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Y GAEL BAJÓ DEL CIELO

Un cuento para acabar el año


Gael no llegó en un jet privado, ni siquiera en el AVE.  Lo hizo en un autobús de esos que recorren los pueblos de la península y en los que es mejor olvidarse del sentido normal del tiempo. Gael llegó en un autobús de cuyo maletero ladraba un perro que no quería sentirse como una maleta. Lo hizo cuando ya era de noche y  los perfiles empezaban a confundirse con las luces estridentes de la feria navideña que siempre huele a buñuelo y a algodón de azúcar. 

No lo imaginaba tan poquita cosa, tan delgado y ligero. Casi imperceptible en la noche de los santos inocentes. Apenas un suspiro que vino escuchando música, no sé si de Iron Maiden, Morricone o la última lista de los 40. Todo en él, tal y como me habían sugerido sus palabras, era algo desconcertante, escurridizo a veces, como si hubiera en su presencia algo de irrealidad. Parecía flotar más que andar y fue complicado al principio captar si lo que decía era la traducción del último estribillo que había escuchado o toda una declaración de intenciones. 

Sólo me atreví a mirarlo fijamente mientras se tomaba una manzanilla con la que aliviar los efectos de la resaca del día anterior. Al descubrir con detalle su rostro esa sensación de liquidez, de algo que se escapaba y que no lograba atraparlo, desapareció casi por completo. Su amplia sonrisa, a veces más cerca del diablo que de un ángel, se superponía a los silencios, era capaz de arrasar con las dudas de siempre, batallaba entre las incógnitas como si se tratara de una heroína frente a la que era imposible usar algún tipo de coraza.  Cuando lo miraba se transformaba en una especie de ser alado, mucho más fuerte que lo que su apariencia daba a suponer, casi un duende venido de otro mundo para recordarme, como en un cuento de Dickens, que en la vida siempre son posibles las sorpresas.

Aunque ya conocía la ciudad, fue como si juntos la recorriéramos por vez primera. Casi una desconocida entre tanta luz empalagosa y  la bulla que arrasaba las calles como si se acercara más el fin del  mundo que del año. Recuerdo que durante un tiempo, bastantes minutos, Gael parecía negarse a mirarme a los ojos. Como si temiera ser descubierto en su última travesura o como si creyera que aquello supondría romper el hechizo.

Hubo un antes y un después del anillo o, mejor dicho, de los tres anillos. No es que yo haya sido nunca un apasionado de Tolkien, pero aquella noche fueron tres anillos que parecen uno los que sirvieron para tender un puente. Quizás el que a mí me costaba más trabajo recorrer y el que sin embargo debía ser el tema cero de la asignatura que ambos teníamos pendiente. Me gustaría haber grabado en aquel momento el rostro de Gael y haberlo visto luego en flash-back, a cámara lenta, para captar todos los matices que dijo con sus ojos, con su boca y hasta con su nariz. Porque Gael habla más con su rostro que con palabras. A pesar de mis miedos, sentí que aquel momento suponía  la apertura de una puerta a un lugar más espacioso, cómodo, cálido, en el que ambos empezamos a bajar un tanto la guardia y descubrimos que al final compartíamos heridas. Aunque yo no tuviera un gato al que le gusta ver la tele ni él un régimen de gananciales que disolver. En aquel momento me sobraron el bacalao, los kikos y el arroz salvaje.

Cuando salimos de nuevo a la calle el viento frío parecía haberse calmado o, al menos, es como si los dos hubiéramos dejado de sentir el hielo que temíamos se alzara como una muralla entre su confusión y mi asombro. La ciudad estaba entonces más solitaria y amable. Volvía a ser el escenario capaz de sugerir y seducir.  Aunque a nosotros empezaron a sobrarnos las calles y las plazas. Es como si hubiéramos entrado a través de un pasadizo en un mundo en el que los demás ya no existían. En el que los otros apenas eran el eco de unos zapatos de tacón por la calle.  "American History X" y un debate en La Sexta sobre el aborto. Horror de planeta. Unos pies grandes en el sofá y una sonrisa de mendigo feliz comiéndoselo todo. Delgadez de brazos de poeta y mirada oblicua de rufián entre bambalinas.  

A partir de entonces, y como por arte de magia, los relojes se pararon, como si el tiempo en sí hubiera dejado de existir o, mejor dicho, como si solo el presente tuviera validez. La noche dejó de ser noche y ni siquiera sé cuando se convirtió en madrugada porque habitábamos un mundo como el de Alicia, en el que poco a poco fuimos recorriendo los recovecos y dejando de ser dos extraños. Calvin Klein, un vaso de agua, "me molesta la luz". Apenas tres puntadas de hilo en una sábana sin coser, tela larga en la que enrollar y desenrollar cuerpos, como en un laberinto sin luz en el que sólo el tacto nos permitía ir encontrando las salidas. Salidas que nos llegaban a otro laberinto aún más complicado, más caliente, más enrevesado que el anterior. 

Los ojos de Gael mirándome desde arriba, como si fuera un centinela en una torre o un cazador que sabe que no tendrá que disparar para tener la presa bajo su cobijo. Ojos mitad de ángel mitad de demonio. Aunque en su espalda no descubriera ni una ligera protuberancia de la que pudiera salir algo parecido a unas alas. Los tres anillos rotos y un gato maullando en algún lugar. Después, los viajes. Recorrimos en no sé cuántos minutos varios países e incluso continentes. Lugares de la memoria y del futuro. El París por descubrir y la Sicilia salada. El resto fue noche acompasada por unos dedos de pianista que no me atrevía a soltar.

Gael salió del sueño con los mismos grandes auriculares que llegó y con un libro en el que llevaba escrita una dedicatoria violeta. Lo hizo después de desayunar con Campanilla y de volver a a taladrarme con sus ojos de alumno inquieto. Entre palabras dichas con la voz tierna que sólo es posible encontrar lejos del ruido de las ciudades. Un fauno, un duende, un animal del bosque convertido en hombre que no abre regalos que pueden herirle.

Gael cogió el autobús en el mismo lugar en el que menos de 24 horas antes llegó, como en la canción de Sabina y Ana, con su espada de madera y zapatos de payaso a comerse la ciudad. Y lo hizo como quien plancha con delicadeza, y aunque a él no le guste, una camisa de seda que tal vez alguien le regale para el día de su santo, o para Reyes, o para su cumpleaños. Una camisa con tres mangas para un cuerpo de adolescente rebelde, al que queda tanto por leer, tanto por viajar, tanto por amar... Aunque no sea consciente del todo de la libertad que en la vida supone poner un punto y final a tiempo.

Cuando Gael se esfumó, como si el hechizo se hubiera roto, el sol brillaba en la ciudad. Todavía no olía ni a buñuelos ni a azúcar rosada. No hacía frío. Entonces volví a mirar el reloj y, para consolarme, me puse el pijama de niño pijo. Feliz porque había descubierto que la Navidad no habita en El Corte Inglés y que, como bien me temí desde un principio, no era nada casual que Gael rimase con Manuel.



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