Escribe Ece Temelkuran en su bellísimo y desgarrador libro La nación de los extraños, que “desde que se escribió La Odisea , solo el regreso otorga sentido al viaje. El camino se considera inútil a menos que vuelva al punto de partida. Odiseo es un extraño errante, un don nadie, hasta que es reconocido al volver a casa. Su historia solo puede contarse a posteriori , una vez ha vuelto a Ítaca, su isla. De lo contrario no habría habido constancia de ella: todo se habría perdido en la oscuridad, en ese territorio opaco donde habitan los extraños. Y la gravedad del relato perduró mientras las ciudades aguantaron en pie”. El problema, dice la escritora turca, es que ahora las ciudades se están derrumbando, que es fácil perder la fe en uno mismo y en los demás, que el hogar se convierte en un campo de batalla cuando los otros extraños dejan de estar en él. Recordé estas sentencias de Temelkuran cuando asumí que esa película grandilocuente, excesiva, bellísima por momen...
Cuaderno de bitácora de Octavio Salazar Benítez