Para Fernando y Amelia, por cantar y bailar conmigo todos los días...
La belleza, la maravillosa composición de Aute, es una de esas canciones que me ha acompañado durante décadas. Desde que siendo casi un adolescente me la descubriera mi tía Mª Luz, la que se fue a otra galaxia escuchando precisamente las canciones de su cantautor favorito. Escucharla anoche, con la voz acariciadora de Rozalén, justo cuando mi vida atraviesa una pradera inmensa, fue como un ejercicio de nutrición. De recomposición de las muchas piezas del puzzle que andaban por ahí desordenadas. La banda sonora de un invierno que es primavera. De un presente que me gustaría que fuera para siempre mi futuro. El del amor, el de la serenidad, el de los campos sin vallas.
Si alguna palabra me puede servir para definir lo que viví anoche escuchando a Rozalén es justo esa, la belleza, pero en un sentido más humano y menos formal, en su acepción de emociones jugosas y sentimientos que en vez de atar enredan y susurran. Efecto multiplicador de la humanidad que huye de las espadas y teje tapices. La voz de esta mujer empoderada representa todo lo contrario a lo que nos vende la música que está de moda, incluidos esos chicos cantautores tan monos que reproducen con barba de algunos días todos los mitos del amor romántico. Rozalén también le canta al amor, pero lo hace desde la inteligencia, desde el dominio de sí misma, desde la libertad y frente a las ataduras. Desde las tripas es capaz de decir ahí te quedas, el amor se acabó y no voy a sufrir por eso. Y además lo hace con alegría, con chispa, con luminosidad. Incluso cuando tiene que contar algo profundo y triste lo llena de vida. No suena a queja, ni a canción protesta. Suena a esa herramienta que los humanos tenemos para exteriorizar y hacer compartidas nuestras emociones.
Anoche, con Rozalén, y entre amigas y amigos, personas por las que merece la pena alzar la persiana cada día, recuperamos la fe en las palabras que suman, en las ciudades que nos acogen, en los abrazos que nos reconfortan. En un mundo en el que vemos tantas cosas que nos hieren, sigue quedando hueco para los artistas, para los amores en tierras extrañas, para las chispas y las pasodobles, para las verdades compartidas y el ahora convertido en presente cálido. Rozalén transmite, sin artificios, sin necesidad de grandes montajes, con la sinceridad de quién cree en lo que hace y cómo lo hace, ese reguero tan inaprensible de nervios y raíces que acaba haciéndonos seres únicos. Enemigos de la guerra y de su barbarie, de las chicas - y chicos- tontas - y tontos -, de los versos que no huelen y de la comida que nos venden enlatada.

ROZALÉN, Sala Simbala, Córdoba 12 de diciembre de 2015
Emotivo, y hermoso...
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