Leo el último libro de Siri Hustvedt en un mes de agosto en el que la vida parece haberse detenido mientras que el planeta grita. “Incendios, inundaciones, vientos fuertes y cielos anaranjados. Costas inundadas. Hielo derritiéndose. Miedo, más miedo”, escribe la mujer temblorosa en unas páginas políticamente arrugadas por unas manos que no saben muy bien qué hacer ante el desastre. Completo la lectura en apenas un par de días, de esos cordobeses en los que el sudor acaba siendo un reguero que va tatuando grietas en la piel. Lo hago después de haber disfrutado en Filmin del maravilloso documental Dance around the Self, que es un viaje emocional por los cientos de pliegues de la escritora nacida en Minnesota. Cuando mi calendario parece haberse ralentizado y mi agenda apenas si se atreve a saltar a la semana que viene, sus Historias de fantasmas me han hecho pensar y llorar. Y no solo por cómo describe con rigurosidad y emoción todo el proceso de la enfermedad y la muerte de su marido, Paul Auster, y que ahora yo contemplo con la perspectiva de quien ha empezado a familiarizarse con términos como PET, sino por cómo nos ofrece, en un ejercicio extremo de generosidad, el ejemplo más admirable, y envidiable, de una historia de amor. La vivida por Siri y Paul, un “nosotros” en el que se evidencia la importancia del “y” y que se traduce en un proceso de enriquecimiento mutuo, de conversación sin fin que incluso perdura más allá de la muerte. Supongo que la antítesis de eso que en estos últimos años estamos identificando como el más tóxico amor romántico.
Historias de fantasmas es, por supuesto, la historia de un duelo, del proceso de recomposición de una “viuda”, de la redefinición de sus espacios y de sus tiempos, pero también es la descripción esperanzada de una “casa encantada” en la que la suma de los dos “es un personaje doble que se abraza, se toca, hace el amor, ríe, se consuela, discute, habla en susurros y hace chistes y alusiones secrestas que solo <<nosotros>> entendemos”. Como si se tratara de un diario desordenado, que a veces adquiere el tono de una memoria documental y otras parece una recopilación de impresiones y sueños, el libro nos permite recorrer todo un arco de vida en el que asistimos a la conjunción de dos potencias y en el que constatamos el genio creativo de Auster, por supuesto, pero también, y sobre todo, la inteligencia y el poderío de la autora de El verano sin hombres. Un recorrido que se nutre además de todo lo que bulle en un mundo que en estas décadas no ha dejado de asomarse al precipicio: desde los atentados del 11 de septiembre a la pandemia de 2020, pasando por la reelección de Trump. Lo personal es político y lo político no puede ser ajeno a quienes buscan con las palabras un sentido. “¿Por qué llamáis conservadores a la coalición reaccionaria de neonazis, nacionalistas cristianos blancos, autoritarios, multimillonarios e hipócritas intimidados y sumisos que conforman el Nuevo Régimen?”, se pregunta la Hustvedt con rabia de mujer que pisará las calles nuevamente.
En un momento histórico en el que hemos ido desterrando la muerte a las afueras, en el que apenas si nos planteamos su sentido colectivo, tal y como bien nos ha explicado Ana Carrasco-Conde en su imprescindible ensayo La muerte en común, el libro de Siri Hustvedt es una invitación también a que la recuperemos como parte integrante de la vida. Quizás en su vindicación de los fantasmas, de manera muy próxima por cierto a lo que nos propone la sugerente película El sonido de la caída, dirigida por Mascha Schilinki, no haya sino un intento de, además de superar ese “estado de impotencia” que es un duelo, recomponer la vida y la muerte como parte de procesos que, religiones al margen, nos enfrentan a dos palabras que empiezan por la misma letra: fugacidad y fragilidad. Tres mujeres – una escritora norteamericana de orígenes noruegos, una pensadora española y una cineasta alemana – aliadas en la tarea de hacer corpóreas las palabras que tratan de captar nuestros irrefrenables deseos de volar.
Con unas imágenes casi cinematográficas – de los espacios, de las personas, de las emociones - , Hustvedt consigue que, más allá de la admiración de un lector devoto, como es mi caso, logremos sentir sus temblores, su pulso feminista, su pasión de mujer enamorada y hasta la ternura de abuela de un nieto, Miles, al que durante su enfermedad Paul escribirá unas cartas bellísimas para que las lea llegado el momento como memoria y raíz. Unas cartas que la abuela incorpora al libro y que avalan cómo la vida rima en esa única eternidad posible que tiene que ver con la sucesión generacional. De esta manera, estas historias acaba siendo también una celebración de los vínculos y de su papel de sostén muy especialmente ante esos momentos en que nos enfrentamos a nuestra humana vulnerabilidad.
Pese a un penúltimo capítulo en el que, tras la toma de posesión de Trump, y ante el panorama mundial, Hustvedt expresa su miedo y su impotencia ante el fascismo que avanza, Historias de fantasmas no es un libro oscuro ni pesimista. Nos lleva irremediablemente a la conclusión de que dichas historias son también “historias de amor” y de que los abrazos dados sanan y refuerzan. En esa suerte de diálogo sin fin que algún día recuperará Miles cuando sea capaz de leer las cartas de su abuelo.
Gracias a Siri, que al revés es Iris, he sido capaz de inyectarme en vena esa fuerza que echaba en falta cuando en las últimas semanas no he dejado de transitar por hospitales y consultas de médicos como acompañante, supuestamente sereno y entero, de quien, como Paul, ha empezado a vivir en Cancerlandia. La mejor noticia es que en septiembre, en ese mes que para mí todo renace al compás de los años que tienen mis alumnos y mis alumnas, Siri Hutsvedt estará en Córdoba, en la inauguración de una Cosmopoética que ha elegido como lema “inventar la alegría”. Una maravillosa oportunidad para celebrar que, pese todo, estamos vivos y bailando todos sobre tumbas. Y aunque, como afirma la escritora, “el amor no es suficiente”, aunque nos gusta pensar que zurce todas las heridas, siempre nos queda el consuelo de las palabras y el guiño de los fantasmas. Sabedores, al fin, de que “la realidad más dolorosa de este mundo no es amar a alguien y perderlo por la muerte, sino la incapacidad de amar”.
publicado en Diario Público, 20 de agosto 2026
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