Ir al contenido principal

PASTORA, 2

La ciudad está llena de secretos. De lugares semi-ocultos que a mí me gustaría que siguieran así, íntimos, recónditos, casi inaccesibles. Espacios en los que el tiempo se vuelve líquido y en los que la vida parece deslizarse con la belleza sinuosa de quién se sabe poseedor de las riendas. 

La ciudad, a veces tan melancólica y puñetera, es como un mapa del tesoro en el que uno necesita seguir las huellas de piratas anteriores. O de niños que parecen escapados del País de Nunca Jamás. Sólo ellos son capaces de encontrar el sendero. Sólo de su mano es posible incluso en diciembre encontrar paredes blancas y árboles que huelen a primavera.
 El paraíso habita en la ciudad. No en la oficial ni en la eterna candidata. Ni por supuesto en la que parece necesitar las bendiciones de la UNESCO para reconocerse. El paraíso reside en las calles por las que me gusta perderme, tras los portones de madera que hacen ruido de cuento al abrirse, en el rumor sureño del agua que apenas se oye. Tímida belleza que, sin embargo, mantiene el orgullo de la aristocracia venida a menos.

Me gusta caminar por el barrio de San Agustín y llegar hasta la calle Pastora. En primavera y en invierno. Me gustaría alquilarle a Rafa Barón un metro cuadrado de su patio para construirme en él una torre desde la que divisar el cielo, la ciudad, el río a lo lejos. Hasta que ese sueño se haga realidad, me conformo con entrar en su casa como quien abre la puerta de un cuento antiguo y siente el polvo del tiempo en los dedos al pasar las páginas. Y así, una vez dentro, sentirme como un caracol dorado capaz de recorrer todas las hojas de las macetas. Y olvidarme de todo lo que se queda afuera. En la ciudad pedregosa. 

En Pastora, 2 la vida huele a alhucema y a esos perfumes que tanto me recuerdan a la patria de mi infancia en la que mi abuela Carmen removía, para que no me diera nunca frío, el brasero de picón. 







Comentarios

Entradas populares de este blog

HOMBRES REVOLUCIONADOS

Si el XX fue calificado como el siglo de las mujeres, no tengo duda de que el XXI merece ya el título de siglo del feminismo. No creo que haya una propuesta emancipadora tan ilusionante y global como la que reclama la superación de un orden, el patriarcal, y de la cultura en la que se apoya, y que no es otra que el machismo. Una propuesta, teórica y vindicativa, que justamente ahora nos interpela de manera singular a los hombres. Es decir, a esa mitad de la Humanidad que nunca antes estuvo tan desorientada y desubicada ante la imparable revolución de la otra mitad. Es innegable que la progresiva conquista de autonomía por parte de las mujeres está provocando en algunos hombres, me gustaría pensar que los menos, una actitud reaccionaria, la cual los lleva a situarse a la defensiva, celosos de sus privilegios y de un lugar que saben que ya nunca volverán a tener. De ahí que un machismo cada vez más beligerante, y amparado en fratrías de machos que se resisten a perder su hegemonía, esté…

EL MONSTRUO CON PENE Y LA MUDA ENAMORADA: por qué no me ha gustado LA FORMA DEL AGUA

La última película de Guillermo del Toro, que parece destinada a ser la gran triunfadora de los Oscars y que parece haber puesto de acuerdo a crític@s de cine tan dispares como Pilar Aguilar y Carlos Boyero, a mí me parece un producto perfectamente fabricado para su disfrute en la “era Trump” y para que el espectador lo contemple como un ejercicio de limpieza de conciencias frente al mundo tan horrible que nos ha tocado vivir. En esa línea creo que entronca perfectamente con esa cursilada llamada La la la land y cuyo éxito apabullante todavía no he logrado entender. Es decir, La forma del agua se dirige a las emociones más superficiales, esas que no requieren un esfuerzo singular por parte del que las recibe y que permiten salir relajados del cine, como quien se ha reconciliado con una parte de su humanidad que creía olvidada y aunque luego, casi inmediatamente, continuemos enrolados en este mundo cínico donde la único pasaporte hacia el éxito parece ser el “sálvese quien pueda” o, co…

MIRARME EN CÁDIZ

Mirarme en Cádiz es lo más parecido a arrancarme la piel a tiras y dejar que las vísceras hablen por sí solas. Hacer un ejercicio de memoria con el que domesticar la melancolía. Aprender que la vida se alimenta de pequeñas sacudidas. De esos pequeños terremotos, casi imperceptibles, que nos descolocan las piezas y hacen que, al despertar, tengamos la sensación de haber dormido en otra cama.
Mirarme en Cádiz es reconciliarme con lo que un día fui, con las manos que me cuidaron y me arroparon, con la ternura que solo cabe en un guiso materno y, por qué no, en el orgullo viril de un padre que antes lloraba más con las películas que con la vida.

Mirarme en Cádiz es sentir, como si fuera la primera arena en la piel de un recién nacido, el latido impagable de las mareas. Las costumbres del sol y las mudanzas de la luna.  El niño que ya no está, el adolescente que es, la ola que siempre me pilla desprevenido, un olor imposible a papilla de frutas, pescaíto frito y  café.
Mirarme en Cádiz es apr…