Dos mujeres, la Naturaleza, el dolor, madre e hija, el pasado y un presente sin futuro, los silencios, un abrazo. Una taza que vuela, heridas, la ventana congelada. Los hilvanes de una vida en el aire, suspendida, como si se hubiera subido a la copa de un árbol y hubiera hivernado allí, la nieve, la leña húmeda, las cicatrices. En La enfermedad del domingo todo parece medido por unas manos, y por una mirada, que saben de la existencia de unos hilos invisibles que unen al ser humano con lo más profundo de la Naturaleza. Esta historia de dos mujeres que, tras años de sequía, comparten diez días en los que podría resumirse una vida entera, parece gélida a primera vista, pero está llena de explosiones, de sangre que mana, de furia contenida. La aguja siempre fría de la culpa, el femenino dolor de quienes están llamadas a cuidar. Ramón Salazar , que hace años me deslumbró con sus Piedras, una de las películas más intensamente dramáticas y luminosas a un tiempo de nuestro cine, ha tejido...
Cuaderno de bitácora de Octavio Salazar Benítez