que se le plantea el dilema angustioso de elegir entre su realización profesional, su relación de pareja y hasta su futura condición de madre, ese elemento que hoy por hoy continúa siendo en gran medida el factor desencadenante del mayor número de discriminaciones e injusticias que sufren las mujeres. El gran problema acaba siendo, como detectamos en un correo electrónico que Sergi hace y deshace en un momento de la historia, qué lugar ocupa él en el espacio de ella, en la "habitación propia" de una mujer que es autónoma. Un espacio en el que Sergi siente que se siente fuera, tal vez porque no ha sabido gestionar la suma siempre inestable de dos autonomías. Un Sergi que se resiste a ocupar su lugar, su mínima parcela de poder, mínima y escasa porque él, como buen joven de esta época, también está en una situación precaria. Pero de alguna manera continúa siendo consciente de su espacio vale más que el de ella. Continúa siendo, por más que veamos una apariencia de hombre de su tiempo, sensible y hasta cuidador (él en parte de la película aparece como el fuerte, el que controla las situaciones, el que da instrucciones, frente a ella que aparece desorientada y desvalida, como vemos en la magnífica escena en que Sergi le va diciendo como debe cocinar), el machito que mal tolera la libertad de su pareja, por más que entre ellos haya 10.000 kilómetros de distancia. El hombre que estalla en ira violenta cuando siente que pierde no solo ese lugar en el espacio de ella sino el mismo suelo sobre el que había edificado su proyecto compartido.


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