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LA ALARGADA SOMBRA DE JOHN WAYNE

UNA PISTOLA EN CADA MANO, CESC GAY

A diferencia de las mujeres, que llevan siglos mirándose en el espejo, analizando su identidad y su lugar en la sociedad, los hombres, al ocupar el trono, hemos prescindido de mirarnos por dentro y nos hemos creído permanentemente autosuficientes. Sólo cuando en los últimos tiempos las mujeres han dado un salto de gigante y nos están obligando a replantear no sólo el "contrato social" sino también el "sexual" que previamente define nuestras relaciones, es cuando algunos hemos empezado a darnos cuenta de que también nosotros tenemos género. Algo que, sobre todo, hemos empezado a cuestionarnos los que pasamos de los 40 y, por tanto, estamos siendo de alguna forma una generación puente entre la de nuestros padres, aún herederos del patriarcado, y la de unos hijos y unas hijas que van a vivir, afortunadamente, en otras coordenadas de igualdad.

Cesc Gay, que ya nos tiene acostumbrados a miradas incisivas sobre la sociedad que nos ha tocado vivir (magistral su "En la ciudad"), pone precisamente la mirada sobre esa generación de hombres y nos disecciona con una precisión de bisturí en su última película. "Una pistola en cada mano" nos ofrece el retrato de ocho hombres, muy distintos entre sí, pero que comparten el ser prisioneros de una masculinidad que les ha obligado a ser héroes y a aceptar mal el fracaso. Seres casi adolescentes en cuanto a los sentimientos, miedosos, vulnerables pero sin el valor de reconocerlo, atrapados en un cuerpo que les obliga a ser machos todo el tiempo y para lo que, como dice el personaje de Candela Peña, es como si llevaran una pistola en cada mano. 

Mediante un guión brillante, y con la ayuda de unas interpretaciones memorables, Gay nos ofrece toda una galería de tipos que nos muestran hasta qué punto las mujeres han acabo siendo más poderosas e inteligentes - así lo demuestran los personajes femeninos de la película - frente a unos tíos que difícilmente asumimos la fragilidad. Desde el "desgraciado global" que interpreta magistralmente Eduard Fernández al hombre con disfunción erectil (el símbolo más radical de la virilidad herida), pasando por el divorciado que ha sido incapaz de rehacer su vida o el machito de oficina que acaba siendo víctima de sí mismo (genial Eduardo Noriega en un personaje que es como una vuelta de tuerca a sus papeles tradicionales), la película nos demuestra las carencias emocionales de unos hombres nacidos para triunfar y a los que la vida les ha mostrado que las sombras también existen. Unos individuos, además, poco dados a comunicarse, a expresar lo que sienten, a generar complicidades entre ellos, a compartir debilidades y a reconocer sus errores. Hombres que son, que somos, como niños que creemos seguir jugando a los vaqueros y que, en el fondo, seguimos admirando, como el personaje de Ricardo Darín, a John Wayne, el hombre por antonomasia, el héroe de todas las películas, este tipo grande y fuerte para el que la vida no parecía tener secretos. 

Es imposible que  los hombres que estamos en esa etapa de la vida en la que la juventud empieza a ser recuerdo y la madurez se toca en el DNI no nos veamos reflejados en las historias de unos individuos que carecen de las herramientas necesarias para nadar en mares que exigen otras habilidades. No las del héroe invicto, sino más bien las del que sabe conjugar ternura y razón. Sólo de esa manera podremos ir aprendiendo que en la vida nada es definitivo, que estamos hechos para transformarnos, que todo lo que se construye puede ser destruido y que, pese a todo, merece la pena vivir la aventura. Quizás si empezáramos a mirarnos por dentro, a asumir nuestra vulnerabilidad, a compartir nuestras dudas, a no sentirnos obligados a presentarnos ante los demás como hombres de verdad, necesitaríamos menos psicoanalistas, menos pastillas para dormir e incluso menos psicomagia.  Sólo así podremos llega a asumir, como si hubiéramos tenido una charla similar a la memorable que mantienen los personajes de Darín y Luis Tosar, que vivir no es otra cosa que seguir aprendiendo y apoyarnos en los demás para llenar los vacíos. Y que los días no se conquistan sino que se atraviesan, como quien pasea por un parque y se siente parte del trocito de naturaleza que alberga. 

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