El cine, como todas las artes, vive en la conversación. Es decir, una película siempre es incompleta hasta que no atraviesa al espectador y entabla un diálogo con él. En ese punto de encuentro, que no siempre se logra, habitan todas las posibilidades. Es justo ahí donde el cine se hace político, en cruce con lo personal, de forma que amplía su dimensión colectiva y nos permite redescubrirnos. En esa no siempre fácil tarea que supone aprender que “soy porque eres tú”. De esta forma, en apenas hora y media, dos horas, pongamos que tres, pueden cohabitar la memoria y el futuro, hermanados en un ahora en el que nuestro pecho, frente a la pantalla, tiembla o se escuece. Pocas películas recientes han conseguido que mi temblor como espectador, ese que últimamente parece tan domesticado por pantallas menores que en mi casa me entretienen, viaje hacia décadas pasadas, hasta mi adolescencia de bolas negras que yo mismo tiraba sobre mi pared, hasta esos manuales, de la escuela...
Cuaderno de bitácora de Octavio Salazar Benítez