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KATHIE, ANA Y EL CIELO DE PARÍS

Las fronteras indecisas
Diario CÓRDOBA, 5-1-2015

Necesitamos inventarnos y reinventarnos. Jugar con la memoria y reconstruirla. Todos acabamos siendo novelistas que armamos un guion sin el que nos sería muy difícil sobrevivir. Esa necesidad de ficción es mayor cuanto más férreos son los barrotes de la jaula.
De ahí que esa necesidad de reescribir desde la ficción una historia propia la hayan experimentado siempre de manera especial las mujeres. Sobre todo porque durante siglos fueron educadas para vivir por y para los demás, para negarse constantemente la autonomía y así, bajo la cobertura del amor que se suponía daba sentido a su existencia, vivían la farsa de matrimonios y familias. La representación sublime de un orden romántico y social en el que ellas siempre tuvieron tasados sus papeles: amante esposa y dulce madre o bien, si fracasaban en el rol diseñado para ellas, virginales hijas de Dios, putas o brujas. Condenadas a la hoguera si usurpaban los territorios masculinos.
Kathie es una de esas mujeres. Una señora de la alta sociedad limeña que en una buhardilla de París recrea sus viajes, reales e imaginarios, con la ayuda de un escritor a sueldo que le servirá como espejo. En él se enfrentará a la imagen de una mujer fracasada en su intento de tomar las riendas de su vida, como también lo fue toda una generación que pensó que desde los principios y las convicciones sería posible cambiar el mundo. París, la Francia de los derechos, la revolucionaria e ilustrada, la playa bajo los adoquines, la política como sueño. Lo personal es político. Y Kathie, hermosa Kathie, sin haber leído a Simone de Beauvoir.
Esa historia de sueños frustrados, traiciones y deseos frustrados es la que nos cuenta la obra de Vargas Llosa que Magüi Mira ha tenido el acierto de convertir en un preciso juego escénico. Las mujeres y los hombres que vemos en el escenario son seres que más que andar, danzan, subrayando así su carácter radicalmente humano y mostrándonos por tanto que la vida es una resbaladiza sala de baile en la que, aun sin saber, nos toca hacerlo solos o en compañía de otros. Ha logrado la directora, con la impagable ayuda de dos actores y dos actrices en estado de gracia, que el autor sea invisible y que el protagonismo sea de los sueños, deseos y traiciones de unos seres que también tienen que ver mucho con nosotros mismos. Porque esa buhardilla de París, a la que ubicamos en el terreno de las ilusiones gracias a las canciones que Ana Belén/Kathie nos regala como si abriéramos una caja de música, bien puede representar no solo la jaula de la protagonista sino también la de cualquiera de nosotros. Ese espacio en el que creemos sentirnos a salvo de los peligros y más cerca del cielo, pero en el que resulta imposible huir de nuestro peor enemigo que somos nosotros mismos.
Quizás no haya mejor manera de inaugur el año que disfrutando el próximo sábado de Kathie y el hipopótamo, la obra que volverá a demostrarnos que somos seres necesitados de ficción. Dejándonos llevar por esa cómica tan seductora que es Ana Belén, con la que es imposible no sentir que París continúa siendo la metáfora de tantos sueños cuando la escuchamos cantar vestida como una Audrey Hepburn de la calle del Oso. Cuando nos demuestra que es sobre el escenario donde saca lo mejor de sí misma y brilla con la luz que solo atesoran las más grandes. Esas mujeres que son capaces de encarnar todos los vicios y todas las virtudes y de mostrarse tan vulnerables como inmensas. Las que, como hadas que interpretan los versos de la ficción, son capaces de llevarnos al bosque posible de lo imposible. Ese que en el teatro hace árboles con las palabras y en cuyas ramas, como si fuera una nube blanca, muy blanca, sentiremos como Ana se hace Kathie mientras nos descubre que el secreto está en escribir menos y vivir más.

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