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LUZ CASAL O CÓMO SER SIEMPRE EL ROJO DEL AMANECER

Yo tenía una tía que se llamaba Luz y que desgraciadamente murió justo con la edad que yo tengo ahora mismo. A mí tía Luz, de la que tanto aprendí y que ahora continúo sintiendo como una hada madrina que me cuida,  le gustaba mucho Mari Trini, esa mujer tan singular que poco tenía que ver con los años que le tocó vivir y que deberíamos redescubrir como ejemplo de talento y autonomía. El pasado viernes, en el Teatro El Silo de Pozoblanco, otra Luz,  Luz Casal, cerraba la primera parte de su concierto homenajeando a Mari Trini con una bellísima versión de sus Amores. En esa especie de oleaje que es un concierto de la asturiana, yo sentí que de alguna forma el círculo se cerraba, y no para concluir una historia, sino para continuar girando. Como ese estribillo al que siempre vuelves y en el que, música mediante, siempre habita una parte de nosotros. Dos luces, tres mujeres, aprendiendo a vivir en cada estación. Desafiando al vértigo de los días.
He disfrutado muchas ocasiones de los directos de Luz. La primera, cuando apenas era un adolescente, en aquel año en que triunfó con su Rufino que todavía hoy sigue haciéndonos bailar. En todos sus conciertos ha tenido la capacidad de sorprenderme, de hacerme sentir que estaba viviendo una experiencia única y de posibilitar, cosa que solo sucede con las artistas de verdad, que en ese par de horas mi pecho se va haciendo cada vez más grande, como si tuviera necesidad de acoger dentro todas y cada una de las estrofas que la intérprete de Piensa en mí  hace suyas con todo su cuerpo. Un milagro que solo es posible desde quienes entienden el arte desde la generosidad y el compromiso con el público, con ese “respetable” que solo es respetado cuando se le ofrecen miles de puentes para vivir la singular comunión que provocan las canciones.
Vestida como si fuera una especie de ave frondosa, de pájaro que renace de las cenizas y que está dispuesta no solo a recorrer todos los cielos, sino también a llevarnos a nosotros a ellos, Luz Casal inicia más de dos horas y media de superlativa entrega recorriendo todas y cada una de las canciones que componen su más reciente trabajo, Que corra el aire. Un trabajo en el que la cantante de voz honda cuando canta y susurrante cuando habla vuelve a demostrar que desde la serenidad es posible seguir haciendo temas que se cuelen por nuestros oídos y, casi sin que les demos permiso, nos atrapen. Y todo ello con una variedad de registros que solo una mujer como Luz es capaz de dominar sin resultar artificiosa ni entrometida. Desde el ritmo más potente de la canción que le da título al álbum hasta esa joyita que eriza la piel y que está dedicada al pequeño Lucas, pasando por la Morna rescatada de Cabo Verde, o por la canción que dedica a su padre. Todo ello sin olvidar el optimismo que ella sabe contarnos como nadie – Días prestados – ni ese punto de bolero que no puede faltar en una mujer que ya nos demostró hace tiempo que lo suyo es la pasión de verdad – Quise olvidarte.
Acompañada por cinco músicos impecables, y arropada por un diseño de luces que la envuelve sin anularla y que es como el papel de regalo perfecto para la joya que se nos ofrece, Luz aparece en la segunda parte como si fuera una colegiala vestida de fiesta. De nuevo con plumas, como quien no quiere olvidar que en su alma de pájaro residen siempre las ganas de volar. Algo que ella hace, que consigue que nosotros hagamos, gracias a sus canciones.  De su mano hacemos un paseo por sus recuerdos que ya son nuestros y nos sentimos llamados a levantarnos de las butacas para bailar sus amores locos, a lamernos las heridas cuando canta absolutamente desgarrada Te dejé marchar o a vivir una especie de cuento naif cuando cantamos por ella Un nuevo día brillará. Con Luz es imposible no ver ni ser el sol al amanecer.
Luz Casal, que hace ya tiempo demostró todo lo que tenía que demostrar y que hoy lo único que hace es confirmar que sobre el escenario es la más grande, ha vuelto a dejarme claro que es lo más parecido a una diva que tenemos en nuestro país. Una diva en el sentido de presencia arrolladora, de magnetismo que solo es patrimonio de algunas, de elegancia que ella lleva al máximo cuando casi después de dos horas agotadoras aparece vestida como una dama que solo necesita un buen piano, o una afinada guitarra, para rompernos el alma. Es entonces cuando vemos aparecer la Dalida o la Mina que habitan en su corazón coraza de asturiana  vulnerable. Un vestido negro, una flor roja, un cuerpo frágil que es paradójicamente volcán, y los versos que salen de la garganta pero que se hacen voz gracias a su manos, a su cabellera ahora felizmente larga, a sus brazos de amazona curtida y a sus pies de caminante que a la que a estas alturas parece no importarle nada el circo en que vivimos. La que es capaz de reivindicar su derecho a discrepar, a tener voz propia, aunque eso la convierta en enemiga de feministas que parecen optar más por la sanción que por la seducción. La que, como Mari Trini, como mi tía Luz, hace tiempo que nos lleva diciendo eso de que ellas no son esas que tú te imaginas.

Publicado en Diario Público, 13-5-2018:
http://blogs.publico.es/otrasmiradas/13527/luz-casal-o-como-ser-siempre-el-rojo-del-amanecer/

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