Hace unos días, la periodista y escritora Ángeles Caballero manifestaba en el Hoy por hoy de la Cadena Ser que “está a favor de los hombres que lloran y de los hombres que lloran en público”. Lo sentenció al hilo de una supuesta hazaña de Djokovic que, al parecer, se había pasado en una competición reciente más de cuatro horas jugando entre vómitos y lágrimas, lo cual fue calificado por algunos medios como un “patinazo”. No he dejado de darle vueltas a la afirmación de Caballero, la cual me remite a un estribillo muy repetido en los últimos años y que insiste en una suerte de revolución masculina consistente en contradecir el clásico “los hombres no lloran”. Un mandato que, por cierto, siempre fue traicionado en el ámbito deportivo, en el que ha sido habitual que los hombres lloren, expresen emociones y hasta compartan afectos de manera física, en una expansión liberadora frente al constreñimiento de una masculinidad que siempre nos exigió estar erectos y no mostrar ni un mínimo de vulnerabilidad. Es como si en el terreno de juego y en los vestuarios la homofobia implícita a la masculinidad hegemónica se relajara y permitiera que “lo femenino” nublara nuestra razón. Pero solo temporalmente, faltaría más. Lo de Ted Lasso es pura ficción.
No seré
yo quien ponga en duda la necesidad de que los tíos rompamos la jaula de la
virilidad, y con ella, nuestro estreñimiento emocional, lo cual nos ha de
llevar a territorios nuevos y placenteros que seguramente nuestros padres y
abuelos nunca disfrutaron. El problema es que reduzcamos a esa expresividad
emocional, o incluso a vivencias más corresponsables en los ámbitos personal y
familiar, la transformación pendiente de una masculinidad que nada tiene que
ver, a mi parecer, con las lógicas que muy inteligentemente está aprovechando
el mercado para vendernos deseos y productos con los que certificar una “nueva”
hombría. En este pack de vías para la felicidad, esa perversa felicidad que actúa como señuelo en el marco de un neoliberalismo
que nos quiere domesticados, han cobrado un especial protagonismo las emociones
y los sentimientos, de tal forma que pareciera que basta con ser tierno o
llorar en público, sin vergüenza, para dejar rotunda constancia de tu
compromiso antipatriarcal. Un horizonte alimentado por famosos e “influyentes”
que, en un supuesto nuevo imaginario, nos ofrecen a diario pautas y ejemplos de
cómo ser sensibles y de cómo dejar de pisar ese freno que durante generaciones
nos ha impedido quitarnos la coraza. Hombres que se abrazan, hombres que se
besan, hombres cuidadores, hombres
dubitativos, hombres llorones.
El enorme
riesgo de esta mirada tan reduccionista, y que me temo está siendo una jugada
maestra más de la férrea alianza entre patriarcado y neoliberalismo, es que
obvia la dimensión relacional que implica la perspectiva de género, centrando
en las transformaciones puramente individuales (y con frecuencia narcisistas)
la clave de una rebelión que necesita una mirada mucho más colectiva y
política. Todo ello, además, en un
contexto en el que cada vez es más frecuente encontrarnos con hombres que se
sienten víctimas de una sociedad igualitaria, que lloriquean ante la
imposibilidad de tener relaciones con mujeres y que se lamentan, en muchos
casos con nostalgia de los tiempos (supuestamente) superados, de esta nueva
realidad en la que nos las tenemos que ver con mujeres autónomas. Y no me
refiero solo a los extremos que representan los incels y demás sujetos
de la machosfera, sino a una amplia categoría de varones que, ante los cambios
en el orden de género que está suponiendo el abandono de las mujeres de su
histórica minoría de edad, son incapaces de asumir sus responsabilidades y de
cuestionar su papel en unos contextos relacionales, incluidos los más íntimos,
en los que ya no sirven las reglas que aprendimos de nuestros mayores. Ante la necesidad de un nuevo “pacto de
convivencia”, no basta pues con herramientas como la ternura y la empatía, que
por supuesto son siempre bienvenidas en todos los espacios en que tenemos que
dar el salto del “yo” al “nosotros”, sino que necesitamos una revisión radical
de los presupuestos sobre los que construimos las relaciones familiares, el
mundo del trabajo o el ejercicio del poder y la autoridad (tanto en lo público
como en lo privado). Todo ello pasa por cuestionar todas las proyecciones que
las lógicas de la masculinidad tradicional, basadas en el ejercicio del dominio
y en la ficción de omnipotencia, han ido tejiendo en ámbitos como los afectos,
la sexualidad o los proyectos de convivencia. De ahí que apelar a la ética del cuidado, otro
estribillo muy querido por las “nuevas masculinidades”, de poco sirve si esa
vindicación no asume un carácter republicano.
Ante este
horizonte urgente, vistas las amenazas que hoy se multiplican frente a lo que
pensamos que serían conquistas irreversibles de la igualdad, no creo que
necesitemos más hombres llorones y tiernos, por más que las lágrimas y la
ternura sean como ese cojín que nos hace mucho más agradable la siesta en el
sofá. Necesitamos hombres incomodados por las barbaridades y violencias que
genera la suma de patriarcado y capitalismo, varones dispuestos a replantear
las cláusulas del contrato y, en su caso, a hacer renuncias a una posición
ventajosa de la que disfrutamos por el simple hecho de haber nacido con un pene
entre las piernas. Ello pasa, sí o sí, por un compromiso político que ahora más
que nunca transmute la rabia que sentimos ante tantas injusticias, empezando
por las de género, en un proyecto civilizatorio humanista o, mejor dicho,
feminista. No creo que nuestras compañeras, que continúan sufriendo tantas
discriminaciones y violencias, necesiten a su lado hombres que lloren o que, en
el mejor de los casos, asuman su necesidad de terapia para liquidar al machista
que llevan dentro. Más bien lo que están pidiendo a gritos son hombres capaces
de conversar, de dar un paso atrás o de reconocer la equivalencia de quienes
tienen a su lado. Y, a ser posible, que hayamos hechas las tareas sin que ellas
tengan que reeducarnos.
Mientras
que sigamos entendiendo que un tipo como Djokovic, por el hecho de batirse en
duelo entre vómitos y lágrimas, representa una especie de héroe, no habremos
dado ni siquiera el primer paso para superar el orden sexista que nos habita.
Una tarea ardua y jodida que pasa por superar la masculinidad como estructura
de poder y como orden cultural que reproduce fielmente los (dis)valores que el
mundo neoliberal identifica con el éxito y la felicidad. Es decir, una enmienda
a la totalidad que requiere más compromiso político y menos lágrimas, menos
terapia individual y más responsabilidad centrada en lo común. O sea, más
feminismo.

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