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NOS VEMOS EN LOS PUENTES

 


Hace aproximadamente ocho años, y tomándole prestado un verso a Andrés Neuman - 
no concluirá la luna su mudanza, mientras que el sol no modifique sus costumbres

”- iniciaba mis colaboraciones en esta revista que, mes a mes, han sido para mí una especie de diario en el que he ido compartiendo todo aquello que bullía en la cabeza y en el corazón del hombre inquieto y disidente que soy. En construcción, siempre en construcción. Lo he hecho además en un período en el que nos hemos visto zarandeados por crisis de todo tipo, incluida una pandemia global, y en el que hemos asistido a un cambio de década caracterizado por los miedos, la incertidumbre y las lógicas reactivas. Han sido también los años de expansión de los feminismos y de apertura de debates en torno al sexo/género inimaginables no hace tanto. Una evolución que ha llevado a muchos hombres a dejarse llevar por el resentimiento y a buscar acogida en comunidades virtuales, al tiempo que la extrema derecha, cada vez más envalentonada, ha encontrado en los malestares masculinos una vía estupenda para canalizar rabia y movilización política. También quiero pensar que en este tiempo de remoción de paradigmas y reglas que pensamos eternos, ha habido hombres que han empezado a tomar conciencia de que, como apuntaba Neuman, la igualdad también es responsabilidad nuestra y ello pasa porque entendamos al feminismo no como un enemigo sino como una vía para desmontar esa suerte de armadura pesadísima que es la virilidad.


Ante tanta fatiga democrática, saturación de presente y un evidente desconcierto con respecto a la quiebra de mandatos que durante siglos nos marcaron la hombría como destino, necesitamos no solo aprender y desaprender, cuestionarnos e incomodarnos ante el reto que supone habitar sociedades igualitarias, sino también movilizarnos, comprometernos públicamente, activarnos también desde lo afectivo. No basta con asumir la corresponsabilidad en lo privado, o con expandir unas paternidades presentes, o con reubicarnos en territorios como la sexualidad en los que asumimos lógicas de control y posesión. Ha llegado la hora, compañeros varones, de romper con esos pactos, explícitos e implícitos, que nos mantienen como sujetos dominantes, como también es el momento de movilizarnos y de expandir, en todos los espacios en que nos desarrollamos, prácticas y actitudes antipatriarcales. Tenemos que levantarnos del sofá y asumir riesgos, renuncias y aprendizajes que atraviesen nuestros cuerpos. Y, muy especialmente, tenemos que pensar y articular, todas y todos, en conversación felizmente democrática, propuestas focalizadas en lo común, en los vínculos, en la naturaleza interdependiente que como humanos nos iguala en fragilidad. Porque solo desde lo común será posible el

Me gustaría, pues, cerrar esta etapa en GQ, con ese hilo de esperanza, con el ánimo positivo de quien sigue creyendo en la capacidad movilizadora de las palabras y la cultura, con la expectativa dubitativa pero constructiva que supone siempre apelar a la imaginación creadora y a la utopía. Convencido, además, como canta Drexler en una de sus últimas canciones, que no nos queda otra que tener la valentía de tender puentes y de atravesarlos. Justo ahí reside el futuro. Ese espacio y ese tiempo en el que espero encontraros como soles que por fin han mudado sus costumbres.


Artículo publicado en el número de Septiembre de 2026 de la revista GQ.

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