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FUNDAMENTALISMOS

En los últimos años hemos asistido, para algunos como yo con una cierta sorpresa e incluso temor, a un renacimiento de los fundamentalismos religiosos. Cuando podríamos pensar que los procesos de secularización, al menos en el mundo democrático occidental, se habían consolidado, el final del siglo XX nos deparó el crecimiento lento pero sin pausa de visiones extremas, políticamente interesadas en muchos casos, de las creencias religiosas. Un proceso que no solo se ha experimentado en el contexto del Islam, al que desde Occidente hemos convertido en chivo expiatorio de muchos de nuestros males, sino que también por ejemplo se recrudece en determinados ámbitos del cristianismo. La historia que nos cuenta "Camino de la cruz" es precisamente una muestra de cómo desde determinadas interpretaciones las religiones se convierten más en una soga que un camino de liberación, sobre todo cuando anteponen la inflexibilidad de los dogmas al potencial creativo y diverso que atesora el alma humana. De esta manera, la experiencia de lo divino olvida todo lo que de luz debería haber en ella para optar por el mundo de las sombras. 

María, la protagonista de la película, es una chica de 14 años que vive encerrada bajo el clima opresivo y estricto de una familia que sigue al pie de la letra los dictados de la sociedad de San Pío X, un grupo fundamentalista católico que surgió como reacción frente al avance aperturista que la Iglesia Católica experimentó con el Concilio Vaticano II. Con muchos paralelismos con otro Camino, la impresionante película que hace unos años dirigió Javier Fesser sobre una niña también "abducida" en ese caso por las promesas de santidad del Opus Dei, la cinta nos va introduciendo de manera contundente, realista, sin artificios, en el proceso que va haciendo que la adolescente renuncie a su vida y lo contemple todo desde el horizonte del sacrifico. Todo ello, como también sucedía en la película de Fesser, alimentado por una madre empeñada en el cumplimiento estricto de unas normas morales que mal casan con la modernidad que María recibe a través de la escuela o de sus compañeros y compañeras. En este sentido, resultan muy significativas las alusiones a determinadas músicas como satánicas o el conflicto que María vive en la clase de educación física en su colegio, un conflicto que nos recuerda a algunos que recientemente se han producido en el ámbito escolar en países donde cada vez es mayor la diversidad cultural y religiosa.

El mayor acierto de esta película es contarnos la historia de María de manera absolutamente desnuda, sin hipérboles ni excesos dramáticos. Dividida en catorce episodios, las estaciones del vía crucis, rodados como si se trataran de escenas teatrales, la película nos va generando desasosiego, inquietud, amargura incluso. Hace que no solo nos resulte difícil de entender una visión tan extrema de la experiencia religiosa sino que también nos incomoda ante los peligros que ella supone para la dignidad del individuo. En este caso, nos inquietamos y nos rebelamos ante el sufrimiento que arrastra la joven María, por más que ella crea estar en directa conexión con dios.  Es decir, Camino de la cruz nos muestra como sin el objetivo de la liberación, que acaba convirtiéndose en una ética, la religión degenera en una prisión dolorosa para el individuo y en una amenaza peligrosa para los demás. Un camino que conduce a la muerte pero difícilmente, entiendo, a la resurrección. 


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