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MUJERES QUE SUFREN, HOMBRES QUE MIRAN

Dos mujeres, la Naturaleza, el dolor, madre e hija, el pasado y un presente sin futuro, los silencios, un abrazo. Una taza que vuela, heridas, la ventana congelada. Los hilvanes de una vida en el aire, suspendida, como si se hubiera subido a la copa de un árbol y hubiera hivernado allí, la nieve, la leña húmeda, las cicatrices. En La enfermedad del domingo todo parece medido por unas manos, y por una mirada, que saben de la existencia de unos hilos invisibles que unen al ser humano con lo más profundo de la Naturaleza. Esta historia de dos mujeres que, tras años de sequía, comparten diez días en los que podría resumirse una vida entera, parece gélida a primera vista, pero está llena de explosiones, de sangre que mana, de furia contenida. La aguja siempre fría de la culpa, el femenino dolor de quienes están llamadas a cuidar. Ramón Salazar, que hace años me deslumbró con sus Piedras, una de las películas más intensamente dramáticas y luminosas a un tiempo de nuestro cine, ha tejido un guión primoroso y lo ha rodado con el ritmo sosegado de quien fotografía lentamente la realidad, sin la pulsión propia a la que nos llevan hoy las cámaras digitales de nuestros móviles, con la complicidad de quien no solo observa a sus criaturas sino que también las comprende.

El milagro de esta película, que nos habla de enfermedades que no tienen remedio y de otras a las que solo remedia la muerte, es posible gracias a dos actrices que no interpretan sino que encarna a las dos protagonistas. Susi Sánchez, tan majestuosa y poderosa, pero finamente tan frágil, y Bárbara Lennie, cuya mirada nos expresa el más brutal de los desamparos, convierten en cuerpos vivientes a Anabel y a Chiara. La dotan de una fuerza que no solo traspasa la pantalla sino que también las une con el bosque, con la montaña, con la nieve. Con la Naturaleza en las que ellas son animales heridos.
Todo en La enfermedad del domingo es impecable. Su belleza es desarmante. Su aparente frialdad, que al principio puede descolocar al espectador, se transforma paulatinamente en fiebre. La leña se va despojando de la humedad acumulada por el tiempo y finalmente es posible encender el fuego. Sin embargo, vivida la historia, no puedo evitar en mi butaca una rebelión contra lo que tan habitualmente me cuentan el cine, la literatura, la vida.  Tanta historia de mujeres sufrientes, de madres culpabilizadas, de hijas sin rumbo, de remordimientos femeninos y exámenes de conciencia. De mujeres que lloran y mueren anticipadamente, mientras que ellos, los hombres de sus vidas, parecen continuarlas sin sentirse interpelados. Radicalmente autónomos y gozosos. Como si las dependencias y los vínculos emocionales no fueran con ellos. Los hombres que parecen tutelar a un personaje aparentemente tan poderoso como Anabel – ese marido hiperprotector, esa vigilancia continua, esa tutela del diligente padre de familia – y que parecen no sentir con la misma intensidad las ataduras que supone tener una hija – ese padre de Chiara que contempla desde la distancia el dolor, sin mojarse, sin sentirse agredido. Tan tranquilo.

Me ha fascinado formalmente La enfermedad del domingo, creo que sus actrices merecen todos los premios, pero empieza a hartarme un imaginario en el que ellas parecen haber venido a este mundo para sufrir, para cargar con las culpas que nosotros eludimos, para vivir la maternidad como una carga que las condiciona de por vida. Pura Naturaleza, las idénticas, las que han nacido para parir, cuidar y llorar.  Enfermas, enfermeras, agónicas. Mientras que nosotros seguimos administrando los tiempos y los espacios. En fin, el relato de siempre. Ellas contempladas por un creador masculino con misericordia.  Culpa, redención, misericordia. Así se cierra el círculo de los cautiverios femeninos.

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