Siempre que llega el mes de junio y compruebo que el Día del Orgullo, como lleva sucediendo desde hace algunos años, tiene más de celebración que de vindicación, pienso en cómo nuestra falta de memoria es parte esencial en la desactivación política de unos colectivos que parecen no haber aprendido todavía que las conquistas de derechos nunca son definitivas. Que los derechos humanos no son sino procesos de lucha por la dignidad que, en cualquier momento, pueden verse estancados o incluso sufrir una regresión, como bien nos demuestra la historia. Pareciera que nos hubiéramos conformado con una igualdad formal y con, en definitiva, asumir los patrones de comportamiento y las referencias de lo exitoso que una sociedad, todavía profundamente heteropatriarcal, nos vende como promesas de felicidad. Un contexto en el que fácilmente olvidamos cómo inciden en las vidas reales de las personas los condicionantes de clase, las comunidades culturales de pertenencia o las precarias expectativas que les ofrece un mundo que nos demuestra que la igualdad de oportunidades es una ficción.
Junto a la necesaria superación de unos condicionantes socioeconómicos que siguen lastrando las opciones vitales de los individuos, y que nos obligan a ser rebeldes frente a un sistema que nos quiere emprendedores salvajes y narcisistas volcados en el consumo, tenemos todavía pendiente la transformación de un orden cultural en el que al fin superemos la heteronormatividad, el binarismo de género y unos paradigmas construidos sobre las rigidices de sistemas excluyentes de la otredad. Para ello es fundamental que el sistema educativo incorpore de manera central y transversal una apuesta por mostrar la diversidad de lo humano y por recorrer todo los saberes desde esa mirada que evidencia que la normalidad no existe y que, en definitiva, todos somos monstruos. Para ello sería esencial que en cualquier materia se contara cómo los sujetos y los mundos por ellos creados han respondido siempre a pulsiones diversas, identidades nómadas y deseos que trataron de ser disciplinados por las religiones, la medicina o el Derecho. Ese rastro, que es como un hilo que conecta a quienes somos raros con el esqueleto y el nervio de quienes nos precedieron, puede acabar convertido en mecha imprescindible para nuestro ser político.
A ese proyecto, a día de hoy incompleto y me temo que solo abordado de manera voluntarista por una minoría, responde el último libro del profesor y escritor Ramón Martínez. Tomándole prestado el título a un verso de Luis Cernuda, Su fulgor puede destruir nuestro mundo, editado por la histórica e imprescindible Egales, es un recorrido de más de mil páginas por todo un relato, el de la disidencias sexuales, tal y como ha atravesado la literatura española, desde las jarchas medievales a las novelas juveniles de la actualidad. Más allá de la etiqueta LGBTIQ+, el libro es una compilación de silencios, sesgos y armarios, así como de voces, sobre todo de voces, que no formaron parte de la educación de muchos de esos raros que hoy habitamos un mundo más amable que en generaciones anteriores. Martínez nos ofrece, pues, una relectura de nuestra cultura, de nuestros imaginarios y de todo un universo articulado en torno a una lengua. La lectura de su libro nos permite leernos de otra manera, construir también comunidad expandiendo horizontes y eliminando fronteras, quitarles el polvo a los estantes de las bibliotecas y descubrirnos en muchas páginas que ningún maestro nos ofreció cuando éramos inicio.
Los placeres prohibidos sobre los que escribía Cernuda se vuelven, pues, en esta obra enciclopédica y necesaria en cualquier casa con vocación de biblioteca, y al revés, planetas terrenales en los que, al fin, conjurar el golpe de los puños o la amenaza de los barrotes. Un lugar para habitar, de la mano de tantas manos que se movieron para rimar versos o para inventar novelas, y en el que, ojalá, vayamos sustituyendo de una vez por todas la tolerancia por el reconocimiento.
PUBLICADO EN EL NÚMERO DE VERANO DE LA REVISTA GQ
Comentarios
Publicar un comentario