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EL BUEN AMOR

Las fronteras indecisas
Diario Córdoba, 25-11-2013


Nos han contado tantas veces el cuento del príncipe azul y de la mujer que lo espera que hemos llegado a asumir como parte de nuestro orden cultural que el amor romántico es el ideal que todavía hoy condiciona las expectativas de muchas mujeres. El horizonte que termina por dar sentido a sus vidas, la meta que si no es alcanzada las convierte en fracasadas. La fábula que les seguimos contando a nuestras hijas y el sueño que sigue forrando las carpetas de nuestras adolescentes. Mujeres, hombres y viceversa. El amor entendido como posesión, como entrega absoluta, como negación de la individualidad. "He aquí la esclava del señor". Ahora las cadenas son el whatsapp, el facebook, el email. Los celos el perfume que sigue embriagando. All you need is love.
La mujer sumisa y el héroe dominante. La oración ideal para muchos obispos a los que tal vez habría que empezar a aplicarles rigurosamente el Código Penal. Ellos quieren ser como Mario Casas y ellas como María Valverde. Y estar tres metros sobre el cielo, donde los insultos o las amenazas parecen no escucharse, donde la dependencia se vive como una alucinación cuya intensidad es proporcional al corto de la falda que el novio no tolera en su pareja. "Dónde estabas que no cogías el teléfono", "cómo se te ocurre salir sin mí", "mira que te he dicho que no me gustan esas amigas que tienes". En busca de la media naranja, del complemento que al fin las haga perfectas, aunque ello suponga al fin sentirse atadas al que da sentido completo a la vida. Es decir, el amor como vehículo de plenitud vital y no la vida en libertad como condición desde la que es posible el amor. El de verdad, el que no duele, el que no hiere, el que no hace llorar, el que no mata.
Seguimos contando con tanta insistencia el cuento de la bella durmiente en una sociedad todavía patriarcal que no deberían extrañarnos los datos de los últimos informes que revelan el incremento alarmante de la violencia de género o el acoso entre adolescentes. Algo que a los que trabajamos a diario con jóvenes no debería sorprendernos porque llevamos tiempo constatando el evidente retroceso que en materia de igualdad se ha experimentado en las nuevas generaciones. Hasta el punto que no es infrecuente encontrar en ellos, pero sobre todo en ellas, no solo discursos sino también comportamientos que muchos creíamos desterrados. Ellos y ellas son el más dramático ejemplo de la era posmachista en la que nos estamos instalando. La que además jalean políticos liberales, tertulianos sabelotodo y jerarcas dogmáticos que se resisten a admitir que no es merecedora de tal nombre una democracia en la que la mitad no goce de las mismas oportunidades y del mismo nivel de autonomía. Y que el modelo continuará imperfecto mientras que los hombres no reconstruyamos nuestra subjetividad de machitos omnipotentes y mientras que no revisemos nuestras relaciones afectivas y sexuales con las mujeres. Es decir, mientras que no sustituyamos el amor romántico, que como el machismo mata y duele, por el buen amor que en vez de atarnos nos dé alas y nos permita reconocernos, a unos y a otras, como naranjas completas y no como seres a la deriva en busca de la mitad que nos falta.

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